**BIANCO** El motor rugía bajo mis pies como una bestia sedienta, y por primera vez en toda la noche, sentí que recuperaba el control de mi propio destino. Angela no volvió a hablar; sus manos, que antes se aferraban al volante con terror, ahora lo sostenían con la precisión de un verdugo ajustando la soga. El odio era un combustible mucho más eficiente que la esperanza. A medida que nos acercábamos a la costa, la lluvia comenzó a amainar, dejando paso a una bruma espesa que subía desde los acantilados. La fortaleza de Marcello Corbone se alzaba frente a nosotros, una mole de piedra oscura incrustada en la roca, rodeada de cámaras y alambre de espino. Ese lugar, que yo siempre vi como mi derecho de nacimiento, ahora me parecía el epicentro de una plaga. —¿Qué vamos a hacer, Bianco? —

