Ruido en la hermosa casa.

2181 Palabras
Consciente de que no podía perder tiempo, Fiona decidió comenzar con algunos acercamientos el día siguiente. Se preparó un café, se vistió de manera profesional y ajustó su cabello antes de salir de su habitación para explorar la mansión principal e intentar conocer a las personas que estaban en su lista, para tratar de hacer su trabajo mejor. Se dirigió primero hacia la cocina, donde había visto al chef principal en el itinerario de trabajo y del que había escuchado hablar de manera informal. El olor de pan recién horneado y café la recibió en cuanto cruzó la puerta de la enorme y elegante cocina. Allí, un hombre de cabello oscuro, con una sonrisa amplia y una actitud cordial, estaba ocupado frente a los fogones. Era Austin Hale, el chef principal. —¡Hola! Disculpe, soy Fiona Moreno. Acabo de llegar a la mansión para trabajar para el joven Lex. Espero no ser una molestia. —Se inclinó ligeramente para no interrumpir su trabajo. Austin la miró por unos segundos y dejó el batidor de lado, sonriendo de vuelta. —¡Oh! No eres una molestia en absoluto! Bienvenida. Estoy seguro de que te irás acostumbrando rápidamente a todo esto. Si necesitas información sobre los menús o cualquier cosa relacionada con el horario de comidas de Lex, no dudes en consultarme. Fiona sonrió y se sintió un poco menos intimidada. —¡Muchas gracias! Me alegra saberlo. De hecho me gustaría preguntarte los ingredientes y la coccion de la comida que le preparas al joven Ceo. El dio detalle de todo lo que comía Lex y Fiona escribió nota de todo. —Estaré pendiente de todo. Con esa primera interacción positiva, continuó con su recorrido hacia el gimnasio donde, según sus notas, se encontraba el entrenador personal de Lex, Riley Brooks. Riley era una figura imponente y atlética, con una presencia que dejaba claro que tenía control sobre su entorno. Al acercarse, Fiona sintió un poco de nervios, pero respiró profundo y se presentó de la misma manera que lo había hecho con Austin. —¡Hola, disculpa si te interrumpo! Soy Fiona Moreno. Estoy aquí para trabajar con Lex y quería conocerte para saber un poco más sobre su rutina física y horarios. Espero no ser una molestia. Riley dejó su botella de agua sobre una mesa y la miró con una sonrisa confiada. —¡Claro! No eres ninguna molestia. Si tienes preguntas sobre el entrenamiento de Lex o su rutina diaria, puedes preguntarme cualquier cosa. Estoy aquí para ayudar. El llegará en una hora por eso estoy aquí. Fiona sintió que estaba logrando establecer pequeñas conexiones. Cada interacción le brindaba una mejor idea de cómo funcionaba la rutina de la mansión y cómo podía posicionarse a sí misma como una trabajadora valiosa para Lex y su entorno. Con cada conversación con los empleados, Fiona sintió que tenía más piezas en el rompecabezas. No permitiría que sus nervios se convirtieran en un obstáculo. Estaba aquí por su hermano y por sí misma. No solo trabajaría para mantener ese trabajo, sino para crear un futuro estable para su familia. Anotó en su agenda: Objetivo: Convertirme en la pieza clave en la rutina de Lex, estableciendo buenas relaciones con todos los empleados, conociendo sus hábitos y ganándome su confianza. Con cada paso, estaba decidida a cumplir su misión. Este sería el inicio de un camino lleno de desafíos, pero Fiona estaba lista para enfrentarlos. Fiona concluyo su lista de visitas a los empleados asignados y luego se fue a la casa para terminar con sus quehaceres. El cielo ya había comenzado a oscurecer, el crepúsculo pintaba de tonos dorados y anaranjados los altos árboles que se extendían alrededor de las propiedades. Lex había llegado a su casa justo después de una jornada agotadora en la oficina, donde las decisiones importantes y los gritos de inversión se entremezclaban con reuniones imprevistas y análisis de mercado. Ahora, finalmente, se sentía en su espacio, un espacio suyo, tomo una ducha rápida y se fue a entrenar. Luego de una hora regresó a su casa. La casa en la que vivía estaba a un lado, separada de la enorme mansión principal. No era una separación por distancia, pero sí por costumbre. Lex prefería mantener su espacio lo más apartado posible del ajetreo diario de la casa donde vive su padre. La mansión principal era el centro de todo el personal, el ir y venir de empleados, sirvientes, reuniones y eventos. Lex, en cambio, había optado por una pequeña residencia contigua, un lugar donde el ruido nunca lo alcanzaría y donde podía apagar su teléfono móvil y sumirse en el silencio. El sonido de sus propios pasos resonaba mientras atravesaba el jardín privado de su casa. Cerró la puerta detrás de sí, el crujir de la madera dándole ese pequeño alivio de estar en su refugio. De inmediato, se dirigió hacia la sala de estar de su casa, quitándose la sudadera y soltando en la mesa la botella de agua, luego se fue a su despacho. Estaba solo, con excepción de la mucama, lo que era perfecto. No necesitaba a nadie, ni llamadas, ni correos. Se sentó en el sillón de cuero n***o, respirando profundo y sintiendo cómo la tensión de su día se disipaba un poco. Pero no era suficiente. El peso de las decisiones seguía ahí, constante. De pronto, un ruido lo sacó de sus pensamientos. El Frunció el ceño. Era un sonido como de alguien jugando con una pelota. —¿Qué es eso? —murmura para sí mismo, apoyando la cabeza en la palma de su mano. Era un sonido leve, pero inconfundible. Estaba seguro de que no era el viento. Se levanta con un impulso, con la incomodidad en su pecho creciendo como una espina clavada. Observa el despacho con una expresión severa, pero el sonido proviene del segundo piso. Pensó que la sirvienta estaba haciendo ese ruido. Se dirige hacia la puerta de esa habitación. Pero al abrir la puerta de su despacho, allí, de pie en el umbral de la entrada, un pequeño niño rubio lo miraba con curiosidad, una expresión inocente y despreocupada pintando su rostro. Lex no pudo evitar que una punzada de incomodidad lo recorriera de inmediato. —¿Qué diablos?¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste niño?—pregunta en un tono seco y controlado, mirando con los ojos entrecerrados al extraño frente a él. El pequeño no titubea. —Hola, soy Mateo —responde con una sonrisa amigable, completamente despreocupado. Lex se queda paralizado por un momento, sintiendo cómo todo a su alrededor se volvía una mezcla de confusión y enojo. —¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás en mi casa? —pregunta con una firmeza imponente. El niño lo mira sin miedo, con el aire natural de los pequeños que tienen cero preocupaciones. —Estaba en la habitación de… Fiona. Estaba jugando y escuché la puerta cuando la abriste—responde, casi cantando las palabras. Lex se queda mirando, con la mandíbula tensa. Todo tenía sentido en una parte de su mente, pero no le gustaba nada la idea de sorpresas inesperadas. No era común para él que alguien entrara en su espacio privado, especialmente un niño, sin previo aviso. Se sintió invadido. ¿Cómo es que la sirvienta esa, ocultó que tenía a un hijo? —¡Ven aquí! —ordena, sin darle espacio a más explicaciones. Mateo titubea, pero se acerca de inmediato. Lex lo toma de la mano y lo condujo hacia las escaleras con firmeza, ese tipo de firmeza que hacía que cualquier discusión se desvaneciera automáticamente. —¡Fiona! —grita hacia la otra entrada de la habitación, con su voz potente y cortante—. ¡Quiero respuestas ahora! La puerta de la habitación se abre unos segundos después, y aparece Fiona, con una toalla alrededor de su cuerpo y el cabello mojado aún de su ducha. Salió apresurada pensando que el mundo se estaba acabando o que algo Mateo había roto. Se queda mirándolo con los ojos muy abiertos, claramente sorprendida por su presencia en el umbral de la puerta con el niño rubio de la mano. —¿Qué pasa? —pregunta, con una mezcla de desconcierto y enojo. Lex la mira con furia. —¿Por qué este mocoso está aquí? ¿Por qué salió de tu habitación y terminó en mi despacho? ¿Qué tipo de sorpresas estás planeando? ¿Porque ocultaste que tienes un hijo? —pregunta, con sus palabras rápidas y con un tono de acusación. Fiona se quedó estática. —¡Es mi hermano! —responde, con la voz más firme que pudo—. ¡Mateo no es ningun mocoso! Estaba en mi habitación, pero no tiene nada que ver contigo. Lex la mira con desconfianza. —¡Estaba en tu habitación! ¿Por qué tu hermano pequeño sale así, a la deriva, a estas horas? ¿Qué clase de control tienes sobre tu propia familia? ¿No tienes a nadie que lo cuide mientras trabajas en esta casa para mí?—pregunta, como una serpiente venenosa. Fiona sintió cómo la tensión aumentaba. El miedo comenzó a surgir en su pecho. —¡Escucha! —exclama, con su voz quebrándose—. No estoy planeando nada, joven Lex. Mateo no es una amenaza. No tienes que actuar como si fueras el dueño de todo el mundo. Mi hermano no ha roto nada ni lo está molestando . Lex exhala hondo, retirándose de la escena y colocando sus manos en los bolsillos de su pantalón deportivo, observándola con una mezcla de desconfianza y enojo. —Estaré vigilando, Fiona. No me gustan las sorpresas, esto no es un maldito jardín de niños —murmura, sin agregar nada más. Se gira hacia Mateo, quien todavía miraba con inocencia y algo de nerviosismo. —Lárgate de mi vista. No te alejes sin tu "hermana" porque se me largan de aquí—ordena, con un tono de mando. Mateo asintió tímidamente. —Los quiero fuera de mi casa mañana temprano, buscaré una sirvienta que no tenga a alguien más a quien atender. —¡¿Que?! ¡No lo permitiré! —¡Tú no eres nadie! Lex caminó hasta su habitación y cerró la puerta con un gesto seco, y el sonido de su respiración llenó el espacio. Se sentó en el borde de su cama, con la mente dando vueltas. Estaba seguro de que había algo más detrás de eso. Piensa hablar con su padre para que la despida. No quiere nada que ver con una sirvienta y su pequeño hermanito revoltoso. Fiona no pudo evitar seguirlo. Estaba nerviosa, y no le gustaba ese tono en su voz. Lex había estado imponente toda la semana, y ahora su presencia parecía una tormenta a punto de estallar. Con una toalla ajustada alrededor de su cuerpo, salió de su habitación rápidamente y se dirigió hacia el espacio que él había cerrado tras sí. —¡Lex! —dijo, con la voz firme, tratando de mantener la calma mientras abre la puerta sin permiso—. Para la próxima, podrías preguntar antes de salir acusando. Mateo es pequeño, se está adaptando, ¿entiendes eso? Hablaré con el para que no salga de mi habitación cuando estés en la casa. Lex se giró hacia ella justo cuando se preparaba para entrar a la ducha, sus ojos grises como acero, fríos e implacables. —¿Adaptando? —responde, con una voz que era todo hielo—. Estaba en mi casa, en mi espacio privado. Y no me digas que es un accidente o una coincidencia. Porque no lo es. Nunca lo mencionaste... que yo recuerde. Fiona sintió cómo la tensión le oprimía el pecho, pero no estaba dispuesta a ceder. —¡Escucha! Voy a hablar con él para asegurarme de que no salga más de su habitación. No tiene nada que ver contigo. No tienes por qué tratarlo así —dijo, con el corazón acelerado. Pero Lex no la escucha. Se acerca a ella con esa presencia que la hacía sentir pequeña, que la obligaba a dar un paso atrás. —Ah, ¿sí? —dijo, burlándose, con una sonrisa que no era para nada amigable—. ¿Y qué vas a hacer, Fiona? ¿Vas a entrenar a tu hermanito para que no me interrumpa otra vez? Me parece patético. Sabrán los cielos estás mintiendo sobre ser su hermana. Fiona sintió cómo el aire se le cortaba. —¡No tienes derecho! —exclama, con el ceño fruncido—. Mateo no tiene nada que ver con esto y no miento. Pero Lex ya la había mirado de arriba abajo con una sonrisa irónica, esa que le hacía hervir la sangre. —Vaya, vaya… ¿y esa toalla tan ajustada, eh? Qué interesante. Se nota que tienes un problema con el pudor. Mira que salir de la ducha así… —se burló, con el sarcasmo como una daga afilada. Fiona sintió cómo el color le subía a las mejillas, quemándola.
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