A la mañana siguiente, Lyss fue llamada con urgencia por una de las omegas. La princesa Eris la requería de inmediato en su cámara privada. Una sensación helada le recorrió el cuerpo mientras caminaba por los pasillos. Algo en su instinto le decía que nada bueno saldría de ese encuentro Cuando llegó, la puerta ya estaba entreabierta. Dentro, el ambiente olía a incienso y hierro… y sangre. Lo supo apenas dio un paso dentro. Allí estaba Eris, con el vestido impecable, el cabello recogido con perfección inhumana, y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. A su lado, Sierra estaba atada con grilletes mágicos a una silla de piedra, pálida, sudando, con la respiración entrecortada — Qué bien que llegas, querida — dijo Eris con una dulzura forzada — No puedes imaginar lo aburrido que es experimen

