Lex no había pegado un ojo en toda la noche.
Su mente lo había traicionado una y otra vez, girando alrededor de ella: sus movimientos, la maldita toalla tan pequeña sobre su cuerpo, se imaginó el agua cayendo por su piel, sus ojos desafiantes, ese poder intangible que tenía sobre la atmósfera a su alrededor. No podía sacarla de su cabeza, no importaba cuántos vasos de whisky vacíos tuviera a su lado.
Se giró en la cama, una y otra vez, con las sábanas enredándose alrededor de su cuerpo. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, ahí estaba ella, frente a él, con ese rostro tan sereno y desafiante que parecía estar burlándose de él incluso cuando no lo hacía.
—¿Por qué me tiene así? Estúpida mucama—murmura para sí mismo, golpeando la almohada con frustración—. Maldita sea... se veía tan malditamente linda enojada. ¿Que demonios estoy pensando?
Se levantó de un salto, sintiendo el peso de sus pensamientos, y se preparó para enfrentar la mañana. A pesar de que su cabeza seguía dando vueltas, sabía que necesitaba poner las cosas claras con su padre y despedir a esa pequeña revoltosa. Así fue como, poco después de las seis, se encontró caminando hacia la casa principal para ver a su padre.
La casa de su padre era una construcción enorme, con una elegancia que a Lex siempre le resultó algo distante, algo frío, pero funcional. Estaba justo al otro lado del amplio jardín. Lex nunca había sido el tipo de persona que buscara contacto constante con su padre desde la muerte de su madre, pero sentía que, en ese momento, necesitaba respuestas.
Cuando llegó a la puerta principal, la abrió con su propia llave. Todo estaba silencioso, solo el sonido de los pájaros y el crujir de la madera bajo sus pies. Se dirigió directo hacia la oficina, con el propósito de encontrar a su padre. Sin embargo, al llegar, se sorprendió al ver que la casa seguía prácticamente en silencio. La servidumbre aún no se despertaba.
—¿Mi padre estará dormido aún? Cosa rara ¿Estará enfermo?—se pregunta en voz alta, mirando alrededor.
Se dirigió hacia su habitación con el ceño fruncido y lo vio. Su padre estaba ahí, sentado en uno de los sillones de cuero, con las pantuflas puestas y una taza de café en la mano. El hombre tenía el cabello canoso despeinado, un semblante relajado y ese aire de poder tan característico que había heredado de él.
Lo curioso fue que su padre estaba somnoliento. Estaba sumido en una especie de meditación tranquila, como si el mundo pudiera girar y no importarle. Lex lo observó por un momento y sintió un impulso extraño: un pequeño deseo de abrazarlo.
—Padre... buenos días—lo llamó, con su voz saliendo con un tono grave—. ¿Te estás levantando ahora?
Su padre se gira sorprendido, como si no lo esperara. Sus ojos, siempre brillantes y observadores, se posaron en Lex por un momento antes de que esbozara una sonrisa ligera.
—Ah, Lex, buenos dias —dijo con un tono suave—. ¿Que te trae por aquí, hijo mio?.
Lex sintió una mezcla de enojo y nerviosismo, como si su padre pudiera leerle la mente.
—No puedo dormir, padre —responde, tratando de mantener la calma—. No puedo quitarme de la cabeza algo... alguien.
Su padre inclina la cabeza, como si estuviera analizando sus palabras.
—¿A qué te refieres? ¿Será por culpa de... la chica nueva?
Lex se quedó helado por un momento, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Su padre había acertado. No podía ser coincidencia.
—Sí —admite finalmente, con los músculos tensos—. Es Fiona.
Su padre dejó escapar una risa suave, ver que su hijo recordara el nombre de un sirviente ya le daba risa, era algo nuevo, siempre se dirigió a ellos como esa o ese, con ese mismo aire calculador que lo caracterizaba. No era una risa burlona, sino algo parecido a una aprobación tranquila, como si estuviera disfrutando de lo que veía.
—Ah, ya veo... —dijo, inclinando la taza hacia su boca—. Así que ella te ha sacado de tu zona de confort, y por eso vienes...pensé que me extrañaba y por eso viniste, pero no es el caso ¿eh?
Lex frunció el ceño, sintiéndose aún más frustrado por la tranquilidad de su padre.
—No tiene sentido, padre. Nunca me había sentido así por nadie... es una busca pleitos—se quejó, mientras se acerca y se sienta al borde de la cama—. Y ahora no puedo dejar de pensar en ella. Es una problemática, no la quiero.
Su padre lo mira por un momento, ajustándose las gafas, y luego sonríe de nuevo, casi con una malicia leve pero reconocible.
—Ah, hijo... —murmura—. A veces, el poder tiene ese efecto en nosotros. Fiona es interesante, ¿no es cierto? Imagino que no esperabas que una mujer así pudiera desestabilizarte...
Lex lo mira, sintiendo ese nudo en el estómago nuevamente.
—¿De qué estás hablando? —pregunta con el ceño aún más fruncido.
Su padre dejó escapar una risa nuevamente, esta vez más sonora, y se reclina en el sillón.
—Desearía que pudieras entender lo que ella representa para ti, Lex. La desestabilidad que te produce no es un error, hijo. Es una oportunidad... algo que te aleja de tus límites. Ella tiene un poder, y yo le otorgué ese poder. A veces, me alegra ver que algo saca a mi hijo de su zona de confort. Solo relájate un poco y deja de ser tan ogro.
Lex no pudo evitar sentir una mezcla de ira y confusión.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué le diste poder a ella?
Su padre lo mira de nuevo, con ese tono de inteligencia y seguridad que lo caracterizaba.
—Porque el poder es una herramienta, Lex. Y Fiona es un experimento. Algo que te ayudará a cuestionarte, a reflexionar... a expandir tus límites. Tienes años desde la muerte de tu madre metido en ese cascarón de hierro y esa casa. Si un día parto de esta tierra me gustaría ver algo más que un hijo sumido en trabajo.
Lex quedó en silencio, tratando de asimilar todo eso.
—¿Me estás diciendo que ella tiene ese poder porque tú se lo diste? ¿Que esperas que haga? Porque yo estoy más que feliz como estoy.
Su padre lo mira con una sonrisa que lo decía todo.
—No puedes controlar todo en tu vida, Lex. A veces, es mejor ser vulnerable, aunque duela. Fiona te ha permitido ver eso. Es una chica que lucha por lo que quiere sin perder de vista a su familia.
Lex no pudo evitar soltar una risa irónica.
—Y eso es justo lo que me mantiene despierto. No la soporto.
Su padre lo observa por un momento, como si estuviera disfrutando ese pequeño enfrentamiento.
—Relájate, Lex. A veces, perder el control es exactamente lo que necesitas para encontrar respuestas. No lo tomes personalmente.
Lex no podía quitarse la imagen de la noche anterior de la cabeza. El niño, el ruido, la toalla, el desafío. Todo seguía girando en su mente como una espiral que no lograba detener. Se sentía agotado, pero a la vez con un ardor inexplicable, como si tuviera que enfrentar lo que lo perturbaba de una vez por todas.
—Tengo muchas quejas de ella.
—Estoy escuchándote, Lex. Dime.
Lex respira hondo y se siente vulnerable de inmediato.
—Desde que llegué a casa todo ha sido un caos. El ruido, el niño, la presencia de Fiona... todo. Anoche ocurrió algo... Vi a ese niño, Mateo. Estaba fuera de su cuarto. Y ahí estaba Fiona, saliendo de su baño, en una toalla. No la vi venir, padre... —hizo una pausa, sintiendo cómo el peso de sus palabras lo aplastaba.
—Pareció que andaba en su casa. Le dije que no podía desafiarme así. Pero me respondió con una claridad... tan hiriente. Me dijo que yo no podía despedirla, que no podía sacarla de aquí.
Al pronunciar esas palabras, Lex sintió cómo su pecho se apretaba.
Su padre lo miró con los ojos fijos, como si evaluara la situación con cada palabra.
—¿Y qué pasó después de eso? —pregunta su padre con calma.
Lex sacudió la cabeza con frustración.
—Se atrevió a desafiarme. Se rió de mí, padre. Me sentí sin control, impotente. Esto no es algo que pueda simplemente dejar pasar.
—Eso suena complicado —responde su padre.
—¡Estoy en mi casa y soy molestado! Yo tengo todo el derecho de tomar mis propias decisiones, de establecer mis propios límites, pero ella viene aquí y me desafía, como si estuviera por encima de todo... como si fuera la señora.
Su padre lo mira con atención.
—Lex, hijo... No todo es cuestión de simple autoridad o control. Si estás encontrando resistencia en ella, es porque quizás hay más de lo que ves aquí. Ella necesita el trabajo y tú necesitas cambiar de aires y alguien que te haga entender que no todo es trabajo.
—No la quiero. No puedo entenderlo, pero siento que está jugando conmigo, que me está poniendo a prueba. Su hijo se la pasa haciendo ruido.
—No es su hijo, es su hermano. Son huérfanos. Pero a todo eso si viniste para que la saqué de la casa estás equivocado. No pienso hacerlo ni faltar a mi palabra. Ella es buena en lo que hace.
—¿Su hijo?