UN LOBO

1087 Palabras
**BIANCO** Me alejé de la habitación con el teléfono quemándome en la mano. El eco de los sollozos de Angela rebotaba en las paredes de mármol del pasillo, persiguiéndome como un fantasma. Entré en mi despacho, cerré la puerta de roble y me serví un whisky doble. Necesitaba quemar el rastro de su aroma de mi nariz. Miré la pantalla. El video estaba ahí. Le di al play. Vi la imagen de Angela, temblando bajo mi camisa, con los ojos anegados en un terror que me hizo apretar la mandíbula. Mis manos sobre ella se veían grandes, posesivas, brutales. Era exactamente el mensaje que quería enviarle a Colombo: “Tengo lo que más amas y puedo romperlo cuando quiera”. Pero al ver la grabación por tercera vez, algo se torció en mi pecho. Yo no soy un sádico. Soy un Corbone. Crecí bajo el código de la vendetta, viendo cómo los Colombo asfixiaban a los pequeños empresarios de Turín, cómo empujaban a gente honesta al abismo por un puñado de euros. Mi odio hacia su padre es una religión, una deuda de sangre que se remonta a años de traiciones. Ella debería ser solo una herramienta, un medio para un fin. Sin embargo, cuando la vi en la pantalla, no vi a una Colombo. Vi a una mujer que se estaba quebrando bajo el peso de un pecado que ella no cometió. Su voz rota llamando a su padre… ese “Papá” cargado de una inocencia que yo perdí hace mucho tiempo. —Maldita sea —gruñí, dejando el vaso de cristal sobre la mesa con demasiada fuerza. No me gustó la forma en que mi cuerpo reaccionó cuando la toqué para el video. No era solo poder; era un hambre primitiva que amenazaba con nublar mi juicio. La fragilidad de su cuello bajo mis dedos, el calor de su piel… ella no es la rata que es su padre. Ella es algo distinto. Algo que me está resultando peligrosamente difícil de odiar. Borré el video. No lo iba a enviar aún; si Colombo lo recibía, desataría una guerra en Turín. Mi prioridad ahora es mantenerla a salvo de los otros que la buscan. Porque, para su desgracia, su padre ha acumulado más enemigos que aliados. Salí del despacho y regresé a su habitación. Mis pasos eran pesados. Al abrir la puerta, la encontré en el suelo, hecha un ovillo, con los hombros sacudidos por un llanto silencioso que me dolió más que cualquier grito. Me detuve a un par de metros. Mi instinto era levantarla, pero mi posición me obligaba a mantener la máscara. —Levántate del suelo, Angela —dije, tratando de que mi voz sonara más firme de lo que me sentía—. No quiero que vuelvas a arrodillarte ante nadie. Ni siquiera ante mí. Ella levantó la cabeza, el miedo todavía brillando en sus pupilas, pero esta vez hubo algo de confusión en su mirada. No la toqué con brusquedad. Me acerqué y le tendí la mano, una oferta que era casi una tregua. —El video no se ha enviado —solté, viendo cómo su respiración se detenía por un segundo—. No soy el monstruo que tu padre te hizo creer que todos los Corbone somos. Pero no te equivoques, sigues siendo mi prisionera. Solo que… no quiero tus lágrimas. Me quedé observándola un momento más. Verla allí, perdida en mi camisa, con el orgullo hecho jirones pero los ojos aún encendidos, despertó algo en mí que no tenía nada que ver con la venganza. Era una curiosidad oscura, una necesidad de ver qué pasaría si, por una noche, dejábamos de ser el cazador y la presa. —Ve a bañarte —le ordené, suavizando el tono pero manteniendo la autoridad—. He hecho que traigan ropa adecuada para ti. Esta noche no habrá videos, ni amenazas. Cenarás conmigo en el comedor principal. Ella me miró con desconfianza, sus dedos aún aferrados a la tela de mi camisa sobre sus muslos. —¿Por qué? —susurró. —Porque quiero que recuerdes esta noche, Angela. No por el miedo, sino por lo que podrías haber tenido si nuestras familias no estuvieran manchadas de sangre. Salí de la habitación antes de que pudiera replicar. Tres horas después, la esperaba al pie de la gran escalera de mármol. Me había puesto un traje n***o, sin corbata, tratando de calmar la anticipación que me recorría la espalda. Cuando la vi aparecer, el aire se detuvo en mis pulmones. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, dejando sus hombros al descubierto. Caminaba con una elegancia frágil, agarrándose a la barandilla como si fuera su única ancla en el mundo. Al llegar frente a mí, no bajó la mirada. —Estás espectacular —dije, y por primera vez, no era una táctica de manipulación. Era la verdad. La conduje al comedor, una estancia iluminada solo por la luz de las velas y la luna de Turín que entraba por los ventanales. La mesa estaba servida con lo mejor de la cocina piamontesa y un Barolo que costaba más que el coche de cualquier hombre común. Durante los primeros minutos, solo se escuchó el tintineo de los cubiertos. La tensión era una cuerda tensa a punto de romperse. —Mi padre me dijo que los Corbone eran salvajes —dijo ella de repente, rompiendo el silencio. Su voz era un hilo de seda, pero sus ojos me desafiaban—. Que solo entendían el lenguaje de las armas. Dejé mi copa de vino y me incliné hacia ella, dejando que la luz de las velas tallara las sombras de mi rostro. —Tu padre proyecta sus propios demonios en los demás, Angela. Él mata con contratos y cuentas bancarias vacías; nosotros lo hacemos de frente. Hay más honor en mi salvajismo que en su diplomacia. Me levanté y caminé hacia ella. Angela se tensó, pero no retrocedió. Me detuve justo detrás de su silla, inclinándome hasta que mi aliento rozó su nuca. Pude oler el perfume de flores blancas que venía con el baño, mezclado con el aroma de su propia piel. —Esta noche no eres una Colombo —le susurré, mientras mis manos bajaban lentamente por sus brazos descubiertos, provocándole un estremecimiento visible—. Y yo no soy el hombre que te secuestró. Solo somos un hombre y una mujer en una ciudad que nos pertenece.
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