Las sospechas de alexandra

1717 Palabras
Los delincuentes huyeron despavoridos tras recibir una paliza de Dominic, quien se giró hacia Alexandra con el ceño fruncido, claramente molesto. —¿Se puede saber en qué estabas pensando? —le espetó, acercándose peligrosamente a ella—. Pudiste haber salido gravemente herida. Alexandra, aún recuperándose del susto, levantó la barbilla con orgullo. —No necesito a nadie que me defienda —respondió en tono desafiante, aunque la voz le temblaba ligeramente. Dominic soltó una risa seca y sarcástica. —Pues eso no parecía hace un momento —replicó, clavándole los ojos con intensidad. Alexandra apretó los puños, queriendo mantener la compostura. —Me voy —dijo con firmeza, girándose para marcharse, pero Dominic la detuvo de un tirón suave. —No irás a ningún lado —respondió él con voz baja y peligrosa, antes de alzarla en brazos, ignorando sus protestas. —¡Suéltame, Dominic! ¡Puedo irme sola! —gritó ella, forcejeando en sus brazos. —No esta noche —contestó él sin inmutarse, mientras caminaba con determinación hacia su auto. A pesar de sus esfuerzos por liberarse, Dominic no la soltó en ningún momento. Cuando Alexandra finalmente dejó de luchar, se dio cuenta de que el coche no tomaba el camino hacia su pequeño departamento. —Este no es el camino a mi casa —dijo con el ceño fruncido, observando por la ventana cómo las luces de la ciudad pasaban rápidamente. Dominic la miró de reojo, con una sonrisa llena de determinación. —No te llevaré a casa hasta que aceptes que vamos a casarnos —declaró sin rodeos. Alexandra lo miró, incrédula. —¡Estás loco si crees que voy a casarme contigo! —respondió, casi riéndose de la absurda situación. —Tú misma firmaste ese contrato —le recordó Dominic, su tono más frío—. Y ahora tendrás que cumplirlo. Alexandra apretó los labios, negándose a responder. Sabía que, legalmente, tenía las manos atadas, pero no iba a ceder tan fácilmente. Victor ajustó su reloj mientras esperaba a Elena en una mesa discreta del lujoso restaurante donde habían quedado. Minutos después, la vio entrar con su usual aire de superioridad, avanzando hacia él con paso firme. —Siempre tan puntual —comentó ella, tomando asiento frente a él sin esperar invitación. —No me gusta perder el tiempo —replicó Victor con una sonrisa ladina—. Y menos cuando se trata de asuntos importantes. Elena arqueó una ceja, intrigada. —¿Qué es tan importante que tuviste que llamarme con tanta urgencia? Victor se inclinó un poco hacia adelante, entrelazando los dedos sobre la mesa. —Me parece muy extraño que Dominic haya decidido casarse tan de repente —empezó, su tono serio—. Sabes bien que nunca quiso saber nada de compromisos. Elena soltó una risita, rodando los ojos. —Exacto, es lo que siempre pensé —dijo ella con desdén—. Esa mujer me parece una interesada. Justo hoy la vi, gastando a manos llenas el dinero de los Archer. Victor la miró con atención, como si esa pieza de información confirmara sus sospechas. —¿Te interesa que sigan juntos? —preguntó en tono casual, aunque en sus ojos brillaba una chispa de manipulación. —Por supuesto que no —respondió Elena con rapidez—. Esa mujer no es para él. No entiendo qué le ve Dominic, más allá de que tiene un buen cuerpo, pero sé que hay algo raro en todo esto. Victor sonrió, satisfecho con la dirección de la conversación. —Entonces, tal vez deberíamos hacer algo al respecto —sugirió, observando cuidadosamente su reacción. Elena lo miró con cautela. —¿Y por qué tendría que ayudarte? —preguntó, cruzando los brazos. Victor soltó una risa suave, disfrutando el momento. —Porque te saldrías tan beneficiada como yo. Vamos, Elena, todos sabemos que te mueres por mi primo Dominic. Te encantaría ser la señora Archer. Elena lo observó durante un largo segundo, debatiendo internamente. Sus labios formaron una sonrisa calculadora. —¿Y tú qué sacas de todo esto? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta. —Lo mismo que siempre he querido —dijo Victor, con frialdad—. La presidencia de la empresa. Dominic nunca la ha valorado tanto como yo, y en cuanto se descuide, pienso tomar lo que me corresponde. Elena asintió lentamente, viendo cómo sus propios intereses se alineaban perfectamente con los de Victor. —De acuerdo —respondió finalmente, extendiendo su mano—. Hagámoslo. Victor estrechó su mano, sellando el pacto. —Será un placer trabajar contigo, Elena —dijo con una sonrisa que no prometía nada bueno. A la mañana siguiente, Flora, la simpática señora de la limpieza, preparaba todo en la cocina para el desayuno. Había estado de permiso unos días, pero su regreso llenaba la casa con una energía cálida y acogedora. Siempre había tenido un cariño especial por Dominic, a quien veía como su niño, a pesar de que él ya era un hombre hecho y derecho. —¡Ay, mi querido Dominic! —exclamó Flora al verlo entrar en la cocina—. ¡Qué alegría verte! Ya te estaba extrañando. Dominic sonrió con ternura al verla. —Yo también te extrañé, Flora —dijo, acercándose a darle un suave abrazo. Alexandra llegó poco después, claramente enojada por lo sucedido la noche anterior. Se sentó en la mesa sin siquiera mirar a Dominic, manteniéndose en un silencio cortante. —Buenos días, querida —dijo Flora, sirviéndole un plato con una sonrisa radiante—. ¿Cómo va todo? —Buenos días, Flora. Todo bien, gracias —respondió Alexandra amablemente, aunque su mirada nunca se desvió hacia Dominic. Durante todo el desayuno, Alexandra sólo le contestaba a Flora. No había ni una sola palabra dirigida a Dominic, quien se limitaba a observarla con una mezcla de frustración y diversión. Cuando Alexandra terminó de desayunar, se levantó y, sin decir una palabra más, regresó a la habitación que le habían asignado. Dominic la siguió con la mirada, suspirando. —Parece que alguien está de mal humor —comentó Flora, secando un plato mientras lo observaba con sus ojos pícaros. Dominic rodó los ojos, resignado. —No me sorprende —murmuró. Flora sonrió con malicia. —Por fin encontraste a la horma de tu zapato, Dominic —le dijo, meneando la cabeza—. Esa chica te va a poner en cintura, ya verás. Dominic soltó una carcajada. —¿Eso es lo que crees? —preguntó, con una sonrisa arrogante—. No ha nacido la mujer que pueda manejarme, Flora. Flora se rió sarcásticamente mientras lo miraba con cariño. —Tú eres el único que no lo ve, muchacho —dijo, volviendo a secar los platos—. Pero esa chica ya te tiene comiendo de su mano. Y me da mucho gusto, porque sólo así podrás ser feliz de verdad. Dominic hizo una mueca, como si no estuviera del todo convencido, pero había una chispa en sus ojos que indicaba lo contrario. —Veremos cuánto dura eso —dijo con un tono despreocupado, aunque sabía que Flora probablemente tenía razón. Flora soltó una risa suave y siguió con sus labores, dejando que las palabras hicieran eco en la mente de Dominic mientras él observaba la puerta por la que Alexandra se había ido. Alexandra estaba sentada en la cama cuando decidió revisar su teléfono y esperó, pero no había ni un solo mensaje de Rossi. Frunció el ceño y trató de llamarla, pero en cuanto marcó, una notificación le informó que ese número ya no existía. Su corazón dio un vuelco, y de inmediato las alarmas se encendieron en su mente. Las sospechas sobre su madre y Ignacio Rochester, que siempre habían estado presentes, ahora se intensificaban. Se levantó de la cama con nerviosismo, caminando de un lado a otro. Todo lo que había pasado con Dominic la molestaba profundamente. ¿Cómo había permitido que la arrinconara de esa manera, sabiendo que ella se encontraba en una situación tan difícil? Y aun así, una parte de ella entendía que lo más urgente era sacar a su hermana de aquella casa cuanto antes. Tenía que tomar una decisión importante. Sin pensarlo más, marcó el número de su madre. Después de unos segundos, Nuria contestó con una voz aparentemente despreocupada. —¿Qué quieres, Alexandra? —preguntó, con un tono que ya le resultaba irritante. —¿Por qué Rossi no responde a mis mensajes? —preguntó Alexandra, sin rodeos—. Intenté llamarla y me sale que su número ya no existe. Nuria soltó un suspiro exagerado. —El teléfono de la niña se descompuso —contestó con indiferencia—. Vamos a llevarlo a reparar, por eso no has podido comunicarte, pero está muy bien. Alexandra no estaba convencida. Algo no cuadraba. —Pásamela —dijo, exigiendo hablar con su hermana. —No quiere verte —respondió Nuria, con una frialdad que hizo que la piel de Alexandra se erizara—. Dice que no le interesan tus sermones, que prefiere estar con su nueva familia. Esas palabras cayeron como una daga en el corazón de Alexandra. Las alarmas en su mente resonaban cada vez más fuerte, pero intentó mantener la calma. —Nuria, por favor, sólo quiero hablar con ella —pidió Alexandra, intentando no perder el control—. Necesito saber que está bien. Nuria se rió de forma hiriente. —Mira, será mejor que sigas con tu vida y nos dejes continuar con la nuestra —dijo la mujer, con un tono cruel—. Rossi ya tiene todo lo que necesita aquí. Deberías preocuparte menos por ella y más por tu nuevo y lujoso estilo de vida. Déjanos en paz. El silencio que siguió fue ensordecedor. Alexandra se quedó mirando el teléfono, en shock. Su madre, la persona que debería proteger a su hermana, acababa de decirle que no quería tener nada que ver con ella. Las palabras de Nuria eran como veneno en sus venas, y la tristeza se apoderó de todo su ser. Con las manos temblorosas, dejó el teléfono a un lado y se hundió en la cama. La soledad la envolvió de golpe, y el peso de la situación se hizo más abrumador que nunca.
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