—¿Entonces? Peter, sígueme contando sobre ese hombre, por favor. —Ya basta, ustedes son unos maníacos. —Le coqueteaba a mamá... se la quedaba viendo todo el rato. —¿Cómo puedes saber eso? —le pregunté a Peter. —¿Sabes cuál es su nombre? —Tristán —respondió Peter. —Suficiente, dejen de hablar como si yo no estuviera aquí. —¿Apellido? —¡Ya! O me salgo del coche. No tiene importancia, Wilden, relájate. Llegamos a casa y Peter salió corriendo hacia dentro. —Tú y yo tenemos una conversación pendiente, Peter —le dije antes de que entrara—. Se está poniendo muy rebelde —negué con la cabeza—. Y tú no ayudas, solo le apoyas en sus cosas. Entré a casa seguida de Wilden. —Son niños, cariño. Además, me gusta que Peter se defienda; me sentiré más tranquilo. —Y en unos años tendrá problemas

