**ANGELA** El trayecto hacia la mansión fue un desfile de sombras bajo la lluvia. A través del cristal empañado, veía los perfiles de los olivos sacudirse con el viento, pareciendo fantasmas que intentaban advertirme. El Sombra no volvió a hablar; se limitó a vigilar el retrovisor, quizá esperando que Bianco apareciera en cualquier momento como un espectro cobrándose su deuda. Cuando los enormes portones de hierro de la villa Colombo se abrieron, sentí una presión en el pecho, pero no era temor. Era la frialdad del verdugo que regresa al patíbulo, no para morir, sino para ejecutar. El coche se detuvo frente a la escalinata principal. La mansión, iluminada de forma imponente, parecía un mausoleo de mármol. El Sombra me abrió la puerta y me escoltó hacia el interior. El silencio en el ves

