—Cariño... —Wilden había estado detrás de mí, así que supongo que había escuchado lo que mi madre me había dicho. Sigo sin poder creerlo... ella no pudo hacer eso... me sonrió, sin ningún tipo de remordimiento. —Vámonos, Wilden, ya no tengo nada que hacer aquí. —Espero pronto tu visita, cariño —me dice Corinne, con descaro. Ni siquiera le contesté: ella ya no es mi madre, jamás volveré a verla. Ahora mi padre no estaba por su culpa. ¿Siempre fue así de mala? Se merece estar aquí. Wilden y yo salimos de la estación de policía y nos subimos al coche. Lo miré con los nudillos muy rojos, me pregunto si le dolerá. —¿Estás bien? —me pregunta—. Lamento lo de tu padre... —Ella lo hizo. No puedo creerlo. —Corinne nunca ha sido una buena persona —me dice—. Qué bueno que te diste cuenta antes.

