No puede ser, esto no puede estar pasando. Wilden no puede estar aquí. Me pellizqué para despertar, pero nada pasaba; seguía allí, con su perfecta sonrisa, sus ojos fijos en mí… Me trajo tantos recuerdos. Hace años que no lo veía tan de cerca y ahora aparece como si nada.
Qué descaro.
—¿Qué RAYOS haces aquí?
Es cierto que anoche intenté llamarlo, pero fue un momento de debilidad por Peter. Gracias a Dios, la llamada no salió. ¿Cómo demonios dio conmigo? ¿Sería Miranda? No lo creo posible.
—Me has echado de menos, se te nota en la cara —me dijo—. ¿Me dejas pasar, cariño?
—No me llames así… mejor vete —le dije en voz baja, porque no quería que Peter se diera cuenta y bajara. No, no puedo permitir esto, no ahora. No estoy preparada—. No tienes nada que hacer aquí.
—Lorena, siempre has sido un poco loquita —dijo, y se adentró en mi casa como si fuera el dueño.
—¿Qué haces? Parece que se te olvidaron los modales.
—Bonita casa, pintoresca, muy de tu estilo —dijo mientras miraba todo a su alrededor. Solo espero que no vea las fotos de Peter.
—Wilden, por favor, vete. No tengo nada que ver contigo desde hace muchos años. Vete —insistí.
—Y eso te ha dado mucha paz, ¿verdad? —me miró—. Eso es lo que querías: irte de mi lado porque nunca me has querido.
Tragué saliva y bajé la mirada. Él todavía sentía ese rencor y ese odio, ¿verdad?
—¿Mamá?
Escuché esa vocecita y los pasos bajando por las escaleras.
No puede ser. El mundo se me detuvo. Wilden se giró y se encontró con Peter.
Dios, mi pesadilla hecha realidad.
El corazón me empezó a latir más rápido.
—Hola, pequeño hombrecito, ¿quién eres tú? —preguntó Wilden.
—Soy Peter. ¿Y tú quién eres y qué haces en mi casa? —respondió Peter, todo un valiente.
—Ven aquí, hijo, ¿qué haces despierto? —lo cargué en mis brazos—. Se supone que debías estar durmiendo por el dolor de panza.
—Tus gritos me despertaron.
Miré a Wilden, quien solo alzó las cejas.
—Tu hijo... —murmuró Wilden—. ¿Cuántos años tienes, pequeñín?
—Cuatro. Ya soy grande.
No quería ni mirar a Wilden porque sabía que estaba pensando lo peor, imaginando que en realidad lo engañé y que Peter es hijo de otra persona. Solo eso me faltaba, más críticas de su parte.
—Cuatro años... —murmuró.
—Cariño, ¿por qué no te das un baño y luego vienes a desayunar? Iremos al parque a jugar a la pelota.
—Está bien. ¿El señor viene? —preguntó Peter.
—No, el señor solo está haciendo una... encuesta en el vecindario.
—Está bien —dijo Peter—. Adiós, señor.
—Nos vemos pronto, pequeño —se despidió Wilden.
Cuando Peter subió las escaleras y se fue a su habitación, pude respirar un poco más tranquila.
—Cuatro años, Lorena —me miró serio—. ¿Me lo dirías en algún momento?
—¿Qué? —pregunté, tratando de entender.
—Es mi hijo, j***r —se llevó la mano a la cabeza como solía hacer cuando estaba estresado o enfadado. Lo mismo que hace Peter. Son tan iguales.
—Ahora es tu hijo. Me sorprende que no hayas dicho que es hijo de mi amante —reproché.
Wilden no dijo nada, sabía que era verdad. Había dado en el clavo.
—¿Cómo se supone que te lo iba a decir? Nunca me escuchaste, nunca me creíste. ¿Me habrías creído entonces? —negué con la cabeza—. No valía la pena, Wilden.
—Habría hecho una prueba —dijo descaradamente, y no lo pensé dos veces antes de darle una fuerte cachetada.
—¿Lo ves? Agradezco no habértelo dicho entonces, me evité esa vergüenza. Mejor vete de mi casa, Wilden.
—No me iré. Y ahora, menos, sabiendo que tengo un hijo y tú no me habías dicho nada. Soy su padre, tengo derecho a verlo —dijo más calmado, bajando la guardia.
—Si eso es lo que quieres... no te voy a negar ese derecho.
Suspiró.
—Lorena... Lo siento, me has tomado por sorpresa. Pensar que si no hubiera decidido buscarte, jamás me habría enterado de Peter.
—Lo sé.
—Estoy procesando todo esto.
—Tómate tu tiempo —le dije, sentándome en el sofá con los brazos cruzados.
—Es... increíble. Esto es nuevo para mí.
—Me imagino.
—Quiero verlo, hablar con él. Dile que venga.
—Se está duchando.
—Cuando termine... Lorena, no sé qué decir. Tenemos un hijo.
No respondí.
—Y tú sigues tan guapa como siempre.
Silencio.
—Me enteré de que tienes una tienda, ¿todo bien?
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo contactos.
—Pues parece que a tus contactos se les pasó decirte que también tengo un hijo.
—Lo sé, lo voy a despedir por ineficiente —dijo, sacando su celular.
—No hagas eso, lo dije por molestar.
—Lo sé.
Rodé los ojos. No sabía qué decir.
—¿Cómo es? —me preguntó sobre Peter.
—Inteligente, respetuoso, divertido, humilde... Un niño que sabe mucho para su edad.
—Igualito a mí —dijo.
—Para mi desgracia, sí.
—¿Para tu desgracia? —Wilden se acercó a mí.
—Sí, Wilden, es igualito a ti, hasta en los modos. ¿Eso querías saber?
—Sí.
—Mamá, tengo hambre.
Peter bajaba las escaleras.
—Ya está la comida, cariño. Ven.
—¿El señor se queda a desayunar? —me preguntó.
—Si tu madre me invita, me quedo —dijo Wilden mirándome.
—Sí, como sea.
Entramos en la cocina y empecé a servirle su desayuno favorito a Peter, mientras Wilden le hacía preguntas como: "¿qué te gusta jugar?", "¿cómo vas en la escuela?", "¿tienes muchos amigos?", "¿tienes novia?", y todas esas cosas.
—Aquí tienes —le di su plato de waffles a Wilden—. Desayuno de campeones.
—Siempre he querido una moto eléctrica, pero mamá no me deja porque dice que me puedo hacer daño —le dijo Peter.
—Tu madre tiene razón, eres muy pequeño para manejar esas cosas.
—Un amigo de la escuela tiene una y no se ha hecho daño —replicó Peter, siempre llevando la contraria.
—No todos tienen la misma suerte —añadió Wilden.
—¿Dices que no puedo manejarla? —insistió Peter.
—Digo que eres muy inteligente para perder el tiempo en ese tipo de cosas.
—Mamá...
—Tu pa... —me retracté inmediatamente, casi se me sale decirle "tu papá tiene razón", y Wilden se dio cuenta—. El señor tiene razón, Peter. Más adelante.
Se me subieron los colores al rostro de la vergüenza.