SIN PIEDAD

1172 Palabras
**BIANCO**  Ese maldito apellido. Incluso desde la distancia, los Colombo seguían torturando a mi hermana. Me giré hacia la cabaña, con la mirada inyectada en sangre. Entré de nuevo, pero no fui a la habitación de Angela. Fui al cuarto de controles y subí el volumen de la pantalla al máximo. El sonido de los gritos de Pietro y los lamentos de Mia llenaron toda la estructura, un coro de pesadilla que no dejaría que Angela durmiera ni un segundo más. —Si mi hermana no tiene paz, tú tampoco la tendrás —gruñí para mis adentros. Subí al coche y salí disparado por el camino de tierra, levantando una nube de polvo que ocultó la cabaña. El odio que sentía mientras conducía hacia la clínica era algo físico, un peso muerto en mi pecho. Cuando llegué, el pasillo de la institución parecía más blanco y estéril que nunca. Escuché sus gritos antes de verla. Eran alaridos desgarradores, el sonido de un alma que está siendo quemada viva. Al entrar en su habitación, vi a tres enfermeros tratando de sujetarla mientras ella forcejeaba con una fuerza inhumana, nacida del puro pánico. Tenía la frente ensangrentada de golpearse contra el cabecero de la cama. —¡Mia! ¡Mia, soy yo! —grité, apartando a uno de los enfermeros y envolviéndola en mis brazos. Ella no me reconoció. Me arañó la cara, me golpeó el pecho, pero no la solté. Me quedé allí, recibiendo sus golpes, sintiendo su fragilidad y su locura, hasta que finalmente el sedante hizo efecto y su cuerpo se desplomó contra el mío como una muñeca de trapo. La deposité en la cama, viendo cómo su pecho subía y bajaba con dificultad. Verla así, con la frente rota y los ojos vacíos incluso en el sueño, terminó de matar lo poco que quedaba de piedad en mí. Salí de la habitación y saqué el teléfono. Marqué un número que esperaba no tener que usar todavía. —Prepara el equipo —dije, con una frialdad que me asustó incluso a mí—. No vamos a esperar a que Colombo mueva ficha. Vamos a enviarle un regalo que no podrá ignorar. Y traed a la chica de la cabaña al sótano de la mansión principal esta noche. Ya se acabó el aislamiento. Quiero que vea lo que vamos a hacerle a su familia. El viaje de regreso a la cabaña fue un descenso a los infiernos. Tenía la cara marcada por los arañazos de mi propia hermana y la camisa manchada con su sangre. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Mia golpeándose contra la pared, tratando de escapar de un recuerdo que tiene pies y manos: Pietro Colombo. Llegué a la cabaña cuando la noche ya había devorado el paisaje. El sonido del video se escuchaba desde el exterior, un eco macabro que perforaba el silencio del bosque. Entré con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. —¡Sacadla de aquí! —rugí a mis hombres—. Llevadla a la mansión. Al sótano. Abrieron la puerta y la luz del pasillo iluminó a Angela. Estaba en un rincón, con las manos sobre las orejas y los ojos desorbitados, balanceándose sobre sí misma. Ya no era la mujer elegante del vestido esmeralda; era un espectro roto por el sonido de la culpa de su familia. Mis hombres la desengancharon de la pared con brusquedad. Ella no opuso resistencia; sus piernas apenas la sostenían. La arrastraron hasta el coche y la arrojaron en el asiento trasero como si fuera un fardo de ropa sucia. —Mírame, Angela —le ordené cuando estuvimos frente a frente en la oscuridad del vehículo. Ella levantó la vista, pero no había rastro de la chispa de desafío de la primera noche. Solo había vacío—. Mi hermana acaba de intentar abrirse la cabeza contra un muro por culpa de lo que viste en esa pantalla. Así que el tiempo de las sutilezas se terminó. **ANGELA** El aire de la noche me golpeó la cara, pero no se sintió como libertad. Se sintió como el preludio de algo mucho peor. Bianco estaba fuera de sí; su energía era eléctrica, violenta, cargada de una desesperación que me hacía temblar hasta la médula. Llegamos a la mansión, pero no entramos por la puerta principal. Bajamos por una rampa de servicio hasta un sótano que olía a cemento frío y a algo metálico que me hizo revolver el estómago: sangre fresca. Me arrojaron en una silla metálica en medio de una habitación iluminada por un solo foco que colgaba del techo. Bianco se quitó la chaqueta y se remangó la camisa, revelando los tatuajes que subían por sus brazos como enredaderas oscuras. —¿Qué vas a hacer? —susurré, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Él no respondió. Se limitó a mirar hacia una puerta de acero al fondo. —¡Traedlo! —ordenó. Dos de sus hombres entraron arrastrando a un hombre encapuchado. Estaba golpeado, con la ropa hecha jirones. Lo arrojaron al suelo, justo frente a mis pies. Bianco se acercó y le quitó la capucha de un tirón. Ahogué un grito. Era el jefe de seguridad de mi padre, un hombre que me había visto crecer, que me había llevado al colegio cuando era niña. —No… por favor, Bianco… él no tiene la culpa —supliqué, tratando de ponerme en pie, pero las bridas en mis manos me lo impidieron. Bianco se inclinó sobre mí, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos eran dos pozos negros de venganza. —Él fue quien limpió el callejón después de que Pietro terminara con mi hermana —siseó—. Él fue quien amenazó a los testigos. Él es la mano derecha del monstruo que llamas padre. Sacó un cuchillo táctico de su cinturón y la hoja brilló bajo la luz del foco. —Vas a mirar, Angela. Vas a mirar lo que les pasa a los que protegen a los violadores bajo el apellido Colombo. Y después, vamos a llamar a tu padre. Quiero que escuche cómo se rompe su imperio, hueso por hueso. **BIANCO** El jefe de seguridad, ese hombre que Angela miraba con ojos de horror, escupió una mezcla de saliva y sangre sobre mis botas. Su lealtad a los Colombo era un insulto personal, una bofetada a la memoria de la salud mental de Mia. —No diré… nada —gruñó él, con la voz rota—. Haz lo que quieras, Corbone. Ya estoy muerto. —La muerte es un alivio que no te daré todavía —respondí con una calma que me asustaba a mí mismo—. Angela, mira bien a este hombre. Mírale a los ojos. Este “fiel servidor” fue quien sostuvo a Mia mientras tu primo la usaba. Fue él quien se encargó de que ninguna cámara de esa calle grabara el momento en que la vida de una niña de diecinueve años se apagaba.
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