Tu olor me mata

1802 Palabras
ISABELLA Iba de camino al comedor, los pasillos estaban llenos de estudiantes que en realidad eran hombres lobo. Le había enviado un mensaje a mi mejor amiga para quedar en el comedor, pero el universo tenía otros planes para mí. Pasé por delante del cuarto de limpieza, pero alguien abrió la puerta, me agarró por los hombros y me arrastró dentro. Se me cayó el teléfono al suelo porque las personas que estaban en el armario me cubrieron la cabeza con una bolsa de plástico negra, lo que me dificultaba respirar. No podía ver nada, me costaba respirar, pero distinguía vagamente el sonido de unas voces. Una de ellas era Valentina, podía recordar su voz incluso en mis pesadillas. Ella estaba dentro del armario con unos chicos que me empujaban contra el frío suelo. Luché, pero me empujaron con más fuerza contra el suelo. Notaba cómo uno de ellos me presionaba mientras el otro me sujetaba las piernas. Joder, j***r, j***r. —Valentina, nos meteremos en un buen lío si el Alfa se entera, es su hija—. Uno de los chicos le decía a la bruja. —¿A quién le importa? Isabella no es parte de la familia de Alfa, no son parientes consanguíneos—, les discutía Valentina. —Y solo le daremos un pequeño susto...—. Ella se ríe como una maníaca antes de pisotear mi pierna izquierda, rompiéndome la rodilla con su afilado tacón. Dejé escapar un grito de dolor, las lágrimas se acumularon en mis ojos porque quería que el dolor cesara, pero ella no dejó de golpear mi pierna izquierda. Pensé que perdería la pierna en ese momento porque oí cómo se rompían los huesos. —Para... Para... Por favor... Me duele...—. Lloraba por el dolor agudo que sentía en la pierna izquierda. —¿Ya has aprendido la lección?—. Valentina no deja de reír, es vil y repugnante. No digo nada porque me duele tanto que no puedo decir nada más que llorar. Ni siquiera sé cuántos minutos han pasado, porque siento como si llevara aquí una eternidad. —Oye, deberíamos parar, le está saliendo mucha sangre de la pierna...—, dice uno de los chicos, pero Valentina parece no estar de acuerdo. Sin embargo, por alguna razón, se detiene y ordena a los chicos que me suelten. Los dos chicos se marchan primero, dejándome a solas con ella. Siento que se arrodilla, lo que me brinda la oportunidad perfecta para rodearle el cuello con mis manos y estrangularla. Siento la adrenalina recorriendo mi cuerpo, luchando por sobrevivir mientras le quito la bolsa de plástico con una mano y la estrangulo con la otra, empujándola al suelo. —Veremos quien es la z0rra ahora...—, me río entre dientes a pesar del dolor, mientras su cara se enrojece cada vez más. —Ahora te mataré... —, sonreí, apretando más fuerte su cuello, ya que quería hacerle sufrir el mismo dolor que ella me había hecho sufrir a mí. Pero de repente sentí que dos personas me empujaban lejos de ella, los dos chicos habían vuelto y la habían salvado. Valentina tosió y vomitó, ya que estaba al borde de la muerte. Intenté levantarme, pero no pude, mi pierna izquierda estaba destrozada y la sangre empapaba mis pantalones oscuros. Sería difícil curarla. Los lobos normalmente se curan solos, pero Valentina llevaba tacones altos de plata, que son venenosos para nosotros. Los dos chicos la ayudaron a levantarse, y yo los conocía porque estaban en el equipo de fútbol. Uno de ellos la llevó en brazos, pero el otro llevaba un cubo n***o y vertió el contenido sobre mí antes de cerrar la puerta y dejarme en el armario del conserje. El chico me había echado sangre por todas partes, había sangre por todo el suelo, mi ropa estaba empapada de sangre, sangre de cerdo. No sabía qué hacer hasta que oí sonar el timbre de la escuela, lo que significaba que el almuerzo había terminado, había pasado una hora. Apenas conseguí levantarme del suelo y salir del armario del conserje, y me encontré con el conserje, que me echó un vistazo y miró hacia otro lado. ¿Por qué nadie quiere ayudarme? ¿Por qué todos miran hacia otro lado? No podía acudir a la directora porque era la madre de Valentina. Me mordí el labio inferior y me limpié la sangre de la cara antes de salir cojeando de la escuela con la ayuda de las paredes, me dolía la pierna, ya ni siquiera sentía la pierna izquierda. Salí de la escuela cubierta de sangre y con una pierna rota, pero lo único en lo que pensaba era en cómo iba a matar a Valentina Martínez. Arruinaré su maldita vida, lo prometo por lo mas sagrado que tengo. Esto no se va a quedar asi. * —Pobre chica, ¿quién te ha hecho esto?—. El médico de la manada, un hombre de unos cuarenta y cinco años, era la única persona que se preocupaba por mí. Me había lavado toda la sangre, me había puesto ropa nueva y tenía la pierna izquierda vendada. Tendría que andar con muletas durante una semana o dos, ya que los lobos se curan más rápido que los humanos. —Nadie—. Sonreí, pero la cara del médico de la manada se volvió aún más preocupada. Había acudido al médico de la manada, que tenía su propio hospital en la ciudad para lobos. —Tendré que llamar a tu madre... —No te preocupes, estoy bien. No hace falta que llames a nadie, porque mi madre no vendrá a buscarme...—, murmuré, mirando fijamente mi pierna vendada. —Pero... Cojeando, me acerqué a las muletas. —¿Podemos hacer como si nunca hubiera estado aquí? El médico de la manada se pasó la mano por la barba incipiente con desesperación. —Está bien, pero si esto vuelve a pasar, llamaré a tu madre y a Bernardo, tu padrastro. —Gracias—, le agradecí con un ligero movimiento de cabeza. —¡No te olvides de tomar los analgésicos!—, me dijo el hombre antes de salir de su consulta. Salí del hospital. Había sido una buena idea no contarle al médico de la manada lo que había pasado, porque nadie me habría creído, ya que a todo el mundo le cae bien Valentina Martínez. Me dirigí a casa en el coche que el médico de la manada había llamado para mí. La persona que me llevó me dejó en la entrada y se marchó. Entré por la puerta principal, ya que no veía el coche de Irlanda ni en la entrada ni en el garaje. Cerré la puerta, me quité un zapato antes de entrar en la cocina y me preparé algo de comer. Justo cuando terminé de verter el yogur en el bol, oí el motor de un coche deportivo en la entrada, lo que significaba que Alaric había vuelto. ¿Por qué ha vuelto tan pronto? Siempre tiene clases por la tarde, así que debería haber estado libre toda la noche, ya que solo eran las dos. Salí cojeando de la cocina y me dirigí a mi dormitorio, pero no cerré la puerta, ya que quería ver si tenía compañía o no. Si la tenía, me quedaría a dormir en casa de Irlanda, pero si no, me quedaría en casa y descansaría. Oí abrirse la puerta principal y la voz de Alaric, que parecía estar hablando con alguien por teléfono. —Papá, Isabella está bien, acaba de volver del colegio—. Alaric le habla a su padre sobre mí, pero no durante mucho tiempo. Alaric pone a su padre en el altavoz y, por el sonido, creo que está en la cocina, guardando la compra en la nevera. —¿Qué va a cenar? He dado un mes libre a las criadas, ya que estoy de vacaciones con su madre—, dice el padre de Alaric, con su voz resonando en la primera planta. —Tiene dieciocho años, puede arreglárselas sola—. Alaric responde, pero su padre no parece muy contento. —Es broma, ya he comprado comida para prepararnos la cena a los dos. Haré pollo a la carbonara—, le dice Alaric a su padre, que suspira aliviado. ¿Me preparará la cena? Casi me derrito al pensarlo, ya que Alaric Vega es un cocinero increíble y sabe moverse muy bien por la cocina. Espero que me deje las sobras. El padre y el hijo se quedaron en silencio al teléfono, era un silencio pesado e incómodo. —Hijo, ¿Has podido volver a transformarte en lobo?—, preguntó el padre de Alaric preocupado. —No, no he podido transformarme en lobo, pero he oído la voz de mi lobo, ha vuelto—, respondió Alaric, con tono esperanzado. —¿Has oído la voz de tu lobo? Eso es muy bueno, pero no te has transformado en lobo en los últimos años, desde que cumpliste dieciocho y no has encontrado a tu pareja, estás perdiendo poco a poco tu lado lobo, ya que no puede sobrevivir sin una pareja—, explicó el padre de Alaric, con tristeza al otro lado del teléfono. —Papá... —Sabes que tengo razón... Siempre dices que odias a las parejas y que piensas que son una carga, pero sin una pareja no eres nada. Y sabes que tienes que dejar de acostarte con otras personas o nunca encontrarás a tu pareja... —Para, no quiero oír más—, suplicó Alaric, interrumpiendo a su padre. Alaric siempre había mostrado una actitud cruel y fría de no querer una pareja, pero ahora parece que necesita una para recuperar a su lobo. —La buena noticia es que he captado un aroma. Desde anoche, este dulce aroma a vainilla ha estado flotando en la casa, me vuelve loco y solo quiero encontrar a la persona que desprende ese dulce aroma—. Alaric cambió ligeramente de tema para hablar de ese dulce aroma. Espera, ¿dijo aroma de vainilla? Cuando olí mis mangas, estaban impregnadas del aroma de vainilla. A diferencia de Alaric, que está cubierto por el intenso aroma terroso del sándalo, que es masculino y fuerte. Si me quedo cerca de Alaric, entraré en celo, ya que eso es lo que ocurre cuando las parejas se encuentran por primera vez: quieren aparearse. —Eso está bien, hijo—. El padre de Alaric parecía feliz al teléfono. Hablaron un poco más y, de repente, se despidieron y colgaron. Antes de volver a mi habitación, oí a Alaric decir: —¿Es el aroma de Isabella? —No, no puede ser, Isabella nunca podrá ser mi pareja.
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