**ANGELA** Me estremecí. El machismo de su voz, esa seguridad absoluta de que yo no era más que una extensión de su voluntad, me hacía sentir pequeña e insignificante. Me estaba tratando como si no tuviera voz, como si mi cerebro fuera tan inútil como mis habilidades de oficina. —Eres un animal —susurré, sintiendo una lágrima traicionera resbalar por mi mejilla. —Soy el animal que te mantuvo con vida —rugió él, soltando mis muñecas solo para agarrarme del cabello con la firmeza justa para obligarme a echar la cabeza hacia atrás, aunque sin dejarme ver su rostro—. Escúchame bien. Vas a salir de aquí, vas a terminar tu estúpido almuerzo y vas a volver a esa oficina a jugar a la empleada. Pero esta noche, cuando la ciudad se duerma, vendré por ti. Y más te vale no estar bajo la falda de tu

