**BIANCO**
Deslicé mis dedos hasta sus manos y la obligué a ponerse de pie, girándola para que quedara frente a mí. El odio seguía allí, lo veía en sus pupilas, pero debajo había algo más: una atracción prohibida, un deseo que nacía del peligro.
—Baila conmigo —le ordené, mientras el sonido de un violín empezaba a sonar suavemente desde el sistema de audio oculto—. Demuéstrame que puedes ser algo más que una víctima.
Ella apoyó una mano en mi hombro con la misma cautela con la que se toca el filo de una navaja. Sentí el peso ligero de sus dedos, una presión mínima que, sin embargo, se sentía como un incendio a través de la tela de mi saco. La otra mano se perdió en la mía. Era pequeña, delicada, el contraste perfecto para mis nudillos marcados por años de violencia que ninguna cena elegante podría borrar.
Empezamos a movernos. No era un baile, era un asedio.
—¿Crees que un vestido y una copa de vino cambian quién eres, Bianco? —su voz vibró contra mi pecho, cargada de un veneno que me fascinó.
—No —respondí, estrechando el agarre sobre su cintura y obligándola a acortar la escasa distancia que nos separaba—. No cambia lo que soy, pero altera lo que quiero.
La música llenaba el vacío del comedor, un vals melancólico que parecía burlarse de la tragedia que nos rodeaba. Al girar, el vestido esmeralda ondeó como una advertencia. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, un pulso acelerado que golpeaba contra mi palma. Ella no bajó la mirada; al contrario, sus ojos buscaron los míos con una intensidad que me hizo cuestionar quién tenía realmente el control en esa habitación.
—Estás jugando a ser un caballero —susurró, y esta vez una pequeña sonrisa amarga curvó sus labios—. Pero tus ojos siguen siendo los de un lobo. Estás esperando el momento de morder.
Me detuve en seco, cortando el flujo del baile. La atraje hacia mí con un movimiento brusco, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros. Sus pechos subían y bajaban con fuerza contra mi pecho, y por un segundo, el mundo exterior —la guerra, los Colombo, el código de sangre— desapareció. Solo existía el aroma a flores blancas y la electricidad estática de lo prohibido.
—Tienes razón —admití, bajando la voz hasta que fue apenas un gruñido—. Soy un lobo. Y tú eres la primera presa que me hace dudar de si prefiero devorarla o protegerla del resto del mundo.
Deslicé mi mano desde su cintura hasta su cuello, rodeándolo con una presión que no era amenaza, sino una caricia posesiva. Mis dedos rozaron la línea de su mandíbula y me incliné hasta que mis labios rozaron su oreja.
—Dime, Angela… ¿Qué siente la hija de un santo al descubrir que el infierno es mucho más tentador de lo que le contaron?
Sentí cómo su cuerpo se estremecía, una reacción que no pudo ocultar. Su resistencia empezaba a resquebrajarse, no por miedo, sino por esa curiosidad oscura que yo mismo estaba alimentando. Ella se aferró a mis solapas, sus nudillos blancos por el esfuerzo, y por un instante eterno, creí que me besaría solo para silenciar la tensión que nos consumía.
La tensión en el aire se volvió irrespirable. El contacto de su piel, que hace un segundo me quemaba con deseo, de pronto empezó a escocerme como sal en una herida abierta. El rostro de Angela, tan similar al de los hombres que destruyeron mi mundo, se convirtió en un recordatorio de la sangre que aún reclamaba justicia.
Cerré los ojos un segundo y, en la oscuridad de mis párpados, no estaba el comedor de mármol. Estaba aquel callejón frío de Turín, años atrás.
Recordé a mi hermana. El recuerdo me golpeó como un disparo en el esternón. La vi allí, tirada como un despojo humano en mitad de un charco de sangre que se extendía sobre el pavimento gris. Su vestido, que alguna vez fue blanco, estaba hecho jirones. Y sobre ella, la risa de ese maldito perro: el primo de Angela. Recuerdo del maldito video, su burla, el eco de sus carcajadas mientras se limpiaba las manos manchadas con la inocencia de mi hermana, dejándola rota, humillada, una sombra de lo que solía ser.
Ese dolor, esa deuda de sangre, se me enroscó en la garganta como una serpiente.
Abrí los ojos y la mirada de Angela me devolvió a la realidad. Mi mano, que antes acariciaba su cuello con suavidad, se tensó. El odio, mi viejo y fiel amigo, regresó para ocupar su trono.
—Se acabó la tregua —solté, soltándola con una brusquedad que la hizo tambalearse.
—¿Bianco? —susurró ella, confundida por el cambio repentino en mis ojos.
No respondí. No podía mirarla sin ver la cara de su primo, sin sentir el olor a hierro de la sangre de… El deseo se había evaporado, reemplazado por una bilis negra que me amargaba la lengua. Me giré hacia los hombres que montaban guardia en la entrada del comedor.
—¡Lleváosla! —ordené, mi voz tronando en la estancia como un látigo—. De vuelta a su habitación. Cerrad con doble llave.
—¿Qué? Pero dijiste… —intentó protestar ella, pero mis hombres ya la rodeaban.
—Dije que esta noche recordarías lo que pudiste tener —la interrumpí, dándole la espalda para que no viera la furia que me deformaba el rostro—. Ahora recuerda quién eres. Eres una Colombo. Y mientras lleves ese apellido, tu destino no es este comedor, sino esa celda de seda en la que te tengo.
La vi forcejear brevemente mientras la escoltaban hacia la gran escalera, el vestido esmeralda arrastrándose por los peldaños como una joya perdida en el barro. Escuché el eco de sus pasos alejándose, el portazo final en la planta de arriba y el giro seco de la llave.
Me quedé solo entre las velas que empezaban a consumirse. Agarré la botella de Barolo y la estampé contra la pared, viendo cómo el líquido rojo salpicaba el papel tapiz.
—Malditos sean todos —gruñí, apretando los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas—. Todos y cada uno de vosotros.
Me senté en la cabecera de la mesa, rodeado de lujo y fantasmas, preguntándome cuánto tiempo más podría resistir antes de que mi necesidad de venganza terminara por devorarnos a los dos. Tenía que verla.