**ANGELA** Me quedé en el suelo, jadeando, con los labios hinchados y el corazón saltando en mi pecho. El hechizo se había roto. La realidad nos había encontrado, y traía consigo el plomo de mi padre. —No se rinden —masculló Bianco, poniéndose en pie y sacando su arma con una agilidad mortal—. Tu dueño ha venido a reclamar su mercancía, Angela. Se giró hacia mí, y por un momento, a pesar del caos, vi en su mirada que el beso que acabábamos de compartir no era el final, sino el inicio de algo mucho más sangriento. Me puse en pie de un salto, arreglándome la ropa con las manos temblorosas mientras el sabor amargo de aquel beso prohibido todavía me quemaba la lengua. El sonido de los golpes abajo no se detenía; era el sonido de mi pasado reclamándome, de la mano larga de mi padre que no e

