**BIANCO** Me quedé de pie en el centro del gran salón, escuchando cómo los pasos pesados de mis hombres subían hacia su habitación. Escuché sus gritos, su confusión, y luego el sonido de sus pies siendo arrastrados por el pasillo mientras suplicaba mi nombre. Cada vez que gritaba “¡Bianco!”, era como si un clavo ardiente se hundiera en mi pecho. Cuando el sonido del motor de los coches se alejó por el camino de grava, el silencio que quedó en la casa fue sepulcral. Me dejé caer de rodillas en el suelo de mármol frío, mirando mis manos ensangrentadas. El asco no se iba. La imagen de mi madre y la de Angela se fundían en una sola en mi mente, creando un monstruo de culpa que no me dejaba dormir. La había enviado lejos, a la soledad de las cumbres, pero sabía que no importaba cuántos kiló

