**BIANCO** Marcello se quedó estático, con el papel temblando entre sus dedos como si fuera una brasa que le quemaba la piel. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que amenazaba con hacer estallar la fortaleza misma. Los guardias, hombres curtidos en mil batallas, desviaron la mirada; sabían que estaban presenciando el derrumbe de un mito. —Llama a un médico —ordenó Marcello, pero su voz ya no era un trueno. Era un rastro de ceniza, seca y sin vida—. Que nos haga el ADN. Ahora mismo. Sus ojos, antes gélidos, se clavaron en Angela con una fijeza perturbadora. Ya no buscaba a una enemiga, buscaba los rasgos de la mujer que amó en el rostro de la chica que acababa de despreciar. Angela se pegó más a mí; sentía sus espasmos de terror atravesando mi camisa empapada.

