**BIANCO**
Mi mano, ahora resbaladiza con una capa carmesí, continuó su implacable movimiento rítmico. Cada golpe aterrizaba con una fuerza repugnante, un eco brutal en la silenciosa secuela. Los implacables golpes persistieron, una cascada interminable de violencia que no mostraba signos de disminuir. Aunque sus rasgos habían sido familiares, ahora estaban oscurecidos, irreconocibles por el torrente de rojo que fluía sin cesar. La inundación carmesí cayó en cascada, enmascarando el rostro debajo, transformándolo en una grotesca parodia de su antiguo ser. Mi mano, teñida de un inquietante tono escarlata, continuó su sombría tarea, golpeando un horrible tatuaje contra un lienzo de sangre.
—¡Mientes! —gritó Angela, su voz quebrando el silencio del sótano—. ¡Dile que miente, Marco! ¡Dile que tú no hiciste eso!
Marco bajó la mirada. El silencio que siguió fue la confirmación más dolorosa que ella pudo haber recibido. El llanto de Angela se transformó en un gemido de pura náusea.
—Dime dónde se esconde Pietro —le dije a Marco, acercando la punta del cuchillo a su garganta—. Sé que tu patrón lo sacó de Italia, pero tú sabes dónde está.
—No lo sé —insistió el hombre, aunque el sudor que perlaba su frente decía lo contrario.
Me giré hacia Angela. Sus ojos estaban fijos en el cuchillo, en mi mano, en la violencia que emanaba de mí. Supe que para romper a Marco, primero tenía que romperla a ella frente a él.
—Si no hablas, Marco, voy a empezar a cobrarme la deuda con la princesa —sentencié, agarrando a Angela por el cabello y obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás—. Tú la viste crecer, ¿verdad? ¿Quieres ver cómo el odio que ayudaste a sembrar florece en su rostro?
—¡No! —rugió Marco, forcejeando con sus captores—. ¡Ella es inocente, maldito animal! ¡Ella no sabía nada! ¡Colombo la mantuvo al margen de todo!
—¡Exacto! —le grité en la cara—. ¡La mantuvo al margen mientras mi hermana se desangraba! ¡Tuvo una vida de lujos construida sobre el silencio y la sangre de Mia! ¡Su ignorancia es su pecado!
Apreté el cuchillo contra el brazo de Angela, apenas rozando la seda de su manga. Podía sentir sus latidos desbocados bajo mi tacto, su piel erizada por el terror.
—¡Hablaré! ¡Hablaré! —gritó Marco, con los ojos fuera de sus órbitas—. Está en la casa de la costa en Niza. Bajo un nombre falso. Tuvo problemas con una chica allí también y Colombo envió a tres hombres para silenciarlo todo de nuevo hace apenas una semana.
Solté a Angela con tal brusquedad que la silla casi se vuelca. El aire en el sótano se volvió gélido.
—¿Escuchaste eso, Angela? —susurré, limpiando la hoja del cuchillo en mi pantalón—. Tu primo no solo lo hizo una vez. Lo sigue haciendo. Y tu padre sigue pagando para que el mundo sea su patio de juegos personal.
Me acerqué a la mesa donde estaba mi teléfono y marqué el número de Colombo. Puse el altavoz. El timbre sonó tres veces antes de que la voz del hombre que más odiaba en la tierra respondiera con una respiración agitada.
—¿Bianco? —la voz de Colombo sonaba vieja, derrotada por primera vez.
—Escucha bien, viejo —dije, mirando fijamente a Angela, que temblaba como una hoja—. Tengo a tu perro faldero y tengo a tu hija. Tu perro ya me dio la dirección de Niza. En este momento, mis hombres están de camino para recoger a Pietro.
—¡No le hagas nada! —gritó Colombo—. ¡Te daré lo que quieras! ¡Dinero, territorios… lo que sea!
—No quiero tu dinero —respondí, sintiendo una satisfacción oscura recorriéndome la espalda—. Quiero que escuches lo que siente un padre cuando no puede proteger a lo que más ama. Angela, dile hola a papá. Dile que sepa que esta es la última vez que escuchará tu voz como la recuerda.
Acerqué el teléfono a los labios de Angela. Ella miró el dispositivo como si fuera una granada a punto de estallar.
—¿Papá? —susurró ella, y el dolor en su voz fue tan real que por un microsegundo, algo en mi pecho se contrajo—. Papá… ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué los ayudaste?
**ANGELA**
La noche se sentía más pesada que nunca, como si el aire mismo estuviera conspirando para aplastarme. Mis muñecas ardían por las bridas que las mantenían atadas, pero lo que realmente dolía no era eso. Era la traición. Era el peso de saber que todo lo que creía sólido en mi vida se había desmoronado en cuestión de días, tal vez horas.
Bianco, con esa sonrisa torcida que helaba la sangre, seguía mirándome como si ya hubiera ganado. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, pero lo que más me aterraba era darme cuenta de que estaba empezando a odiar también a mi padre. Ese hombre que siempre había sido un pilar, un faro en medio de la tormenta, ahora me parecía un extraño.
"Por la familia", había dicho. Como si esas palabras fueran suficientes para justificar todo. Como si proteger a un monstruo fuera algo honorable. ¿Qué familia era esa que prefería guardar silencio ante el horror? ¿Qué clase de padre era el que sacrificaba a su hija en nombre de un apellido?
—Te dije que no te iba a gustar lo que escucharías —dijo Bianco, sus palabras impregnadas de un veneno que parecía disfrutar esparcir—. Pero no te preocupes, Angela. Esto es solo el principio.
Lo miré con una mezcla de desafío y miedo, aunque sabía que mi rostro traicionaba más lo segundo. Él se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir su aliento cálido y desagradable en mi piel.
—¿Sabes lo que más me gusta de todo esto? —susurró, casi como si estuviera compartiendo un secreto—. Que ahora entiendes cómo funcionan las cosas en realidad. No hay héroes, Angela. Solo hay ganadores y perdedores. Y tú… bueno, tú estás del lado equivocado.
Quería gritarle, escupirle en la cara, pero mi garganta estaba seca, y las palabras parecían haberse escondido en algún rincón oscuro de mi mente. En su lugar, me limité a mirarlo con todo el desprecio que podía reunir.
El teléfono aún estaba en su mano, y por un momento pensé en lo irónico que era todo. Esa llamada a mi padre había sido su idea, su manera retorcida de demostrarme algo. Y lo había logrado. Ahora entendía que mi padre no era el hombre fuerte y justo que siempre había imaginado. Era débil. Débil y cobarde.
Bianco se apartó finalmente, dejando el teléfono sobre una mesa cercana. Se giró hacia mí con una expresión de falsa compasión.
—Voy a darte tiempo para reflexionar —dijo con un tono burlón—. A veces, cuando aceptamos la verdad, las cosas se vuelven más fáciles.