ISABELLA
—¡Isa! ¡Isa, despierta ya!
La voz de Alaric irrumpió en mis sueños como un disparo. Me senté de golpe, respirando hondo. Maldición. Me había vuelto a quedar dormida.
—¡Son las siete y cuarenta, Isa! ¡No pienso volver a gritarte! —resonó desde el salón, como si su tono de alfa pudiera atravesar paredes.
Último año de instituto. Y aquí estoy, luchando con las sábanas como si fueran mis enemigas.
El viernes siempre tenía ese regusto a “casi fin de semana”, pero hoy no. Hoy lo sentía como una trampa. No quería ver a Alaric. No quería que notara nada.
Los alfas… ellos huelen todo. Sentimientos, miedo, deseo. Si me acercaba demasiado, lo sabría. Y si lo sabía… ¿me rechazaría?
Pensar en eso me hizo temblar más que el frío matutino.
Él no me encerraría como un salvaje posesivo, aunque algunos lo hacen, no… Lo que más temía era que me mirara con esos ojos oscuros y dijera: “No eres tú. No eres mi luna.”
Eso me mataría.
Mis padres murieron cuando yo era una cría. Fui entregada como un paquete roto a una familia adoptiva. No quiero perder otra conexión, y Alaric es más que eso.
Es mi pareja destinada. Y si él no me quiere… ¿entonces qué soy?
—¡Quince minutos, Isabella! ¡Muévete! —gritó de nuevo.
Me obligué a levantarme, con el cuerpo aún cansado por haber llorado hasta que el sueño me noqueó. Rápida ducha. Agua tibia. Silencio. Me puse un suéter gris de lana gruesa, unos jeans negros, y traté de no mirarme mucho en el espejo. Pero lo hice.
Ojos hinchados.
Pelo húmedo, corto, despeinado. Me pasé los dedos y suspiré. Las pecas seguían ahí, inamovibles, como si quisieran recordarme que aún era yo, aunque me sintiera extraña dentro de mi propia piel.
Tomé mi bolso y abrí la ventana. Nada de escaleras. El patio trasero era mi ruta secreta. Una ventaja de dormir en la planta baja. Alaric, en cambio, tenía la vista panorámica desde su habitación arriba. Y seguramente me estaba viendo ahora.
—¡No me eches la culpa si llegas con el estómago vacío! —gritó en tono de broma desde alguna parte, su voz retumbando como un trueno.
Le lancé un pulgar arriba sin mirarlo. Ni de chiste me volteaba. No cuando podía olerme.
Crucé el límite de la propiedad y tomé el camino que pasaba entre los árboles. La tierra aún estaba húmeda del rocío, y el silencio del bosque era perfecto para pensar.
Manada Luna Negra. Nuestro hogar secreto entre montañas. Ocho mil habitantes, y más del 90 % somos licántropos. El resto, humanos que no tienen ni idea del mundo que pisan.
Vivimos escondidos a plena vista. Bajo reglas estrictas. Con nombres de clanes y viejas oraciones a la diosa de la luna, la madre de todos los lobos.
Alaric es el heredero de todo eso.
El próximo alfa.
Y si él es el Alfa… ¿entonces yo sería… la Luna?
Solo pensar en eso me mareó. Yo no nací para liderar. No soy fuerte, ni carismática, ni feroz. Soy solo yo. Asustada. Insegura.
Deseando que no me rechace.
Apreté el paso cuando vi los primeros coches del aparcamiento del instituto. La gente ya empezaba a llenar la entrada.
Y entonces, ahí estaba ella.
Irlanda. Inconfundible, con su pelo despeinado y su maldita bocina portátil en la mano sonando tan fuerte que hacía vibrar el suelo.
Los demás la miraban como si estuviera loca, y tal vez lo estaba, pero era mi mejor amiga desde los ocho años. La único que me había hecho reír cuando no quería ni hablar.
—¡Bella! ¡Al fin llegaste! —gritó, levantando los brazos antes de abrazarme con fuerza.
Me aparté rápido.
—¡Baja esa música, idiota! ¿Quieres dejarme sorda?
—A ti te gusta. Lo sé. Lo niegas, pero lo sé —respondió con esa sonrisa descarada que solo ella podía mantener cuando todo el mundo la odiaba.
—Te vi ayer y ya te volviste insoportable de nuevo —le dije, cruzándome de brazos.
Irlanda rió, como siempre.
Yo desearía poder hacer lo mismo.
No había terminado de cerrar la mochila cuando escuché pasos acelerados tras de mí.
—¡Ey! ¡Esperen! —gritó Valentina, jadeando como si viniera de correr una maratón.
Irlanda y yo giramos al mismo tiempo. Valentina Martínez, con esa mirada de halcón hambriento, venía directo hacia nosotras. Ya sabía lo que iba a soltar. Siempre que Alaric estaba en el centro de algo, ella aparecía.
—¿Es cierto que Alaric llevó a una chica nueva a casa? Es Clara, mi hermana —dijo sin aire, con una sonrisa torcida.
Clara. Claro. Tenía sentido. Las dos tenían la misma forma de sonreír.
Mentí sin pensar.
—No, no llevó a nadie.
Sentí el nudo en el pecho, apretando como un puño cerrado. Mentir sobre eso dolía. Pero admitirlo frente a Valentina me dolía más.
—¿Ah, no? —replicó, decepcionada, como si su mayor sueño fuera que su hermana y Alaric se revolcaran en la cama. Un poco enfermo, la verdad.
Lo que nadie decía en voz alta: todos estaban enfermos por Alaric. O lo deseaban o lo temían. Algunos las dos cosas.
Irlanda, sin filtro como siempre, empujó a Valentina con fuerza suficiente para tirarla al suelo.
—¡Quítate de en medio, perra! —soltó, antes de agarrarme la mano y arrastrarme dentro del edificio.
—¿Sabes que su mamá es la directora, no? —le dije entre risas contenidas.
—¿Y qué? Si se mete conmigo, le voy a sacar todos los trapos sucios y le arruino la carrera —me respondió guiñándome el ojo. Esa confianza suya siempre me hacía reír.
Después de dejar las mochilas en las taquillas, hablamos un rato hasta que sonó el timbre.
Los viernes no coincidíamos en las clases, así que nos separamos. Yo subí al segundo piso, camino a matemáticas, con la cabeza en otra parte. Pensaba en el examen, en los números, en cualquier cosa menos en...
Bam.
Alguien me empujó con fuerza justo al borde de las escaleras. Estuve a nada de caerme, pero logré mantener el equilibrio. Cuando alcé la vista, no me sorprendió ver quién había sido.
Valentina. Obvio.
La princesa del odio tenía esa costumbre: atacarme sin que nadie la detuviera. Desde el primer año me había visto como una amenaza. Cualquier omega que respirara cerca de Alaric era automáticamente su enemiga.
Valentina tenía toda una conspiración en la cabeza. Su plan: emparejar a su hermana Clara con Alaric, como si eso las convirtiera en la realeza del colegio. Según ella, Clara era la omega perfecta: amable, delicada, preciosa. Una muñeca viviente.
Lo enfermizo es que hasta había formado una especie de grupo de apoyo entre estudiantes para empujar la “relación” de Clara y Alaric. Como una secta ridícula.
—Uy, perdón... Es que a veces me olvido de que hay omegas que no merecen seguir vivas —dijo con esa risa venenosa antes de bajar las escaleras como si nada.
Claro que me empujó por lo de Irlanda. Pero me habría empujado igual, cualquier excusa le valía. Me odia. Me odia con una intensidad que da miedo.
Mis manos temblaban. Tenía ganas de hacerla volar escaleras abajo. Pero me contuve.
Y eso fue solo lo más leve. Valentina me ha hecho cosas peores. Me encerró en el sótano del edificio durante una noche entera. Irlanda fue quien me encontró. Lloré tanto que terminé dormida en sus brazos, con el cuerpo entumecido y la garganta destrozada.
Una vez me plantó droga en la mochila. Otra, convenció a un profesor de que le copié en un examen. Casi me expulsan. No sé cómo sigue saliéndose con la suya.
Respiré hondo, deseando que el día terminara sin más sorpresas. Pero ya sabía que con ella cerca, cualquier deseo era inútil.
Y yo aún no entendía qué carajos tenía la Luna planeado para mí.