-¿A dónde vamos, Theo? -inquirí, subiendo desganada la colina de arena. El muchacho, ajeno a mi angustia, parecía rebosar felicidad y energía. Tomó mi mano con mayor fuerza para que no se resbalara y me guio hasta la cima más apartada. Si me giraba, podía ver a los chicos bailando alrededor de las fogatas; completamente indiferentes a nuestro silencioso escape. -Aquí está -dijo, por fin, soltándome la mano y sonriéndome cual niño con juguete nuevo-. ¿Qué te parece? Miré a mi alrededor: sólo había arena y árboles, algunas matas de césped y más allá la carretera. A decir verdad la zona estaba muy poco iluminada, por lo que se me hacía complicado dar en lo que el muchacho estaría tratando de enseñarme. -No lo sé, no veo nada -me lamenté. El muchacho, sin previo aviso, me e

