Héctor detuvo el auto a una cuadra. Desde allí, la vio salir por un momento al jardín con un suéter blanco, el cabello recogido en una coleta baja. Lucía distinta. Libre. Más erguida. Más segura de sí. Y no estaba sola. Eduardo apareció detrás de ella, le colocó algo sobre los hombros —probablemente una manta— y ella se giró, sonriendo levemente. No un gesto exagerado, pero para Héctor fue suficiente. Lo devastó. El corazón le latía con fuerza, los puños le temblaban. Vio cómo ella colocaba la mano sobre el brazo de Eduardo. Un gesto íntimo. Natural. ¿Desde cuándo lo miraba así? ¿Desde cuándo sonreía con esa paz? ¿Era él quien la había destrozado tanto como para empujarla a otros brazos? Se marchó sin ser visto, con la mandíbula apretada y los nudillos blancos sobre el volante. El odio

