LOLA Llegamos a lo que parecía ser un pequeño hostal, estilo irlandez, con el techo cubierto de musgo y unas que otras jarras de barro decorando la entrada. Estaba ubicado a una distancia de al menos 30 kilómetros lejos de la propiedad de aquel bastardo, en la cima de una pequeña colina. Era de noche, hacía frío y el viento azotaba fuerte, por lo que sin poner trabas decidí entrar sin que mi captor me lo ordenara. Era posible que estuviese entrando en un matadero, pero, cualquier cosa era mejor que Sergei Zakharov o su plebe. Y por mucho. El hostal era tan hermoso por fuera como por dentro. Siempre había querido conocer Rusia, perderme en sus atardeceres, su clima frío y perenne, sus calles, su ruido, su cultura y sobre todo su arquitectura. A este lugar quería venir de vacaciones

