**ANGELICA**
Y con eso, salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio tan opresivo como las sombras que se alargaban en las paredes. Mis pensamientos eran un caos. Mi padre, Bianco, la chica cuya vida había sido destrozada… todo giraba en mi cabeza como una espiral interminable.
No sabría decir cuánto tiempo exacto pasé en ese estado, completamente paralizada, buscando desesperadamente una vía de escape, tanto en el mundo real como dentro de mi propia mente. Era como si estuviera atrapada en un laberinto sin salida. Pero, de repente, algo dentro de mí se movió, algo cambió de forma drástica. Fue como si una pequeña chispa se encendiera en mi interior, una pequeña llama de pura determinación y coraje. Comprendí que si mi padre no estaba dispuesto a hacer lo que era correcto, a tomar las riendas de la situación y actuar con justicia, entonces era mi responsabilidad hacerlo. Yo sería quien tomaría la iniciativa y haría lo que debía hacerse.
Me incliné hacia delante con renovada determinación, mis manos aferrando con fuerza las cuerdas. La tensión en mis músculos era palpable mientras mis ojos escudriñaban el entorno, buscando desesperadamente cualquier cosa, por pequeña que fuera, que pudiera servir para liberarme de esta situación. No iba a permanecer aquí como un cordero esperando el matadero. No pensaba esperar ni un segundo más a que Bianco, con su retorcida mente, decidiera cuál sería mi destino final. Me negaba rotundamente a ser una víctima más, un simple peón en su cruel e insensible juego.
La idea de la fuga se apoderó completamente de mí, consumiéndome por dentro. Escaparía de este lugar, de esta prisión, de esta pesadilla, sin importar los obstáculos que tuviera que superar, sin importar el precio que tuviera que pagar. En mi mente, visualizaba ya el momento de la huida, saboreando la libertad que me esperaba al otro lado. Y cuando finalmente lo lograra, cuando estuviera fuera de su alcance, juro que se arrepentirían amargamente de haberme hecho esto, de haberme sometido a este sufrimiento, de haberme tratado de esta manera.
Esa noche, en la oscuridad y la desesperación, aprendí una lección crucial, una verdad que resonaría en mí para siempre: el odio, ese sentimiento tan oscuro y visceral, era un arma increíblemente poderosa, capaz de impulsar a una persona a hacer cosas que nunca creyó posibles. Y ahora, después de todo lo que me habían hecho pasar, era mi turno de empuñar esa arma, de canalizar toda esa furia y resentimiento en un único objetivo: la venganza.
**BIANCO**
—¿Lo has oído, Colombo? —dije al teléfono, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Ya no solo me odia a mí. Ahora te odia a ti. Y eso es una herida que no podrás cerrar con todos tus millones.
Colgué sin esperar respuesta. El silencio que siguió en el sótano era denso, cargado del olor a sudor de Marco y el llanto silencioso de Angela. Me acerqué a ella y, con el mismo cuchillo con el que había amenazado a su jefe de seguridad, corté las bridas de sus manos.
Ella se frotó las muñecas, mirándome con una mezcla de terror y una nueva, amarga comprensión.
—Levántate —le ordené—. Nos vamos.
—¿A dónde? —preguntó, con la voz apenas audible.
—A Niza. Vas a venir conmigo —la agarré del brazo y la puse en pie con firmeza—. Vas a ser testigo de cómo se cierra el círculo. Quiero que tu primo vea tu cara justo antes de que yo termine con la suya. Quiero que sepa que fue su propia familia, a través de Marcio, quien lo entregó.
—¡No puedo hacerlo! —sollozó ella, tratando de resistirse—. ¡No quiero ver más sangre, Bianco!
—Vas a verlo todo, Angela —le siseé, obligándola a caminar hacia la salida mientras mis hombres se encargaban de Marco—. Porque cuando el mundo de los Colombo termine de arder, quiero que seas la única que quede en pie para contarles a los que queden qué pasa cuando se toca a una Corbone.
La subí al coche de nuevo. Esta vez no hubo cadenas, pero el miedo que emanaba de ella era igual de tangible. Conducir a través de la noche hacia la frontera francesa se sentía como una misión sagrada. El arma en mi cintura pesaba, un recordatorio constante de la deuda que estaba a punto de cobrar.
Durante el viaje, ella se quedó pegada a la ventanilla, viendo pasar las luces de la autopista. De vez en cuando, la miraba de reojo. Su perfil, recortado por la luz de la luna, me recordaba dolorosamente a la Mia que solía ser: hermosa, llena de vida, antes de que el mundo se volviera n***o.
—¿Qué vas a hacerle cuando lo encuentres? —preguntó de repente, sin mirarme.
—Lo que él le hizo a Mia es irreparable —respondí, apretando el volante—. Así que lo que yo le haga será definitivo.
Llegamos a la costa cuando el sol empezaba a teñir el horizonte de un naranja sangriento. La casa en Niza era una villa lujosa, escondida tras altos muros y palmeras. Un refugio de oro para un monstruo.
Bajé del coche y saqué la pistola, comprobando el cargador con un chasquido metálico que hizo que Angela se encogiera en su asiento.
—Quédate aquí —le dije, pero luego cambié de opinión. Abrí su puerta y la tomé de la mano—. No. Ven conmigo. Es hora de que veas a tu héroe sin su máscara.
Caminamos hacia la entrada. Mis hombres ya habían neutralizado a los guardias de la puerta principal. El silencio de la mañana se rompió con el estruendo de la puerta de madera siendo derribada por una de mis botas.
—¡Pietro! —rugí, y mi voz rebotó en las paredes de mármol de la villa—. ¡Sal a recibir a tu familia!
El eco de mi voz aún vibraba en las paredes de la villa cuando escuchamos un estrépito en la planta de arriba. Un sonido de cristales rotos y pasos desesperados. Arrastré a Angela conmigo, subiendo las escaleras de mármol de tres en tres. Ella tropezaba, sus dedos se enterraban en mi brazo, pero no me detuve. Tenía el sabor del metal en la boca; era la sed de justicia que por fin iba a ser saciada.
Llegamos a la habitación principal. La puerta estaba entreabierta. Al patearla, la imagen que nos recibió fue la confirmación final de que los Colombo no eran humanos, eran una plaga.
Pietro estaba allí, medio desnudo, tratando de saltar por el balcón. Pero no estaba solo. En la cama, una chica joven, que no tendría más de dieciocho años, lloraba tapándose con una sábana, con el rostro marcado por el mismo terror que yo veía en Mia cada mañana.
—¡Quieto ahí, malnacido! —rugí, apuntando directamente a su pecho.
Pietro se congeló en el marco del balcón. Al girarse, su rostro —ese rostro que aparecía en el video riendo mientras mi hermana se quebraba— se transformó en una máscara de cobardía. Estaba pálido, temblando.
—¿Bianco? —su voz era un chillido patético—. No… no puedes estar aquí. Mi tío… mi tío dijo que me protegería.
—Tu tío ya no puede protegerse ni a sí mismo —siseé, dando un paso hacia delante.
Angela, a mi lado, soltó un sollozo ahogado. Miró a la chica de la cama y luego a su primo. El velo se había caído por completo. La realidad de lo que su familia era le golpeó con la fuerza de un huracán.
—¿Otra vez, Pietro? —preguntó ella, con una voz que no reconocí. Ya no era miedo, era una náusea profunda—. ¿Otra vez lo mismo? ¡Eres un monstruo!
—¡Cállate, Angela! —gritó él, tratando de recuperar algo de su arrogancia—. ¡Dile que me deje ir! ¡Somos sangre! ¡Dile que los Corbone son basura!