Capítulo 6

1645 Palabras
Jon recordó cómo su madre le había acariciado la mejilla hacía tantos años. ¿Cómo no se había dado cuenta de que la niña se había movido detrás del mostrador? Estaba prácticamente frente a él, mirando su rostro marcado por las cicatrices. Había estado tan absorto en ella que su habitual atención se había apagado. Menos mal que su vida y la de sus hombres ya no dependían de sus sentidos. Aunque al final no les habían servido de nada. ¿Cómo respondió a su pregunta? No se lo contaste a un niño, ni un minuto de cada día durante cinco años. Algunas verdades las ocultaste. En cambio, hizo todo lo posible por sonreír, una acción que, en las raras ocasiones en que lo intentó, le provocó un dolor punzante en el cerebro. Pero no era solo el dolor. Sabía que lo que ahora parecía una sonrisa era más aterrador que una película de terror de serie B. Aun así, este niño no corría gritando como otros. — A veces —fue la media verdad que aceptó. Jon oyó el tintineo de la campana. Se dio cuenta de que Alicia había dejado salir al hombre. Ella también notó, aunque tarde, que su hija conversaba con un desconocido. Se acercó a la niña, puso las manos sobre sus pequeños hombros y le dijo: — Hope, sabes que no debes molestar a los clientes. Volviéndose hacia él: — Lo siento… Las palabras murieron en sus labios cuando lo miró por primera vez. Realmente lo vio. En lo que se había convertido. Jon sintió que se le paraba el corazón. Su peor pesadilla se había hecho realidad. Vio el miedo en los ojos de la mujer que amaba. *** Las palabras se le congelaron en los labios. El corazón de Alicia se detuvo. Su peor pesadilla —o quizás su mayor deseo— se hizo realidad al mirar esos ojos azules que jamás podría olvidar. Las cicatrices apenas se notaban. Su mente estaba en un rumbo muy distinto al de la herida que debió haberle causado tanto daño a su otrora apuesto amante. No, sus pensamientos se centraban en el pequeño fragmento de humanidad que la observaba. Su hija. Su hija. ¿Cómo se le presentaba una niña a su padre? ¿Cómo se le decía a un hombre que tenía una hija, después de siete años? ¿Qué hacía una madre? ¿Cuántas noches había pasado despierta, sobre todo durante esos largos meses de embarazo, tras la muerte de su abuela, cuando se sentía tan sola en este mundo, abrumada? ¿Cuántas noches había soñado entonces con este momento? Pero las palabras que su yo más joven había dicho en esos sueños la habían abandonado. El miedo la invadió. El miedo que solo una madre puede conocer. El miedo de perder a su hijo. Oh, ella sabía que no era tan sencillo. No perdería a su hija. El hombre jamás llegaría al extremo de exigir la custodia total de la niña de la que nunca le había hablado. ¿Lo haría? ¿Reconocería siquiera la paternidad? Después de todo, habían sido tan cuidadosos esa noche al usar protección. ¡Caramba! Ni siquiera ella se dio cuenta de que estaba embarazada hasta bien entrado el segundo trimestre, cuando su barriga empezó a abultarse. Había desestimado el cansancio, la pérdida de apetito y las náuseas ocasionales como si fueran solo estrés y dolor tras la pérdida de su abuelita. Se sintió a la vez sorprendida y llena de alegría cuando ese palito se puso azul. El niño había sido una gran bendición. Cuando se sentía en su punto más bajo, completamente perdida y sola, sin más familia que su madre —que había intervenido tras la muerte de su abuela, sugiriendo que Alicia vendiera el restaurante y se mudara con su familia. Pero Alicia lo sabía. No fue un renovado sentido de maternidad lo que la impulsó, sino el dinero: la oportunidad de sacar provecho de la pérdida de su hija. Incluso entonces, Alicia se sintió tentada. Podría transferir sus estudios a la UCLA, vivir con su madre y empezar de cero. Ese palito lo cambió todo. Le dio un propósito en la vida. Era como si su abuelita y su amante perfecto hubieran conspirado para protegerla. Le contó a su madre sobre su embarazo y observó la expresión de preocupación y asombro en el rostro de la mujer. No supo cuál de las dos se sintió más aliviada cuando anunció que se quedaría con el restaurante y se alojaría allí. Había dejado la universidad. Entre la cena y el embarazo, no tenía energía para nada más. Se metió en la cama —la cama que habían compartido esa noche—, agotada, abrazando a su bebé en crecimiento mientras se quedaba dormida. Pero eso era el pasado. Y su presente se sostenía en esas profundidades azules y la niña en sus manos temblorosas. Su futuro era incierto. Forzó una sonrisa tranquilizadora: — No pasa nada, cariño. Seguro que lo entiende. ¿Por qué no te vas a casa con Alison? A ver si DeShawn ya ha subido de nivel. Llegaré a casa a tiempo para arroparte, como siempre. Su hija asintió mientras se volvía hacia su padre: — Espero que te sientas mejor pronto. Alicia apenas contuvo las lágrimas mientras saludaba con la cabeza a su amiga y empleada, quien, a pesar de las preguntas y la preocupación en su mirada, obedeció sus órdenes. Alison rápidamente sacó a la niña por la puerta hacia la casa de su abuela —que había sido la de su abuela, pero que, como si este lugar hubiera sido suyo durante siete años. Alicia rezó en silencio a la mujer. Entonces se volvió hacia el hombre del mostrador. Lo que daría por unos instantes de la sabiduría práctica de su abuelita en ese momento. Todo se reducía a… ¿y ahora qué? ¿La reconoció? ¿Sospechaba que Hope era su hija? ¿Qué le dices al amante perfecto que regresa después de tanto tiempo? Obviamente, su vida había cambiado tanto como la de ella. ¿Qué era lo correcto decir o hacer ahora? Alicia cerró los ojos y rezó pidiendo sabiduría mientras recogía la toalla y comenzaba a limpiar la encimera donde Hope y Steve habían dejado sus tazones. Lo miró de reojo mientras él empujaba el pastel en su plato y tomaba un sorbo de café de vez en cuando. Las cicatrices estropeaban el hermoso rostro que ella había estudiado mientras él dormía esa noche. Supuso que asustarían o disgustarían a algunos, incomodarían a otros. Pero eso no era lo que la perturbaba. Lo que debía hacer ahora era lo que la atormentaba mientras el hombre apartaba el plato. ¿El hombre? El padre de su hija. El amante perfecto. El único hombre con el que había estado en casi una década. Y seguía siendo… el hombre. ¿Será nada para siempre? Levantó la vista y preguntó: — ¿Qué te debo? Antes de que pudiera detenerlos, las palabras salieron de sus labios: — Es por cuenta de la casa. Mi forma de mostrar mi gratitud por todo lo que hicieron. Jon se preguntó una vez más qué hacía allí. Había estado pensando lo mismo todos los días durante la última semana. Pero algo lo retenía allí. Desde aquella primera visita, el comentario críptico que ella le había dado al marcharse le había dado vueltas en la cabeza. Sus palabras, exactamente igual que aquella noche. ¿Lo habría reconocido de alguna manera? Pero era imposible. Ese artefacto explosivo improvisado y el incendio que arrasó su camioneta, matando a sus hombres y convirtiéndolo en el monstruo que veía en el espejo retrovisor cuando se atrevía a mirar, habían destruido por completo al hombre que había sido aquella noche. Además, ella le había dicho algo parecido al vagabundo, ¿no? Pero no tenía forma de saber con certeza si había sido un marine. No había dicho nada sobre su propósito en ese pueblo. Entonces, ¿por qué lo había dicho? Quizás, sin embargo, solo lo supuso. Dada la gravedad de sus heridas, este pueblo que albergaba poco más que cactus, serpientes del desierto y la base de los marines alrededor de la cual se había desarrollado, podría, seguramente, haber sumado dos y dos para llegar a cuatro. Esa era la única explicación. Aun así, no podía apartar esa duda de su mente. No se atrevía a alejarse otra vez como lo había hecho esa noche. Escabullirse en la oscuridad, dejándola dormida, no se había atrevido a mirar las profundidades de esos cálidos ojos marrones una vez más. Sabía que las mujeres mentían; su esposa se lo había demostrado. Pero algo en esos ojos le había hecho querer olvidar esa lección, volver a creer en el amor. Era una tontería, una ridiculez. Pero al final había sucumbido. Su rostro, esos ojos, fueron lo que vio mientras el calor y las llamas le arrancaban la piel. Fueron sus últimos pensamientos al perder el conocimiento. Y los primeros al despertar. A lo largo de los meses y años de dolor, seguían volviendo a él en sus momentos más bajos, cuando se habría dado por vencido, se habría hecho un ovillo y suplicado la bendición de la muerte que había sido suya. Supo entonces que ella se había colado en su corazón esa noche, tejiendo un hechizo mágico de amor y esperanza. La esperanza era lo otro que lo retenía allí. Durante la última semana, había encajado un par de piezas del rompecabezas. Se había hecho amigo de Steve, su compañero marine sin hogar, y también de la otra camarera, Alison. Había intentado ser sutil con sus comentarios y preguntas, sobre la suerte que tenía el marido de Alicia de tenerla, y a una niña tan hermosa. Lo que descubrió le planteó más preguntas que respuestas.
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