El sol del mediodía se colaba a través de los amplios ventanales del restaurante “Le Jardin Étoilé”, un espacio que combinaba elegancia y sobriedad, con tonos neutros, madera clara y plantas que daban vida a cada rincón. El murmullo de las conversaciones y el tintinear de cubiertos se mezclaban con una melodía de piano suave que flotaba en el aire, creando un ambiente íntimo, alejado del bullicio urbano que quedaba más allá de las paredes. Eduardo y Esmeralda llegaron puntuales al restaurante. Ella se aferraba a su brazo con firmeza y elegancia, y él se sentía orgulloso de sí mismo y de la mujer que lo acompañaba. Eduardo siempre había sido un hombre puntual, con la precisión que caracterizaba su vida y su estilo. Su traje gris oscuro, impecablemente cortado a la medida, resaltaba su fig

