Un Ceo bajo presión y su mucama rebelde.

1331 Palabras
—¡Basta! —grita, la voz rompiendo en el aire—. No tienes por qué hablarme así. Así que deje de molestarme. Lex se queda un momento mirando su reacción, disfrutando de la incomodidad que había generado en ella. Su sonrisa se amplía ligeramente. —Te repito, estás despedida —dijo de repente, con un tono tan seco que la tomó completamente por sorpresa. Fiona abrió los ojos como platos. —¿Qué dijiste? —pregunta, casi sin poder creer lo que escuchaba. —Te dije que estás despedida —reiteró, con un tono aún más frío—. No puedes entrar en mi casa y empezar a crear situaciones como esta. Si no puedes manejar ni a tu hermanito, ¿qué estás haciendo aquí? Recoge tus cosas y lárgate. Fiona sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. No podía ser real. —¡No tienes ese poder! —responde, con el enojo surgiendo de su pecho—. El único que puede despedirme es su padre. Él fue quien me contrató. Lex arquea una ceja, un gesto tan calmado que le hizo hervir la sangre nuevamente. —¿Ah, sí? —pregunta, con un tono desafiante—. Pues creo que tendrías que repasar las reglas, porque aquí el poder lo tengo yo. Fiona sintió cómo el odio empezaba a acumularse en cada una de sus palabras. No podía dejar que se saliera con la suya. Se acercó unos cuantos pasos más a Lex, sintiendo cómo la situación se le salía de control, no quiere perder el tiempo con más discusiones pero él no coopera. Lex estaba completamente fuera de sí, pero eso no significaba que iba a quedarse callada. —Debe ser más considerado nunca conocí a alguien tan prepotente como usted. Fiona debe planear su próxima jugada, pero la furia de Lex ya había tomado otro camino. Él se dirigió directamente hacia su baño luego de servir wisky en una copa, con su expresión de siempre: pura determinación. —Date por perdida porque yo nunca pierdo. El sonido de un vaso siendo llenado con whisky es lo primero que se escucha en el baño porque Lex se llevó la botella con todo, al baño. se quitó los pantalones y la ropa interior pensando que Fiona saldría corriendo pero ella se quedó allí. El puso la botella en la encimera del baño luego de darse otro trago y se metió a la ducha. —No se trata de quién pierda o gane, esto no es un juego para mí. Lex abrió la regadera, mientras observaba el color rosado de las mejillas de Fiona al reflejarse bajo la luz cálida de la lámpara de su habitación. La atmósfera estaba en un punto álgido, y ambos sabían que no terminaría ahí. Lex no podía dejar de sentir como esa maldita toalla ajustaba en su cuerpo lo excita. Estaba ahí, justo frente a él, con su toalla ajustándose de una manera que lo vuelve loco de inmediato. El salió minutos despues. El agua de la ducha seguía escurriéndole por la piel, el vapor rodeaba el aire como un perfume de frescura. Sus pies descalzos tocaban el suelo de madera con un sonido suave, casi como una melodía inadvertida. Cuando se puso una toalla y salió a la habitación ella seguía de pie, no pudo evitar mirarla, no importaba cuánto intentara ser profesional, distante, frío. No era solo su figura o la forma en la que el agua la hacía brillar con un destello plateado. Era ella. Su postura, su actitud desafiante, la forma en la que parecía completamente segura de sí misma, como si el mundo le perteneciera. —¿Por qué nunca conocí a una mujer como tú? —se preguntó en voz baja, apenas audible. El pensamiento lo golpeó de inmediato, una mezcla de confusión y algo que no quería admitir. No había ninguna lógica en ella, ninguna debilidad de las que Lex estaba acostumbrado a ver. Todas las mujeres con las que se había cruzado, las que había conocido en fiestas, en reuniones, en cenas de negocios, tenían algo en común: inseguridad, dependencia, miedo a desafiarlo. Pero ella no. Fiona era diferente. No era de esas chicas que se desmoronaban a la primera. No tenía lágrimas fáciles. Y eso lo confundía. Lo que él no podía entender era por qué seguía aferrándose a ese maldito empleo, por qué no se había rendido como la mayoría de las mujeres que había conocido en su vida. Se quedó observándola, con una mezcla de enojo y algo más que no podía identificar. Ella aun con el agua cayendo por su espalda, sus hombros bien erguidos, su mirada firme y decidida, tenía una presencia que lo volvía loco. Lex sintió un malestar en el estómago, un impulso de enojo que no sabía cómo explicar. —«¿De dónde sacó mi padre a esta mucama? —pensó, con el ceño fruncido, mientras la miraba sin quitarle la vista—. ¿De qué lugar salió para tener esta personalidad tan aferrada, tan decidida?» Su padre había estado buscando a alguien que pudiera cuidar la casa, organizar todo, ayudar con la rutina. Había sido una decisión consciente, calculada, tomada con una inteligencia que Lex nunca había entendido del todo. Y ahora ahí estaba ella, frente a él, con esa cara desafiante, como si tuviera el poder de retar todo lo que Lex era, todo lo que había construido. Desde el principio, Lex había sentido que ella tenía una especie de poder sobre el ambiente, como si tuviera acceso a algo que él nunca podría controlar. Y ahora, aquí estaba, frente a él, con el vapor de la ducha todavía rodeándola. El salió con el vaso de wisky lleno en la mano. Lex apretó el vaso de whisky con más fuerza. —Fue mi padre quien la trajo... —se dijo para sí, con un gruñido—. No debería tener que lidiar con esto... Pero aquí estaba. Estaba a punto de estallar, sintiendo cómo la visión de ella le causaba un malestar inexplicable. No podía dejar de observar su figura, su confianza, su independencia. La pregunta le volvió a surgir: «¿Porque no se fue? ¿Por qué sigue aquí?» Su padre encontró a Fiona, una mujer que no se sometía, una mujer fuerte, que no tenía miedo de enfrentar lo desconocido. Eso le otorgó seguridad a la casa, por supuesto, pero también un ambiente tenso, extraño. Fiona no era una sirvienta común, y Lex no podía ignorar lo incómodo que era tenerla cerca. La odiaba. Sí. Pero no porque fuera mala en su trabajo o porque estuviera aquí para arruinar su vida. La odiaba porque representaba algo que Lex no podía controlar, algo que lo hacía cuestionarse. Sus ojos siguieron su movimiento mientras se preparaba para buscar algo que ponerse. Lex sintió que algo dentro de sí se retorcía, un sentimiento de envidia y furia que no tenía nombre. —Siempre segura... siempre desafiante... —dijo nuevamente, sin darse cuenta—. ¿Por qué estás aquí, Fiona? —Yo necesito el trabajo y no pienso renunciar, ya se lo dije. Con un último sorbo de whisky, Lex dejo el vaso a un lado. Sabía que no podía quedarse así, que debía calmarse, pero sus pensamientos lo tenían atrapado. Se sentía como un hombre que había perdido el control de algo que nunca fue suyo. Se miró en el espejo, tratando de recomponerse, y la visión de su reflejo lo devolvió a la realidad. Él había construido todo, todo en su vida, con esfuerzo, con disciplina, con una mente estratégica. Sin embargo, ahí estaba ella, con ese poder tan sutil pero tan presente: el poder de desafiarlo con solo existir. La tensión era insoportable. Y aunque intentó ignorar ese sentimiento. —Eso lo veremos. Si ya terminaste o aunque te falte algo por decir lo hablamos luego. Voy a vestirme a menos que quieras verme completamente desnudo.
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