DESOLADA

1155 Palabras
**ANGELA** El coche abandonó la carretera principal y el asfalto dio paso a un camino de tierra que hacía que mi cuerpo rebotara violentamente contra el asiento. Cada sacudida me recordaba lo indefensa que estaba; con las manos y los pies inmovilizados, me sentía como un animal camino al matadero. Bianco seguía sin pronunciar una sola palabra. Su silencio no era el de alguien que ignora, sino el de alguien que sentencia. Finalmente, los neumáticos chirriaron sobre la grava y el vehículo se detuvo. Abrí los ojos, que mantenía cerrados por puro terror, y vi una estructura de piedra gris que se alzaba entre la maleza. No era una mansión. No era un refugio. Era una vieja casa de campo, casi una ruina, rodeada de árboles secos que parecían garras rascando el cielo plomizo de la mañana. Uno de los hombres bajó y abrió mi puerta. Me agarró por el brazo con una fuerza innecesaria y me arrastró hacia fuera. Mis pies, atados, apenas me permitieron tocar el suelo antes de tropezar. —Camina —gruñó Bianco, bajando del coche. Me quedé paralizada, mirando la casa. El frío del exterior me atravesó la sudadera gris que él mismo me había arrojado; no era el frío del invierno, era el frío de la muerte que emanaba de aquel lugar. —No… por favor, Bianco, llévame de vuelta —supliqué, y esta vez mi voz salió rota, cargada de un pánico primario—. Te daré lo que quieras, mi padre te pagará lo que pidas, pero no me dejes aquí… Él se acercó a mí. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Sus ojos eran dos pozos de odio puro, carentes de cualquier rastro de la humanidad que creí ver durante el baile. —¿Tu padre pagará? —su voz era un susurro gélido que me cortó la piel—. Tu padre no tiene suficiente oro en sus cuentas para comprar el perdón de lo que le hicieron a Mía Paola. Me agarró del mentón, apretando con sus dedos largos y fuertes hasta que me dolió la mandíbula. —Entiende esto, Angela: para el mundo, has dejado de existir. Tu padre ahora solo recibirá pedazos de tu esperanza, uno por uno, hasta que entienda que no hay protección que valga contra un Corbone herido. Me empujó hacia la entrada. Los hombres abrieron una puerta de madera pesada que chirrió sobre sus bisagras oxidadas. Dentro, el aire olía a polvo, encierro y abandono. Me llevaron a través de un pasillo oscuro hasta una habitación que solo tenía una pequeña ventana con barrotes oxidados en lo alto y un jergón de aspecto miserable en el suelo. —Esta es tu nueva realidad —dijo Bianco, señalando el cuarto—. Aquí no hay seda, ni vino, ni música. Solo tú y el recuerdo de quién eras. Me soltaron y caí de rodillas sobre el suelo de cemento frío. Escuché el sonido metálico de una cadena. Antes de que pudiera procesar lo que ocurría, sentí un tirón en mi tobillo. Habían pasado una cadena pesada por encima de la brida y la habían anclado a una anilla de hierro empotrada en la pared. —¡No! ¡Espera! —grité, tratando de gatear hacia la puerta, pero el eslabón se tensó, deteniéndome en seco—. ¡Bianco, no puedes hacerme esto! ¡Soy un ser humano! Él se detuvo en el umbral, recortado contra la poca luz que entraba del pasillo. —Mi hermana también lo era —respondió con una frialdad que me heló la sangre—. Y a ti te voy a dar algo que ella ya no tiene: tiempo. Tiempo para pensar en los pecados de tu familia mientras te pudres en este agujero. Cerró la puerta de madera. El estruendo del cerrojo al girar y el sonido de la barra de hierro cayendo desde fuera fue el sonido más definitivo que había escuchado en mi vida. Me quedé en la oscuridad total, temblando, con el único sonido de mi propia respiración entrecortada y el roce de la cadena contra el suelo. Era verdad. El monstruo de Turín no era un mito. Y ahora, yo era su única prisionera. El sonido de los pasos de Bianco se desvaneció, dejándome sumergida en un silencio que pesaba más que las sombras. Me quedé un momento inmóvil, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, hasta que el instinto de supervivencia empezó a golpear las paredes de mi cráneo. Me arrastré por el suelo, sintiendo el roce áspero del cemento. La cadena que me sujetaba el tobillo era larga, lo suficiente para permitirme recorrer los pocos metros de esa cabaña claustrofóbica, pero se tensaba con un tirón seco y metálico mucho antes de que mis dedos pudieran rozar siquiera el marco de la puerta o el borde de la ventana. —Tiene que haber algo… —susurré, con la voz quebrada. Busqué con desesperación. Arañé las esquinas, palpé los tablones podridos de las paredes buscando un clavo suelto, una astilla de metal, cualquier cosa que pudiera servir para forzar la cerradura de la brida o el candado de la cadena. Pero no había nada. Bianco no era un principiante; había limpiado este lugar de cualquier esperanza. Mis uñas se llenaron de tierra y astillas, mis dedos sangraban, pero la cadena seguía allí, inamovible, burlándose de mi desesperación. De repente, un zumbido eléctrico cortó el aire. Me sobresalté, retrocediendo hasta chocar con la pared. Frente a mí, una pantalla plana empotrada en el muro, protegida por un marco de acero para que no pudiera romperla, se encendió con un resplandor azulado que me hirió los ojos. Empezó a reproducirse un video. Al principio, solo vi sombras y escuché risas. Unas risas que conocía demasiado bien. Se me heló la sangre al reconocer la voz de mi primo, Pietro. Apareció en la imagen, con esa sonrisa arrogante que siempre lucía en las cenas familiares, pero sus ojos no eran los mismos. Eran los de un depredador disfrutando de una presa. Entonces la vi a ella. Era una chica joven, de una belleza frágil que se estaba marchitando bajo los golpes y la humillación. Pietro y otros hombres la tenían acorralada en un rincón oscuro. Lo que siguió en el video fue una pesadilla que me obligó a cubrirme la boca para no vomitar. Vi a mi primo burlándose, agrediéndola, usándola como si no fuera un ser humano, mientras ella suplicaba por su vida, llamando a alguien… llamando a Bianco. Me desplomé en el suelo, incapaz de apartar la vista, aunque mis ojos ardían por las lágrimas. La chica del video terminó en un charco de sangre, con la mirada perdida y el alma visiblemente rota, justo antes de que la imagen se reiniciara para empezar de nuevo. —Paola… —el nombre salió de mis labios como un lamento.
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