**BIANCO**
El trayecto hacia la clínica fue un recorrido por el purgatorio. El motor de mi coche rugía por las calles de Turín, pero yo solo podía escuchar el silencio ensordecedor de aquel callejón. Aparqué frente al edificio de muros blancos y asépticos, un lugar que olía a desinfectante y a esperanzas muertas. Odiaba este sitio. Odiaba que el apellido Corbone, con todo su poder y sus millones, no pudiera comprar una sola neurona sana para la mujer que más amaba.
Caminé por los pasillos con mis botas resonando contra el linóleo. Las enfermeras bajaban la cabeza al verme pasar; conocían mi nombre, pero sobre todo, conocían la oscuridad que cargaba en los hombros.
Al llegar a su habitación, me detuve ante el cristal.
Ella estaba sentada junto a la ventana, bañada por una luz matutina que no llegaba a iluminar sus ojos. Tenía la mirada fija en algún punto del jardín, pero yo sabía que no estaba viendo las flores. Estaba atrapada en ese maldito bucle infinito, en el segundo exacto en que el primo de Angela decidió que su diversión valía más que la vida de mi hermana.
Entré despacio. El sonido de la puerta no la hizo reaccionar.
—Hola, pequeña —susurré, sentándome en la silla de madera frente a ella.
Le tomé la mano. Estaba fría, lánguida, como si la sangre apenas tuviera fuerzas para circular. Ella giró la cabeza lentamente, pero no me vio a mí. Sus pupilas estaban dilatadas, perdidas en ese mundo diferente donde los monstruos no tienen rostro, pero siguen acechando. De pronto, empezó a tararear una melodía rota, una canción de cuna que nuestra madre nos cantaba, mientras sus dedos acariciaban obsesivamente una cicatriz casi invisible en su muñeca.
—Él… él viene —susurró ella, con una voz que parecía venir de ultratumba—. Bianco, apaga la luz… que no me encuentre.
Se me partió el alma en mil pedazos, convirtiéndose en esquirlas de vidrio que se clavaron en mi estómago. Verla así, reducida a un manojo de nervios y delirios, era una tortura peor que cualquier herida de bala. Ella era la alegría de nuestra casa, la risa que equilibraba mi violencia. Y ahora no era más que una cáscara vacía habitada por el miedo.
—Nadie va a encontrarte. Te lo prometo —dije, aunque sabía que mis palabras no atravesaban el muro de su locura.
Apreté su mano con una desesperación contenida, sintiendo cómo el odio hacia los Colombo se filtraba en mis venas como ácido. Cada vez que ella temblaba, mi deseo de ver a esa familia arder se multiplicaba. Angela estaba en mi casa, durmiendo entre sábanas de hilo, mientras mi hermana se marchitaba en una institución mental por culpa de su propia sangre.
Me levanté bruscamente, incapaz de soportar un minuto más de aquella agonía silenciosa. Le di un beso en la frente, un contacto que ella ni siquiera reconoció, y salí de la habitación con el corazón convertido en una piedra negra.
—Van a pagar —juré entre dientes mientras golpeaba la pared del pasillo con el puño—. Por cada lágrima, voy a sacarles un litro de sangre.
Regresé al coche, pero esta vez no iba a casa para cenar o bailar. Iba de vuelta con un propósito renovado. La imagen de mi hermana me perseguía, alimentando una hoguera que ya no podía apagarse con razones. Angela no era solo una prisionera; era el pago de una deuda que su primo dejó pendiente, y de repente, la habitación de mi mansión me pareció demasiado pequeña para el castigo que su apellido merecía.
El rugido del motor era lo único que lograba acallar el ruido de mis pensamientos mientras conducía de regreso. Los recuerdos de aquella noche, la noche en que todo se fue al diablo, volvieron a golpearme con la fuerza de un mazo.
Vi de nuevo mi cara frente a la de ese bastardo, el primo de Angela. Lo tenía acorralado en su club privado, con el cañón de mi Beretta hundiéndose en su mandíbula. Estaba llorando, suplicando, el mismo cobarde que se había reído mientras Paola se desangraba. En ese momento, solo un segundo me separaba de enviarlo al infierno.
Pero entonces aparecieron ellos.
Los hombres de Colombo rodearon el lugar en cuestión de segundos. Y allí estaba él, el patriarca, el hombre que ahora era mi mayor enemigo. No vino a pedir perdón por lo que su sobrino había hecho. No vino a ofrecer justicia.
—Baja el arma, Bianco —me dijo con esa voz gélida, sin un ápice de remordimiento—. No vas a tocar a un m*****o de mi familia por una… desafortunada disputa callejera.
—¿Disputa? —le grité, sintiendo que la sangre me hervía—. ¡Ha destrozado a mi hermana! ¡La ha roto para siempre!
—Es joven, cometió un error —respondió él, encogiéndose de hombros como si hablara de una copa rota—. Pero es un Colombo. Y yo protejo lo mío. Vete a casa, muchacho, antes de que esta “disputa” acabe con el último de los Corbone.
Esa protección, esa forma tan asquerosa de cubrir a un monstruo bajo el manto del apellido, fue lo que terminó de pudrir mi alma. Colombo no solo permitió el pecado; lo bendijo. En ese instante, mientras veía cómo escoltaban al bastardo hacia la seguridad de sus coches negros, comprendí que la justicia tradicional no existía para nosotros.
Fue ahí donde tomé la decisión.
—¿Así que proteges lo tuyo, viejo malnacido? —susurré para mí mismo mientras los veía alejarse—. Pues voy a enseñarte lo que se siente cuando el muro se derrumba. Voy a arrancarte el corazón y te obligaré a mirar mientras deja de latir.
Esa noche juré que mi vendetta no sería contra un solo hombre, sino contra su estirpe. Si él valoraba tanto la familia por encima de la decencia, yo le quitaría la suya. No iba a matar a Angela de inmediato; eso sería demasiado fácil, demasiado misericordioso. Quería que Colombo sintiera el vacío, la incertidumbre, el terror constante de no saber si su posesión más preciada estaba viva o muerta, o en qué estado se encontraba.
Llegué a la mansión y frené en seco, levantando grava. Entré en el vestíbulo y subí las escaleras de dos en dos, impulsado por una rabia ciega. Me detuve frente a la puerta de su habitación.
—Ábrela —le ordené al guardia.
La cerradura chasqueó. Entré como una tormenta. Angela estaba sentada en la cama, todavía con ese vestido esmeralda que ahora me parecía un insulto. Al verme, se puso de pie de un salto, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el cabecero.
—Tu padre cree que el apellido Colombo es un escudo —dije, acercándome a ella con pasos lentos, depredadores—. Cree que puede proteger a los monstruos y salir ileso. Pero se olvidó de una cosa: yo no juego bajo sus reglas.
La agarré por los antebrazos, ignorando su jadeo de sorpresa, y la obligué a mirarme.
—Él protegió al hombre que destruyó a mi hermana. Así que ahora, tú vas a pagar cada segundo de silencio de ella. Vas a ser el espejo donde él vea su propia ruina.
—¡Yo no hice nada! —gritó ella, con las lágrimas asomando de nuevo.
—Ese es tu mayor pecado, Angela —le siseé al oído—. Existir y llevar su sangre. Prepárate, porque a partir de mañana, el lujo se acaba. Vas a entender por qué me llaman el monstruo de Turín.