En ese preciso momento yo no sabía qué más hacer aparte de quedarme petrificada observando al ser humano que acababa de entrar y que ahora se dirigía hacia la recepción. El sonido del reloj de la iglesia más cercana anunciando las 10 en punto de la mañana, taladró mis oídos a pesar de que todo lo demás para mí se hacía casi inaudible. Aquel parecido era increíble, una similitud de espanto, una semejanza que masticaba mi masa encefálica como un macabro bebé que busca clavarle sus encías a cualquier cosa. De espalda hacia mi le comentaba algo a la recepcionista que amable asentía prestándole aquella profesional atención que a final del día seguramente sería no más que recuerdos borrosos para ella, causante de un terrible estrés y de interminables dolores en la cervi

