**BIANCO** El asco me consumía. Me asqueaba Colombo por haber profanado a mi madre. Me asqueaba mi madre por haber amado a un enemigo. Pero, sobre todo, me asqueaba yo. Había perseguido a Angela, la había marcado como “mi mujer” ante mis hombres, la había deseado con una sed que no conocía límites… y todo ese tiempo, según ese demonio, estaba deseando a mi propia sangre. Me quedé allí, de rodillas, con las manos destrozadas y la frente apoyada en el suelo ensangrentado. Mis hombres se acercaban cautelosos, pero nadie se atrevía a tocarme. Era el jefe de los Corbone, el hombre más temido de Palermo, y en ese momento me sentía como un niño perdido en la oscuridad, rodeado de los fantasmas de un incesto que no sabía que estaba cometiendo. —Señor… tenemos que irnos, la policía vendrá pronto

