Cordelia como casi siempre lo hacía, a menos que tuviera que asistir un evento de gala, prescindió de su doncella Hester para vestirse, se puso su traje de montar de terciopelo rojo oscuro, el único traje de gala que poseía el cual cuidaba y apreciaba por ser un regalo de su padre, en el tiempo que deseaba que se convirtiera en una excelente jinete como su hermana, pero a diferencia de Emma que practicaba la equitación como requisito social, ella disfrutaba la sensación del aire en la cara, la libertad de correr a toda prisa.
Muy pocas veces practicaba la equitación, solo lo hacia cuando sentía frustración, ganas de salir huyendo, como ahora cuando su madre la obligaba asistir a una cena para compartir con personas que perturbaban su paz, su rutina de todos los días, en su mundo donde todo era perfecto, sin preocupaciones.
Casi sin mirarse al espejo se colocó el sombrero de copa con lazo de gasa anudado bajo el cuello, tomo sus guantes, su fuete y se apresuró a bajar por la escalera de servicio para no encontrarse con sus padre, si eso sucedida probablemente insistiría en acompañarla, porque no le agradaba que saliera a cabalgar sola.
Pero en cuanto llego a la caballería, insistió que le ensillaran un caballo y rehusó a la acompañara un palafrenero.
—No se preocupe, solo iré hasta el parque a hacer un poco de ejercicio— en cuanto salió de la caballeriza, se dirigió hacia el parque a todo galope, lo cual hizo que el color brotara en sus mejillas y el cabello cayera desordenado sobre sus hombros, dirigió su caballo hacia un grupo de árboles ubicados en el centro de la propiedad de su padre.
Desmonto el caballo y lo ato a un árbol, se quitó el sombrero, se acostó en el césped, con las manos detrás de la nuca se quedó mirando el cielo gris pensativa.
“¿Por qué siempre le pasaba lo mismo? ¿Por qué no simplemente aceptar lo que se esperaba de ella? Era una lucha interna de sentimientos, que iban de siempre querer estar sola, por la sensación de no pertenecer, de no sentir arraigo por lo que la rodeaba, inconformidad o quizás... ¿Que algo le faltaba? ¡Qué tontería, lo tenía todo! El amor de sus padres, la servidumbre que a pesar de su madre los consideraba sus amigos, junto con su hermana eran las herederas de una cuantiosa fortuna personal, dinero que su hermana disfrutaba al máximo, pero ella solo usaba en época de navidad”.
Cordelia cerró los ojos, suspirando profundamente siguió cuestionándose.
“¿Entonces porque este vacío, que andaba buscando?, solo se sentía tranquila y feliz en el patio de su casa, donde sentía que el tiempo no avanzaba, pero donde lo que más temía era que su madre algún su día vendría anunciarle que como su hermana tendría que casarse.
Su hermana era casi perfecta, era el orgullo de sus padres, la que algún día se casaría en un matrimonio arreglado, aumentando el prestigio y la fortuna de la familia, creía que Emma estaba conforme con ese destino, porque cada vez que la criticaba le decía lo preparada que estaba para casarse algún día.
¡Oh, su pobre hermana Emma! Que siempre aparentaba que todo estaba bien, la había visto llorar en silencio a escondidas por los rincones de la casa, cuando creía que nadie la veía… Jasper Hudson, ¡Cielos la mataría si se enteraba que leyó su diario!, pero no lo hizo por entrometida, necesitaba saber porque era tan infeliz, y aunque adoraba a Emma nunca había sido tan cercanas.
Incluso había supuesto, a pesar de sus verdaderos sentimientos que aceptaría, al viejo y aburrido amigo de su padre, pero desde que su haya Thina le había informado la propuesta de matrimonio hecha a su hermana había notado el ligero cambio en su comportamiento apenas perceptible para los demás, pero no para ella”.
Con los dos años de diferencia de edad que la separaban en su tierna infancia habían sido muy unidas, Emmy era su heroína, la que seguía todos lados jugando en el patio, su actividad favorita la de colocarle nombre a las muñecas y las hormigas, hasta el día que Emma cumplió ochos años su madre vino avisarle que recibiría sus primeras clases de equitación, piano y etiqueta con todo aquello que la llevaría algún día a ser presentada en un evento de gala como una hermosa señorita de sociedad.
Cordelia a pesar de solo tener seis años recordaba como su madre le había ordenado a Emmy que por ser una niña grande le regalara a su hermanita menor a “Charlotte”, su muñeca preferida que sostenía en sus manos, que de ahora en adelante las muñecas solo adornarían su habitación, Emmy dudando con su voz infantil le dijo.
—Cordy te regalo a Charlotte.
—Yo te la cuido—con complicidad le dijo con voz bajita.
Emmy sonrió, su madre se acercó la tomo de la mano sacándola del patio, justo antes de entrar su hermana volvió a mirarla, le sonrió y desapareció por la puerta, desde ese día durante mucho tiempo jugaron a escondidas todas las noches, hasta que un día Cordelia entró en su cuarto y encima de la cama encontró a Charlotte con una nota de Emma que decía:
Querida Cordy:
Te regalo a Charllote, porque ya soy una niña grande, cuídala.
Con cariño Emma”
Luego de esa nota, su relación nunca fue la misma, su hermana se convirtió en una distinguida señorita de sociedad perfecta de los pies a la cabeza, su amada heroína Emmy había desaparecido, su madre se la había arrebatado.
Así que cuando Cordelia cumplió diez años y su madre se apareció con el mismo discurso sobre dejar las muñecas para recibir lecciones y convertirse en una hermosa señorita de sociedad, solo encontró resistencia, aunque ella disfrutaba de la lectura, la escritura, el francés, la costura y el piano, hizo todo lo posible por convertirse en una mala copia de su hermana.
El solo pensar que algún día tendría que dejar a su familia, su hogar, le aterraba, quizás por eso le causaba tanto dolores de cabeza a su madre, tratando de evitar lo inevitable.
Cordelia aun acostada en la grama, al sentir las pequeñas gotas de lluvia en el rostro abrió los ojos, era hora de regresar.
***
— ¡Cordelia, me tenías tan preocupada! ¡Es muy tarde ya! —grito Eloise Campbell mirándola con horror.
Su hija se veía muy desaliñada, tenía el traje manchado de lodo, casi todo el cabello fuera de su sombrero y venia empapada.
Cordelia vio la expresión de su madre y se echó a reír.
—Vengo un poco mojada, y me caí.
Enojada su madre respondió.
—No me parece gracioso, dentro de poco comenzaran a llegar los invitados, tu hermana está casi lista y tu como siempre ¡Un desastre!..
—Tienes razón madre, excúsame con los invitados aunque dudo que se acuerden de mí, después de todo no he sido presentada en sociedad y cuando mi hermana está presente nadie me mira, así que puedes decir que Emma es hija única, dile a Thina que solo comeré tarta de manzana y un vaso de leche ca…
Su madre la interrumpió.
— ¡Oh, no, no jovencita! De esta no te vas a escapar fácilmente, esta es una cena familiar y por supuesto que los invitados están enterados que tenemos dos hijas, sube arriba y mejora tu apariencia, Marta lleva toda la tarde ajustándote el vestido, no te aviso para que te lo probaras, porque pensamos que como tu hermana te encontrabas durmiendo la siesta, imagínate mi horror cuando Hester me dijo que no estabas en tu habitación.
Iba a protestar cuando su madre con voz de autoridad dijo.
— ¡Cordelia Harmonie Alice Helena Campbell!
“¡Dios, ya dijo mi nombre completo!” — pensó, aun así la reto con la mirada, a pesar que le dolía todo el cuerpo y solo quería recostarse no le daría la razón.
Escuchó unos pasos y su padre alzando la voz.
— ¡Cielos mi querida nena! ¿Qué te pasó?
Su madre respondió por ella.
— ¡Como ves Zachary, Cordelia matándome siempre de la preocupación!
Su padre la miró con ternura y diversión, pero con el tono serio que siempre utilizaba cuando estaba su madre, para después guiñarle un ojo para mostrarle que estaba de su parte.
—Querida sube a arreglarte, apresúrate que ya van a llegar los invitados.
Cordelia le dirigió una gran sonrisa a su padre le hizo una reverencia diciendo.
—¡No te preocupes, mi querido padre estaré lista lo antes posible!
Le lanzó a su madre una mirada provocadora, subió corriendo las escaleras como pudo y al llegar al segundo piso escuchó las quejas de su madre mientras su padre la calmaba.
Más tarde cuando su doncella Hester, le ayudo a quitarse el sucio traje de montar, se sumergió en la tina de baño junto al fuego encendido, se quitó los últimos broches que sujetaban su hermosa cabellera que le llegaba hasta la cintura, su cabello era lo único de su apariencia de lo que sentía orgullosa, pues tanto Hester como su haya Thina habían elogiado el color rubio cobrizo dorado heredado de su padre, el cual resplandecía con los rayos del sol, haciéndolo parecer más sedoso y brillante, a pesar que no lo cuidaba con el esmero con que Emma cuidaba él suyo. Un hombre habría tenido que ser ciego para no reparar en sus aleonados ojos verdes herencia de su madre y encanto de su sonrisa que cuya alegría contagiaba a todos a su alrededor. Su belleza apenas infantil aún no se destacaba en todo su esplendor, pero al detallar su rostro a diferencia de los ojos era parecido al de su hermana.
Mientras se bañaba sentía que el agua caliente aliviaba la rigidez de sus músculos adoloridos, se salió de la tina se colocó su bata de baño se fue a sentar, pidió a Hester que se retirara y le avisara a su haya que la estaba esperando, su doncella asintió saliendo de la habitación.
De repente llamaron a la puerta.
—¡Adelante!—con voz alta Cordelia le indicó a su haya Martha que entrara a su habitación, mientras se encontraba sentada en el travesaño de un gran ventanal de madera que era su lugar favorito para leer.
Martha sonriendo, entro llevando en sus brazos un hermoso vestido blanco.
— Thina, es increíble como siempre logras convencer a mi hermana, de que haga tu voluntad, a pesar del “pequeño” accidente con su vestido-dijo sonriendo Cordelia.
Colocando el vestido en la cama Martha, respondió.
— ¿Por qué te sorprende? Mi niña, las conozco a las dos como las palmas de mi mano. Ven apresúrate que estas retrasada y disponemos de poco tiempo.
Cuando terminaron, Cordelia se quedó boquiabierta frente al espejo.
El vestido realzaba su belleza, ¿Había crecido tanto desde la última cena de gala? Ya no parecía un perchero con vestido, todo lo contrario se ajustaba a su figura.
— ¿Qué milagro hiciste? ¿Cómo lo cociste tan rápido?
— Yo no hice nada, apenas le di unas puntaditas, estas creciendo mi niña, eres toda una dama.
La sonrisa de Cordelia desapareció, ella quería ser cualquier cosa menos una dama.
— ¿Dije algo malo? —dijo Martha con el ceño fruncido de preocupación.
Todo lo que conllevaba ser una señorita de sociedad le traía a Cordelia malos recuerdos sobre su relación con Emma, incluso le incomodaba que alguien le recordara el cierto parecido físico entre ellas, porque su amada Emmy ya no estaba, solo una fría desconocida llamada Emma, que sin importar lo que hiciera, no la podía alcanzar.
Cordelia miro con cariño a su haya y respondió con diversión.
—Tranquila Thina, solo estaba pensando que si crees que soy una dama, eres muy ingenua o me quieres en demasía, por lo tanto me debo seguir esmerando, para comportarme cada día más como un caballero.
Martha con expresión de espanto se quedó muda.
Cordelia se rio respondiendo.
— ¿Por qué me miras así?, solo estoy cumpliendo el deseo de mi padre de tener un hijo varón.
— Cordy eso no es gracioso, sabes que te adoro pero no estoy de acuerdo con tu comportamiento, antes pensaba que solo lo hacías por llevarle la contraria a tu madre, pero algo me dice que detrás de esa rebeldía existe algo más. Recuerda, solo te perjudicas a ti misma, después de todo es tu futuro del que estamos hablando.
Cordelia la miro fijamente y recalcó.
—¡Exacto, es mi futuro! ¿Porque tienen que elegirlos mis padres? —Hizo una pausa y suspiró—¡Si, sé lo que piensa¡ Son las costumbres de la sociedad que como todos, mis padres siguen, haciendo lo que es mejor para mí, según ellos seria ser sacrificada como un cordero, para casarme con un adinerado viejo baboso, ¡Pues me niego, el día que acepte a un caballero será porque tenga los mismos sentimientos que siente Emma por…!—Paro de hablar y se tapó la boca con la mano, mirando a Martha con los ojos muy abiertos.
— ¿Sentimientos que siente Emma por quién? —dijo su haya con los ojos entrecerrados.
Con una sonrisa nerviosa Cordelia se apresuró a responder con astucia.
— ¿Comprendes que si llego tarde a la cena, mi madre no solo se enojara conmigo, sino contigo porque eras tú quien me ayudaba a vestir.
Con mismo tono habilidoso, al tiempo que halaba la campanilla para llamar a Hester, Martha dijo.
— ¿Comprendes que si me muero, es la única manera de que puedas seguir evitando mi pregunta?
— ¡Por supuesto que no, podría huir de casa! —dijo cara de sabionda.
Martha con cara de resignación y elevando los brazos al cielo dijo con voz quejumbrosa.
—¡Dios mío, te pido toda la paciencia del mundo!, sino te amara como hija…En fin apresurémonos no quiero escuchar las quejas de la señora.