Héctor entró a su casa con la certeza de que todo estaba bajo control. Había estado fuera dos días por un viaje de negocios imprevisto, pero confiaba en que Esmeralda Aranda seguiría ahí, esperándolo, como siempre lo había hecho. Para él, la idea de que ella pudiera irse no era siquiera una posibilidad. Esa mujer era suya, aunque sólo en la sombra, mientras él terminaba de cerrar su compromiso con Melisa, la mujer con quien se casaría sin más dilaciones. Pero al abrir la puerta, la realidad golpeó con una fuerza que le quitó el aliento. La casa estaba en silencio, demasiado ordenada, demasiado vacía. No había ni una sola señal de que Esmeralda hubiera estado ahí en los últimos días. —¿Esmeralda? —llamó con voz tensa, esperando una respuesta automática, un “aquí estoy”, una excusa para ex

