¿INOCENTE?

1117 Palabras
**ANGELA**  La hermana de Bianco. La chica de la que él hablaba con tanto dolor. Todo cobró un sentido siniestro y demoledor. Mi padre había protegido a Pietro, lo había encubierto mientras dejaba a esa chica en un estado vegetativo del que nunca despertaría. Ahora lo comprendía todo. Bianco no estaba loco, estaba ejecutando una justicia que mi familia le había negado. El video se repetía una y otra vez, las risas de mi primo rebotando en las paredes de mi prisión como si él estuviera allí mismo, riéndose de mi propio cautiverio. —No… yo no sabía… —Sollocé, ocultando el rostro entre mis manos atadas mientras el eco de los gritos de ella llenaba la habitación—. ¡Yo no sabía, Bianco! Pero la pantalla no respondía. Solo mostraba la prueba irrefutable de que mi apellido estaba manchado con algo más que negocios sucios; estaba manchado con la vida de una inocente. Y yo, Angela Colombo, era el único pago que Bianco aceptaría para saldar esa deuda. —¡Detenlo! ¡Por favor, Bianco, apágalo ya! —mi voz era un rascado agónico en mi garganta seca. Habían pasado dos días. Cuarenta y ocho horas de oscuridad interrumpidas únicamente por el resplandor macabro de esa pantalla. Las risas de mi primo Pietro se habían incrustado en mi cerebro como clavos al rojo vivo. Había visto el video tantas veces que podía predecir cada golpe, cada súplica de Mia Paola, cada carcajada inhumana de ese animal al que yo llamaba familia. No podía dormir, no podía comer; cada vez que cerraba los ojos, el reflejo de la sangre de esa chica bailaba tras mis párpados. Estaba al borde de un abismo mental. El sonido de los cerrojos al abrirse fue como un trueno en medio de mi delirio. La puerta se abrió y la silueta de Bianco recortó la luz del pasillo. Entró con una calma que me resultó aterradora. Me arrastré por el cemento, ignorando el dolor de la cadena que me mordía el tobillo, y me aferré a su pierna con la fuerza de quien se está ahogando. Mis manos, aún atadas y sucias de tierra y llanto, se cerraron sobre la tela de su pantalón. —¡Para ya con esto, te lo ruego! —grité, hundiendo mi rostro contra su rodilla, sollozando sin control—. ¡Yo no soy como él! ¡Yo no sabía nada, Bianco! Soy inocente… no puedes culparme por la monstruosidad de Pietro… ¡Ten piedad! Sentí que su cuerpo se tensaba como una cuerda de acero. No me apartó de inmediato, pero el aire a su alrededor se volvió gélido. De repente, su mano descendió y me sujetó la mandíbula con una fuerza brutal, obligándome a levantar la cabeza para que mis ojos, hinchados y enrojecidos, encontraran los suyos. Sus pupilas eran dos abismos de furia contenida. —¿Inocente? —su voz fue un susurro cargado de veneno—. Ella apenas tiene diecinueve años, Angela. Diecinueve años y vive una tortura día a día gracias a tu primo y a tu padre. Me apretó más fuerte, clavando sus dedos en mis mejillas hasta que el dolor me hizo soltar un gemido. Él me obligó a girar la cara hacia la pantalla, donde el video seguía su ciclo eterno de horror. —Mia Paola es una prisionera de su mente —siseó cerca de mi oído, y pude sentir su aliento cálido mezclado con la frialdad de sus palabras—. Ella nunca será normal. Nunca volverá a reír, nunca tendrá una vida, nunca dejará de sentir ese miedo que tú acabas de descubrir hace apenas dos días. Me soltó la mandíbula con un gesto de asco, como si tocarme le quemara la piel. Se puso en pie, mirándome desde su altura con un desprecio absoluto, mientras yo seguía hecha un ovillo a sus pies, temblando por el impacto de su verdad. —Tú lloras porque tienes hambre y sueño —continuó él, con una voz que cortaba como el cristal—. Ella llora porque cada vez que abre los ojos, vuelve a estar en ese callejón. Tu padre compró el silencio de los jueces, pero no puede comprar el mío. Si ella es una prisionera en su propio cuerpo, tú lo serás en esta cabaña. Hasta que no quede nada de la “princesa” Colombo. Se dio la vuelta para marcharse, pero esta vez la pantalla no se apagó. El sonido de la risa de Pietro volvió a llenar el cuarto con más fuerza que antes. —¡Bianco, no me dejes así! —le supliqué, estirando mis manos atadas hacia él—. ¡Mátame si quieres, pero no me obligues a seguir viendo eso! Él se detuvo en el umbral; sin embargo, no se giró. —La muerte es un regalo que tu familia no merece recibir tan pronto —dijo finalmente, antes de cerrar la puerta y dejarme de nuevo a merced de los fantasmas de su hermana. El portazo retumbó en mis oídos como el disparo que habría acabado con mi sufrimiento; no obstante, Bianco no iba a ser tan generoso. Me quedé allí, en el suelo, con el rostro húmedo por las lágrimas y el rastro de sus dedos marcado en mi piel. La pantalla seguía encendida. La imagen de Mia Paola, con sus diecinueve años truncados, volvía a aparecer en ese ciclo infernal. —Lo siento… lo siento mucho —susurré hacia la pantalla, como si ella pudiera oírme a través de los píxeles y el tiempo. **BIANCO** Cerré la puerta de madera y me apoyé contra ella, respirando el aire frío del pasillo. Mis manos temblaban levemente. No por debilidad, sino por la sobrecarga de adrenalina y odio que amenazaba con hacerme estallar los pulmones. Escuché sus sollozos desde el otro lado, ese “lo siento” que no valía nada, que no le devolvería a Mia la luz de sus ojos ni la claridad de su mente. Caminé hacia la salida de la cabaña, pero antes de llegar al coche, mi teléfono vibró. Era el número privado de la clínica. —¿Dígame? —mi voz sonó como un trueno. —Señor Corbone, tiene que venir —la voz de la enfermera era nerviosa, agitada—. Mia Paola ha tenido una crisis. Ha empezado a gritar y a golpearse contra las paredes… no podemos sedarla, está fuera de sí. Repite el nombre de Pietro una y otra vez. El mundo se detuvo. El aire se volvió fuego en mi garganta. —Estaré allí en veinte minutos. —colgué y golpeé el capó del coche con tal fuerza que el metal se hundió.
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