Los herederos de la corona regresan
*Aurelyss*
Me movía rápido, casi sin pensar, dejando que mis pies conocieran el camino por sí solos. De un lado a otro, transportando telas, acomodando manteles, bajando la mirada cada vez que algún guardia cruzaba el pasillo. Hoy era un día importante en el Castillo Lunar. Un día especial… o eso decían todos
Los herederos de la corona regresaban
Andrik y Edrik
Sus nombres eran susurros entre los muros, ecos entre las sirvientas, órdenes entre los capataces. Todo debía estar impecable para su bienvenida. Desde el gran salón hasta los pasillos de mármol tallado, desde los candelabros flotantes hasta los manteles de lino bordado que ahora temblaban entre mis dedos. Nadie debía fallar. No si queríamos evitar la furia de Luna Alessia
Y yo… yo no sabía qué sentir
¿Ansiedad? ¿Temor? ¿Expectativa?
Quizás una mezcla de todo eso. Y algo más profundo. Una punzada en el pecho. Una herida que aún no cerraba
Me preguntaba, mientras mis manos alisaban las arrugas del mantel…
¿Ellos me reconocerían?
¿Recordarían mi nombre, mi voz, el escondite bajo la escalera donde jugábamos de niños? ¿O sus ojos pasarían sobre mí como si fuera aire, como si nunca hubiera existido?
Habían pasado casi diez años desde la última vez que los vi. Diez años desde que cometí el error imperdonable de hablar con ellos. Desde que fui castigada por olvidar mi lugar.
Desde que entendí que una esclava no debía mirar a los ojos a un príncipe. Mucho menos a dos
Apreté los labios. El recuerdo era nítido, cruel, como si mi cuerpo aún llevara el eco de aquellos días. No lo pensaba muy seguido… pero cuando lo hacía, me dolía. Como si una parte de mí hubiera quedado atrapada en aquella noche, esperando aún que algo la salvara
Mi madre me sacó de mis pensamientos con un apremiante susurro — Más rápido, Lyss. Los manteles deben estar colocados antes del tercer toque de cuerno. Si Luna Alessia nota un solo pliegue… —
Asentí sin hablar, porque ambas sabíamos lo que eso significaba. La Luna podía parecer serena desde lejos, pero su ira era afilada como una daga envuelta en seda
Alrededor, los esclavos se movían como un río perfectamente coreografiado. Colocaban cubiertos de cristal, adornos mágicos flotantes, arreglos florales encantados que susurraban al tacto. Cada rincón debía brillar. Cada pétalo debía estar en su lugar. Nadie podía permitirse un error. No hoy
Porque hoy, Andrik y Edrik regresaban.
Y aunque ya no eran los niños que me sonreían en secreto, una parte de mí aún se preguntaba…
¿Y si…?
Me apresuré a terminar mis asignaciones para la gran fiesta, cuidando cada doblez, cada costura, cada rincón del castillo que debía brillar esta noche. A mi lado, Sierra se movía con una gracia veloz, casi mágica, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer antes que su mente lo pensara
— Envidio tu energía — le dije con una sonrisa cansada, observando cómo los lazos dorados se enredaban entre sus dedos con precisión perfecta
— Tan veloz como un relámpago — respondió, guiñándome un ojo — Deberías darte prisa, te esperan en la cocina —
— Voy para allá… ¿Has visto a Ryu? —
— Debe seguir en los jardines, ya sabes, los rosales deben verse hermosos hoy —
Asentí, aunque por dentro suspiré — Sí… a veces desearía trabajar en los jardines. Al menos tendría algo de aire fresco —
Me alejé entonces, apretando el paso hacia la cocina, dejando atrás los murmullos de los sirvientes y el aroma flotante de flores encantadas. Pasé horas trabajando sin pausa, entre calderos, hornos rúnicos y bandejas flotantes. Cada instante era una cuenta más en el rosario de pensamientos que no me atrevía a pronunciar:
¿Y si me reconocen?
¿Y si no lo hacen?
Al caer la noche, todo estaba dispuesto.
Yo también
Mi uniforme era sencillo, limpio, ajustado a la perfección. Nada de vestidos lujosos ni coronas de flores como las damas de la corte. Solo una trenza apretada en mi cabello, las manos limpias, la espalda recta. Y ese collar de metal con inscripciones rúnicas... frío contra mi piel, como un recordatorio grabado:
“Propiedad de la Corona.”
Me ubiqué en el lateral del gran salón, en formación junto a otros sirvientes. El lugar estaba resplandeciente: tonos dorados y rojos cubrían los muros, las columnas, los tapices. El emblema del gran lobo, símbolo de la casa real, dominaba cada rincón con su mirada feroz, sus ojos como llamas eternas
Los invitados comenzaron a llegar uno por uno, envueltos en capas de seda, magia y perfume. Nobles de la corte, guerreros de alto rango, hechiceros con túnicas bordadas en hilo de luna. Yo fingía no mirar… pero mis ojos buscaban entre las sombras
A Andrik.
A Edrik.
No sabía por qué acomodaba mi falda. Ni por qué repasaba mi trenza con los dedos temblorosos. Pero lo hacía. Y lo odiaba.
Mi corazón latía tan rápido que creí que los demás podrían oírlo.
Ellos… los príncipes… los gemelos…
Volvían hoy.
Sierra notó mi inquietud. Tomó mi mano con fuerza y susurró — Deja de moverte —
Solo entonces me di cuenta de lo nerviosa que estaba
Respiré hondo
Contuve el temblor
— Ellos… vuelven hoy — repetí en voz baja, casi como una oración. Como una súplica.
No debería pensar en ellos
No debería mirarlos
No debería sentir lo que sentía
Pero lo hacía
Y en ese instante…
Las puertas del gran salón se abrieron como si fueran un estruendo de poder y luz. Una ráfaga de aire perfumado por magia envolvió la sala, y las antorchas de cristal respondieron parpadeando con una luz azulada. Todo se detuvo por un instante. Las conversaciones. El movimiento. Incluso mi respiración
— ¡Los príncipes herederos de Cindryal, hijos de la Luna y la Furia!... Andrik y Edrik del linaje de los Lobos Eternos… han regresado! — anunció el heraldo, y su voz retumbó como un tambor en mi pecho
Y entonces…
Ellos entraron
Andrik y Edrik
Iguales. Inquebrantables.
Cabello n***o como la noche, ondulado y salvaje, cayendo en mechones perfectamente descuidados sobre frentes de mármol.
Ojos azules como cristales encantados.
Altos como leyendas.
De espaldas rectas, pechos anchos, músculos definidos por años de guerra y entrenamiento.
Vestían trajes azul profundo con bordados plateados que brillaban como estrellas tejidas. El emblema del lobo grabado en sus capas flotaba con cada paso que daban
Y sus sonrisas…
Eran resplandecientes
La multitud los vitoreó. Nobles y soldados alzaron copas, Luna Alessia esbozó una sonrisa contenida, y el Rey Alder se puso de pie, orgulloso como si la victoria se personificara en esos dos cuerpos
Pero yo…
Yo no podía aplaudir.
No podía moverme
Mi corazón latía en mi garganta, y mi estómago se retorcía. Mi espalda estaba rígida, mi rostro sereno… pero dentro de mí, era un caos de memorias y deseos que luchaban por no romperse
¿Y si me miran?
¿Y si me recuerdan?
¿Y si...?
Me atreví. Solo por un segundo.
Levanté la vista
Y entonces, la mirada de Edrik se cruzó con la mía. Azul, clara, feroz…
Y vacía
Nada cambió.
No hubo reconocimiento.
No hubo pausa, ni tensión, ni siquiera una sombra de duda.
Fue como si yo fuera parte del mobiliario. Como si nunca hubiésemos compartido risas infantiles. Como si jamás hubiese existido para ellos
Y eso…
Eso me rompió
Un frío me subió por el pecho, cortándome la garganta como una daga. Apreté las manos, los dientes, el alma. No debía esperar nada. Lo sabía. Era una tonta por hacerlo
Una esclava no puede soñar.
Una esclava no puede sentir.
Una esclava no puede ser recordada
Sierra apretó mi mano sin mirarme, en silencio. Lo supo al instante
Y yo… yo bajé la cabeza.
Y me obligué a ser invisible otra vez.
Mi corazón dolía.
Dolía tanto que pensé que se me partiría el pecho… pero no podía permitirme pensar.
No podía permitirme sentir
Avancé con el resto de los esclavos cuando nos ordenaron servir la cena. Mis pasos eran mecánicos, mi respiración medida. Colocaba cada plato con precisión, cada cubierto con la delicadeza de quien sabe que un error podría costarle más que un castigo. Aunque mi mente estaba nublada, mi cuerpo seguía moviéndose por instinto.
Así es como sobrevivía. Así había aprendido
Volví a la cocina por más bandejas y encontré a Sierra allí, con las mejillas enrojecidas por el calor y el esfuerzo. Me miró de reojo, con esa intuición suya que siempre parecía leer lo que yo quería esconder
— No te reconocen… ¿cierto? — preguntó en voz baja
Solo asentí. Una vez.
Pero por dentro…
Dolía como el infierno
— No se supone que lo hagan — murmuré, con un nudo en la garganta que apenas logré controlar — Soy una esclava… una esclava de un reino que ya no existe. De un nombre que se ha vuelto ceniza —
No dijo nada más. No necesitaba hacerlo.
Ambas sabíamos lo que significaba cargar con un pasado que nadie quería recordar.
Caminé de vuelta al salón y me acomodé en mi lugar al borde del salón, pegada a la pared, tratando de no mirar en dirección a ellos. No debía tentar al destino otra vez.
Y entonces…
— Esclava. Ven aquí — La voz de Andrik resonó como un trueno en mis oídos.
Mi cuerpo se tensó.
Levanté la mirada, temblando, y sí… hablaba conmigo.
Su mirada estaba fija en mí, como una orden silenciosa que no podía ignorar.
Por un instante, mis piernas dudaron. Pero mi deber era claro. Caminé hacia ellos con la mirada en el suelo, cada paso más pesado que el anterior.
— Majestad — logré decir, mi voz apenas una chispa de firmeza.
— Llévate todo esto. No tengo apetito — ordenó Andrik, empujando su plato con un ademán impaciente.
Asentí en silencio, inclinándome para recoger los platos. En ese movimiento, mis dedos rozaron por un segundo los suyos.
Y en ese segundo, todo cambió.
Sus ojos se abrieron con un asombro contenido, como si acabara de ver un fantasma.
Nuestra mirada se cruzó.
Fue solo un instante.
Una fracción de segundo.
Pero se sintió como una eternidad.
Como si el tiempo se doblara, temblara… y algo muy viejo y muy profundo se agitara entre nosotros
Y entonces, la voz de Luna Alessia cayó sobre mí como un balde de agua helada — ¿Tienes el descaro de mirar a tus príncipes directamente? — Su tono era gélido, y mi cuerpo se estremeció
— Mis disculpas, majestad — respondí, con un temblor involuntario que traicionaba mi miedo. Bajé la mirada de inmediato, reprimiendo el impulso de correr
Me retiré.
Mis piernas temblaban como hojas al viento, y por un momento pensé que me desplomaría allí mismo.
Pero logré llegar a la cocina. Dejé los platos sobre la mesa, y me quedé de pie… inmóvil… con la respiración entrecortada
¿Acaso él… sabe quién soy?
¿Fue solo mi imaginación? ¿O en sus ojos había algo más que sorpresa?
Desconcierto.
Sorpresa.
¿Miedo?
¿Por qué?
Me obligué a no pensar. A cerrar esa puerta en mi mente antes de que se abriera por completo y me arrastrara con ella. No podía permitirme caer. No esta noche
La velada continuó sin sobresaltos.
Todo salió perfecto
Las damas de la corte comenzaron a desfilar una por una, presentándose ante los príncipes. Joyas, sonrisas, perfumes exquisitos. Algunas incluso ya se hacían llamar “futuras lunas”, soñando con ocupar el trono junto a ellos
Yo lo sabía.
Todos lo sabíamos
Pronto tomarían el trono.
Y para ello…
Necesitaban a su Luna.