La noche siguiente a la cena, la ciudad parecía aún envuelta en los ecos de lo que había ocurrido en aquel reservado restaurante. En la mente de Esmeralda, las palabras de Eduardo resonaban con fuerza, contrastando con la escena incómoda que Héctor había protagonizado. Dormir fue difícil. El recuerdo de la mano firme de Eduardo sobre la suya, la seguridad de su mirada, su promesa de estar ahí sin condiciones... Todo eso contrastaba con la rabia y el desconcierto de Héctor, que se negaba a soltar un pasado que él mismo destruyó. A la mañana siguiente, Esmeralda se despertó temprano, aún con una mezcla de emociones en el pecho. Caminó hasta el jardín de la mansión Montiel, un espacio amplio y cuidado con precisión. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Se sentó bajo uno de los árboles más vi

