La transformación de Alexandra era increíble. A simple vista, parecía una chica de la alta sociedad; nadie pensaría que alguna vez trabajó como bailarina exótica en un club nocturno. Ella se miraba en el gran espejo y no podía dar crédito a lo que su reflejo le devolvía.
—Luces absolutamente preciosa, tu prometido quedará encantado —le dijo la asistente con una sonrisa.
—Todo esto para mí es nuevo, pero me parece tan superficial —confesó Alexandra, frunciendo el ceño—. En realidad, siempre he sido una chica muy sencilla que no necesita de todas estas cosas.
La asistente se acercó a ella, con una expresión cálida.
—No digas eso, todas las mujeres necesitamos vernos lindas —le dijo—. Lo que pasa es que tu vida ha sido difícil, por lo que me has contado, y seguramente no te dedicabas el tiempo necesario para tu aspecto personal. Aún cuando tú no necesitas mucho, eres muy hermosa.
La joven agradeció los comentarios con una sonrisa y minutos más tarde recibió un mensaje de Dominique para anunciarle que una limosina pasaría a recogerla para ir juntos a un restaurante.
Se sentía sumamente nerviosa, después del momento incómodo que habían experimentado en su departamento. No sabía de qué manera se darían las cosas a partir de ese momento entre los dos. Sin embargo, tenía que pensar con la cabeza fría y entender que no se trataba de una relación verdadera, sino de un contrato que pronto terminaría.
Después de eso, cada quien seguiría con sus vidas como si nada hubiera pasado. Con el dinero que recibiría, podría llevarse a Rossi lejos de Nuria y de todo lo que le recordara su pasado. Quería continuar con su trabajo como enfermera, seguir adelante con sus sueños que había tenido que postergar debido al abandono de Nuria.
La limosina llegó, era un coche digno de un millonario como Dominique. Él se bajó y en cuanto sus ojos se posaron en ella, no pudo disimular el impacto que aquello le causó.
—Estás preciosa, aunque en realidad siempre lo has sido —exclamó al tiempo que le tomaba la mano.
Ella sonrió, tratando de mostrar cortesía por los halagos que había recibido, y enseguida subieron a la limosina y partieron rumbo al restaurante.
En el camino, prevalecía el silencio, acompañado de las intensas miradas de Dominique hacia ella. Alexandra, por su parte, estaba muy nerviosa, pues no podía evitar sentirse como si fuera una cita de verdad.
Porfin llegaron al restaurante, un lugar muy hermoso, un restaurante a todo lujo. Dominique caminaba de la mano de Alexandra con absoluto orgullo, no dejaba de mirarla extasiado por su belleza.
—Voy a ser la envidia de todos esta noche porque tengo a la mujer más hermosa —le dijo, sonriendo.
—No seas exagerado, solo es ropa cara, maquillaje y peinado diferente —respondió Alexandra, ruborizada.
—No es la ropa ni el maquillaje, eres tú. Con lo que te pongas, te ves hermosa —dijo Dominique, acercándose para darle un suave beso en los labios.
El jefe de meseros ya los estaba esperando y los condujo hacia una mesa VIP, donde les proporcionó una de las mejores mesas del lugar.
—Espero que te guste —dijo Dominique.
—Es un lugar muy lindo, pero siento que no encajo en este lugar. Además, me pone nerviosa que todos se nos queden mirando —dijo Alexandra, mirando a su alrededor.
—Tienes que acostumbrarte. Ahora eres mi prometida y esas miradas serán algo a lo que tendrás que enfrentarte. Ya sabes cómo es la gente —explicó Dominique, sonriendo.
El camarero se acercó para tomar su orden. Pidieron unas entradas acompañadas de un exclusivo vino. La charla transcurría de manera casual, pero a diferencia de lo que Alexandra pensaba, todo estaba desarrollándose de una manera increíble. Dominique se portaba como un caballero, un hombre encantador al que nunca esperó conocer.
—Me sorprendí mucho cuando dijiste que eras enfermera. No me lo habías dicho antes —comentó Dominique.
—Hay muchas cosas que no conoces de mí. Sí, la enfermería es algo que me apasiona, pero que desafortunadamente pude ejercer durante muy poco tiempo. Cuando mi madre se fue y nos dejó a Rossi y a mí, me quedé sola con toda la responsabilidad y entonces no me quedó más alternativa que empezar a trabajar en el club —relató Alexandra, con un halo de nostalgia en la voz.
—Me imagino que debió ser muy difícil para ti enfrentarte a todo aquello sola. Pero eres muy fuerte y has logrado sobreponerte. Tu hermana debe quererte mucho —dijo Dominique.
El rostro de Alexandra se entristeció, pues no pudo evitar recordar las palabras que Rossi le había dicho antes de marcharse de su pequeño departamento.
—En realidad, no. Rossi se quiso ir con mi madre y dijo que estaría mejor con ella. Aún cuando ahora ya se está dando cuenta de la clase de personas que son, estoy preocupada por mi hermana, Dominique. Tengo un muy mal presentimiento. Ese hombre, Ignacio Rochester, no me da para nada buena espina —se sinceró Alexandra.
—No te preocupes. Ya lo mandé investigar y muy pronto tendremos los informes y sabremos cómo proceder. Y ahora, sonríe, por favor. Esta noche es para nosotros. Recuerda que ya no estás sola. Me tienes a mí y yo voy a ayudarte en todo lo que necesites —dijo Dominique, tomándole la mano
La noche no podía ser mejor, pero lo bueno no podía durar para siempre y Dominic sabía que había un tema que tenía que tratar con Alexandra, y entre más pronto lo hiciera, sería mejor.
—Hay algo de lo que debemos hablar, Alex, algo que no te había dicho porque no era oportuno en ese momento —pronunció poniéndose cada vez más nervioso.
Alexandra sentía como los nervios empezaban a invadirla, esperaba que no se tratara de una mala noticia. Había vivido demasiadas emociones encontradas en muy poco tiempo y necesitaba un poco de tranquilidad.
—Dime, te escucho —lo instó ella.
—Recuerdas el contrato, te pedí que lo leyeras, pero creo que omitiste una cláusula —reveló con gran inquietud.
Inmediatamente los términos del contrato vinieron a su mente, pero no recordaba de qué podía tratarse exactamente. Recordaba haber leído cada uno de los puntos plasmados sobre el papel, pero también, ese día estaba muy nerviosa y con demasiadas preocupaciones encima como para prestarle la suficiente atención.
—¿De qué se trata? —inquirió preocupada.
—El contrato no sólo incluye el acuerdo de que te convirtieras en mi prometida falsa a cambio de una cantidad de dinero al finalizar nuestro acuerdo, sino que también te casarías conmigo y que no podríamos divorciarnos por lo menos en dos años —le soltó de repente haciendo que ella se estremeciera.
—¿De qué rayos estás hablando? Ese no era el acuerdo. Tú sólo me dijiste que tenía que fingir ser tu prometida, pero eso de llegar al altar, no, Dominic, eso ya son palabras mayores. Ya bastante mal me siento por estar engañando a tu familia, que es maravillosa, como para continuar adelante con esa farsa. Estás locos y piensas que voy a seguirte el juego en esto —le gritó exasperada.
—Baja la voz, todo el mundo te está mirando —le pidió Dominic.
—Me importa poco si me están mirando o no. Me estás diciendo que me viste la cara y me obligaste a firmar ese documento con engaños —le reclamó.
—Un momento, yo no te obligué a firmar nada. Este fue un trato entre los dos. Además, si tú no leíste las cláusulas con detenimiento, ese no es mi problema —dijo él perdiendo la paciencia.
—No quieras justificarte. Lo que hiciste fue terrible. Me engañaste como una vil tonta —replicó furiosa.
Ella quiso levantarse, pero él la contuvo para que no lo hiciera.
—No hemos terminado de hablar —le dijo.
—Yo no tengo nada más que decir. No voy a seguir adelante con esta absurda locura. Olvídalo —exclamó Alexandra cada vez más enojada.
Alexandra no quería seguir escuchándolo, así que salió a toda prisa del restaurante ante las miradas de todos. El asombro reinaba en el lugar, pues todo el mundo se preguntaba cómo alguien le podía estar haciendo eso a Dominic Archer. Él iba tras ella tratando de detenerla, pero Alexandra fue más rápida saliendo del estacionamiento, tratando de encontrar un taxi.
No obstante, cuando ya estaba bastante alejada, unos hombres con fachada delincuentes la interceptaron.
—Miren nada más que regalo nos trajo la noche —dijo uno de ellos, mirándola en forma lasciva.
—Definitivamente este debe ser nuestro día de suerte —exclamó otro de los malhechores.
—Por favor, déjenme, no me hagan daño —pronunció ella, muerta de miedo.
—No, cariño, aquí nadie va a hacerte daño. Sólo vamos a quedarnos con todo el dinero que tienes y nos vamos a divertir contigo un rato —dijo el sujeto, acercándose más a la chica.
Los dos sujetos comenzaron a reírse y a mirarse entre ellos en forma cómplice, planificando en sus perversas mentes todas las atrocidades que pensaban cometer contra la joven indefensa.
—Yo no tengo dinero, y les pido por favor que no me lastimen —dijo temblando de miedo.
—Eso de que no traes dinero ni tú te lo crees. A leguas se ve que eres una mujer rica, y si no traes dinero, de todas formas puedes pagarnos de otra manera, zarrapastrosa —dijo el hombre, con una sonrisa siniestra.
Alexandra intentó retroceder, pero ellos fueron más rápidos, sosteniéndola con brusquedad y aproximándose peligrosamente. Cuando intentaban someterla, ella gritaba con desesperación, hasta que la figura imponente de un hombre se acercó corriendo.
—Quítenle las manos de encima inmediatamente —se escuchó una poderosa voz masculina.