Lex no pudo evitar sentir ese nudo en el estómago nuevamente.
—Ella y su hermano se quedan. Aunque brinques y patalees. Es una buena empleada y fue bien recomendada. Su única condición fue permanecer al lado de su hermano y acepté. Escuché que a estado aprendiendo todo lo necesario para complacerte y que estés a gusto. Además la necesitas porque eres muy quisquilloso y los empleados salen corriendo.
Las palabras de su padre le atravesaron el pecho como flechas afiladas, directas, exactas. Lex se quedó en el aire, boquiabierto, como si estuviera tratando de procesar lo imposible. Sus hombros temblaban ligeramente, y no podía evitar que su enojo saliera a flote como una serpiente venenosa.
—¡¿Qué estás diciendo?! —bramó, casi sin poder controlar el volumen de su propia voz. Sus palabras retumbaron en las paredes de la habitación, llenándola con un eco de furia y confusión—. ¡Yo no soy quisquilloso papá ! ¡Yo soy quien decide lo que pasa donde vivo!
Se sentía como si su padre lo estuviera aplastando con cada palabra. Era una combinación de enojo, impotencia y una sensación de estar perdiendo el control, algo que nunca había experimentado con su padre. Lex nunca había sido el tipo de persona que se sintiera así, pero en ese momento, todas sus inseguridades, todas sus dudas, todo su orgullo, estallaron. Todo porque no está acostumbrado a que le digan qué hacer.
Su padre lo miró fijo, con esa mirada penetrante que tenía cuando algo importante se discutía. Era un poder silencioso, el tipo de autoridad que no necesitaba gritar para ser efectiva. Simplemente, miraba. Con ese gesto, Lex sintió que todo su mundo estaba colapsando.
—No, Lex —dijo con una calma glacial que parecía hacer el ambiente aún más pesado—. No eres solo tú quien decide lo que ocurre. Ella no está aquí para fastidiarte, ni para hacerte la vida difícil. Ha estado aquí menos de una semana y lo está haciendo bien. Además, Fiona y su hermano son huérfanos. ¿Te parece justo que los echemos simplemente porque no te gusta cómo se comportan según tus criterios? No son tus empleados son mis empleados que puse en esa casa, la casa de huespedes que tu madre amaba.
Las palabras fueron como una bofetada en seco. Lex sintió que se le cortaba la respiración. Huérfanos. Esa palabra resonó en su mente como una especie de condena, como un recordatorio de lo poco que podía hacer cuando su padre tenía toda la razón. Se quedó sin voz, sintiendo cómo el peso de las palabras lo sobrepasaban, cómo esa idea se clavaba en su mente con fuerza.
No pudo responder. No porque estuviera asustado, sino porque sentía que el enojo le había bloqueado el cerebro. Su padre continuó, con ese tono tan firme que parecía imposible discutirlo.
—No me hagas la vida más difícil, hijo. Necesito que alguien esté pendiente de ti y ese alguien es fiona. Confía en que ella está aquí con buenas intenciones, y ha demostrado su valía con su esfuerzo en tan poco tiempo. Tratarla bien, ya de por sí su vida ha sido difícil. Ya no eres un chiquillo, deja de aferrarte a las cosas que no te suman. Esa aptitud y orgullo de mierda. Empieza a vivir como un hombre.
Lex sintió cómo esas palabras lo atravesaban aún más profundamente. No porque estuviera de acuerdo, sino porque la voz de su padre era imponente, tan imponente que sentía como si estuviera atrapado en un campo de fuerza invisible. No podía salir, no podía responder, no podía contraatacar.
El silencio se instaló en la habitación. Lex sintió cómo su corazón seguía latiendo rápido, cómo su enojo seguía allí, pero ahora se sentía impotente. Cada frase que había preparado para contraatacar se quedó atorada en su garganta, y todo lo que pudo hacer fue dejar que ese vacío lo consumiera.
—¡Bien, papá! ¡Como digas!
No dijo nada más. Va a pensar en una manera para que ella u su hermano, simplemente se largué de su casa por su propio pié. Se giró rápidamente, sintiendo el peso de sus hombros, la furia y la impotencia mezclándose en un solo sentimiento. Con un impulso que no pudo controlar, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con fuerza.
El golpe resonó en la casa. Lex sentía que su pecho ardía, que todo su cuerpo temblaba, pero ya no tenía la fuerza para sostenerlo. Salió de la y recorrió el pasillo con los puños cerrados, el estómago hecho un nudo. No podía pensar.
Se dirigió hacia la salida de la casa, chispeando del coraje. No quería estar ahí más tiempo, no quería seguir en esta batalla emocional. Al final, se sentía como un niño atrapado, como si estuviera luchando contra algo que no podía cambiar.
Afuera, el frío viento le pegó en la cara. El cielo estaba despejado, pero el frío cortaba como una navaja. Lex se subió a su coche, encendió el motor, y salió de la propiedad con la sensación de estar completamente derrotado, pero con el orgullo aún ardiendo en su pecho.
El silencio de la carretera fue el único consuelo que encontró mientras se alejaba de casa. Sentía que el peso de las palabras de su padre seguía flotando en su mente. Intentó racionalizarlo, pensar que tenía el control, que podía hacerlo funcionar de alguna manera, pero nada se sentía bien.
No pudo evitar reírse de sí mismo, una risa amarga y dolorosa, porque en ese momento entendió que su batalla había terminado, y no podía aceptarlo. Era aceptar a esa sirvienta con su autoridad o irse y la segunda opción no estaba en cuestionamientos.
La oficina de Lex Cross en la torre era un espectáculo de modernidad. Cristales del piso al techo, muebles minimalistas y una vista panorámica de la ciudad de Chicago, daban un aire imponente, reflejo perfecto de su personalidad. Pero, detrás de esa imagen de perfección, Lex estaba en una tormenta emocional. Seguía molesto por su conversación con su padre, continuaba re-jodido por culpa de Fiona y no podía quitarse de la cabeza la irritante presencia de ella y su hermano en su casa.
—Isla, necesito que hagas algo por mí —dijo Lex, llamando a su asistente personal, una mujer eficiente de cabello rubio recogido en un moño impecable y ojos verdes.
Claire entró con su libreta, lista para tomar nota.
—¿En qué puedo ayudarlo, señor Cross?
Lex le dedica una mirada calculadora.
—Llama a la casa y dile a Fiona, mi Mucama, que prepare algo para mí. Que sea algo sencillo pero delicioso, y que lo traiga aquí en veinte minutos. James mi chofer que se quedó hoy en la casa puede traerla.
Isla levanta una ceja, sorprendida.
—¿No desea nada en específico para comer?
—No. Dejemos que ella decida.
—¿Se refiere a Fiona?
Lex asintió con un toque de impaciencia.
—Sí, esa misma. No importa lo que prepare, pero asegúrate de que sea comestible. Y dile que sea puntual.
Isla, acostumbrada a los caprichos de su jefe, salió del despacho sin más preguntas. Marcó rápidamente el número de la casa de Lex, donde Fiona atendió al segundo tono.
—Buenos días, ¿hablo con Fiona? —pregunta Isla, de una forma profesional.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle? —responde Fiona, con un tono educado.
—Hola, Fiona. Soy Isla. El señor Cross necesita que prepare algo para almorzar. James la va a esperar fuera de la mansión en veinte minutos, y usted debe venir para entregárselo personalmente en el piso 45 de la torre Cross.
Fiona parpadeó al otro lado de la línea. ¿Llevarle comida a su jefe? ¿A la oficina? Era una tarea inesperada, pero aceptó sin dudar, sospecha que ya empezarían los problemas si no obedece.
—Entendido, lo tendré listo. ¿Pidió algo en especifico?
—No. Lo dejó a su elección. Su único deseo es que sea comestible y no sea pesado.
Isla colgó y regresó a la oficina de Lex.
—Todo listo, señor. Fiona llegará con su almuerzo.
Lex sonrió con suficiencia, sintiendo que tenía el control nuevamente. Si no llegaba a tiempo o no le agradaba lo que preparará, tendrá una excusa para hecharla.
—Perfecto. Quiero ver cómo maneja esto.
En la cocina de la casa Cross, Fiona se puso manos a la obra. Sabía que el tiempo era limitado, y no podía darse el lujo de llegar tarde.
"Sencillo pero delicioso," recordó las palabras de Isla. Decidió preparar sushi saludable, según su nutricionista y entrenador personal a Lex le encanta el sushi y es algo ligero que preparado adecuadamente aporta energía y sasia el hambre, además de ser algo que sabía hacer bien, y sumado era uno de los platillos favoritos de Lex, según las notas de la cocina que había revisado.
Cortó el pescado fresco con precisión, enrolló el arroz con algas y colocó cada pieza con cuidado en un recipiente elegante. Preparó un batido de frutas frescas para acompañar, buscando que la presentación fuera impecable. Cuando James tocó el claxon frente a la puerta, Fiona ya estaba lista, aunque jadeando por el esfuerzo. Se quitó el mandil y salió corriendo. Solo tenía 15 minutos para llegar.
—¡Justo a tiempo! —exclamó James, abriendo la puerta del auto.
Fiona subió rápidamente, sujetando la caja con ambas manos como si fuera un tesoro.
—Gracias por venir enseguida.
James sonrió, mirando por el retrovisor mientras arrancaba.
—El señor Lex es muy exigente, te deseo suerte. El señor Cross no es fácil de complacer.
Fiona soltó un suspiro. Lo sabía muy bien, pero no iba a dejar que eso la intimidara.
Cuando llegaron a la torre Cross, James le indicó la entrada principal y le deseó buena suerte. Fiona miró el imponente edificio y tragó saliva. El piso 45. No suena complicado, ¿verdad?
Subió al ascensor, sujetando la caja con firmeza. Pero cuando las puertas se abrieron, no estaba segura de hacia dónde ir. Todo parecía un laberinto de oficinas impecables y personas apresuradas. Al no encontrar señales claras, decidió preguntar a la primera persona que vio: un hombre alto, de cabello rubio oscuro, ojos marrones y una sonrisa amable.
—Disculpe, ¿puede ayudarme? Estoy buscando la oficina del Ceo Cross —dijo Fiona, tratando de sonar confiada.
El hombre, que resultó ser Eliot, un ingeniero de la compañía, sonrió ampliamente.
—Claro, yo te llevo. Casualmente iba para alla. Está en una reunion. Este lugar puede ser confuso si no lo conoces.
Fiona agradeció con una ligera inclinación de cabeza, siguiéndolo mientras él hacía comentarios casuales para relajarla.
—¿Eres la mucama nueva? —pregunta Eliot, echando un vistazo a la caja que llevaba.
—Algo así —responde Fiona, sin entrar en detalles.
Finalmente, llegaron a la oficina de Lex. Eliot le sostuvo la puerta con una mano en su cintura, guiándola con cortesía.
Lex levanta la mirada cuando la puerta se abrió, y su humor se torció al instante al ver a Eliot acompañando a Fiona. Pero lo que realmente lo hizo hervir fue la mano de Eliot en la cintura de su mucama.