SUPLICANDO

1120 Palabras
**BIANCO** La solté con un desprecio que la hizo caer de nuevo sobre el colchón. Sus ojos, antes desafiantes, ahora eran dos pozos de pura confusión y miedo. Pero yo no veía a una mujer hermosa; veía la cara del hombre que se encogió de hombros mientras mi hermana perdía la razón. —¡Mañana nos vamos! —le grité, mientras me dirigía a la puerta—. Este castillo es demasiado cómodo para una rata de tu linaje. Salí sin mirar atrás y bajé al sótano de la mansión, un lugar donde el mármol se convertía en cemento frío y el aire olía a humedad y hierro. Allí, sobre una mesa de madera gastada, descansaba un sobre de cuero. Lo abrí y saqué la cámara. Subí de nuevo, pero no entré. Me quedé en el pasillo, observando por la rendija de la puerta. Ella se había quitado los zapatos y estaba hecha un ovillo en el centro de la cama, sollozando con la cara enterrada en las almohadas. El vestido esmeralda, que horas antes me había dejado sin aliento, ahora me parecía el sudario de su propia libertad. Encendí la cámara y grabé apenas diez segundos. Su espalda sacudida por el llanto, el desorden de su cabello, y el sonido de su desesperación. No necesitaba mostrar su rostro; su padre reconocería ese llanto en cualquier rincón del mundo. —Disfruta de tu última noche de seda, Angela —murmuré para mis adentros mientras guardaba el dispositivo. Bajé al despacho y llamé a mis hombres de confianza. —Preparad la casa de campo en las afueras. La que está cerca de la antigua cantera. No quiero lujos, ni calefacción central, ni sirvientes. Solo lo básico para que no se muera. Mañana a primera hora le daremos a Colombo su primera dosis de realidad. —¿Y el video, jefe? —preguntó uno de ellos. —Enviadlo ahora mismo. Pero no al teléfono de Colombo. Enviadlo al grupo de seguridad de su empresa. Que todos sus soldados comprendan que su “princesa” se encuentra en mis manos y que su influencia no tiene efecto para nada. Que sienta la vergüenza de saber que no pudo protegerla. Me serví otro whisky, pero esta vez no para olvidar, sino para brindar con los fantasmas. El alcohol bajó quemando, un fuego líquido que apenas igualaba el incendio que sentía por dentro. Esa noche no dormí. Me quedé sentado frente al ventanal, viendo cómo la luna de Turín se ocultaba tras las nubes, pensando en mi hermana en su habitación blanca y vacía. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba el “Apaga la luz, Bianco” de mi hermana, y mi corazón se endurecía un poco más. Al amanecer, la luz gris del invierno piamontés se filtró por las cortinas. Me levanté, me ajusté la funda de la pistola en la cintura y caminé hacia la habitación de Angela. Esta vez no hubo caballerosidad, ni música de violín, ni cenas a la luz de las velas. Pateé la puerta para despertarla. —Arriba, Colombo —le ordené, arrojándole una bolsa con ropa vieja y una sudadera gris—. El tiempo de los cuentos de hadas terminó. Hoy empiezas a pagar la deuda de tu padre. Ella me miró con el rostro hinchado, tratando de procesar la frialdad en mis ojos. —¿A dónde me llevas? —su voz era apenas un susurro quebrado. —A un lugar donde nadie escuchará tus gritos —respondí, agarrándola del brazo para ponerla en pie—. A un lugar que se parece mucho más al mundo donde dejaron a mi hermana. **ANGELA** El frío del metal en mis muñecas era una realidad que mi mente se negaba a aceptar. No era el frío elegante de las joyas que solía lucir en las galas de mi padre, sino un frío sucio, pesado, que me mordía la piel con cada bache del camino. Tenía las manos y los pies amarrados con bridas de plástico que se enterraban en mi carne, recordándome que ya no era una persona, sino una mercancía en manos de un maníaco. Miré por la ventana. El paisaje de Turín, que siempre me había parecido una joya de arquitectura y luces, se desdibujaba en una mancha gris de suburbios y naves industriales. No sabía a dónde me llevaban, y ese vacío de información era lo que más me aterraba. Sentía la presencia de los dos hombres que me flanqueaban. Eran como estatuas de piedra, con el olor a tabaco rancio y pólvora impregnado en sus chaquetas. No me miraban, no me hablaban; yo era simplemente un bulto entre ellos. Pero lo peor era el hombre que iba delante. Bianco. Desde el asiento del copiloto, su nuca parecía una pared infranqueable. Podía ver el reflejo de sus ojos en el retrovisor; no había ni rastro del hombre que anoche me había sujetado por la cintura mientras sonaba un violín. Ese Bianco había muerto con la luz del sol, o quizás nunca existió. El que estaba allí ahora era un bloque de hielo, un verdugo que respiraba con una calma rítmica que me ponía los pelos de punta. “Es un maníaco”, pensé, y un escalofrío me recorrió la columna hasta los huesos. “Un absoluto maníaco”. Había visto la locura en sus ojos cuando mencionó a su hermana. Había visto cómo el odio le transformaba las facciones, convirtiendo su belleza en algo grotesco y peligroso. Mi padre siempre me dijo que los Corbone eran salvajes, pero yo pensaba que era propaganda familiar. Ahora, mientras sentía mis propias lágrimas secarse en mis mejillas porque ya no me quedaban fuerzas para llorar, comprendía que mi padre se había quedado corto. El silencio dentro del auto era sepulcral, roto solo por el zumbido de los neumáticos contra el asfalto mojado. Era un silencio que pesaba toneladas. Quise hablar, quise suplicar, quise decirle que yo no sabía nada de lo que le había pasado a su hermana, pero las palabras se me atascaban en una garganta cerrada por el pánico. —Bianco… —susurré finalmente, mi voz apenas un hilo que se perdió en el aire viciado del vehículo. Él no se movió. Ni siquiera una inclinación de cabeza. El coche siguió avanzando, alejándose de todo lo que yo conocía, adentrándose en una nada que olía a final. Por primera vez en mi vida, comprendí que mi apellido, ese que siempre había sido mi escudo, era ahora mi sentencia de muerte. O algo peor. Miré mis manos atadas en mi regazo y cerré los ojos con fuerza. —Por favor… —repetí, pero el silencio de Bianco fue la respuesta más aterradora de todas.
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