—Así que me quieres como amante. Porque soy “fácil”, porque “te entiendo”, pero no lo suficiente como para ser tu esposa. Porque no tengo apellido, ni dinero, ni apellido en una placa de oro. Héctor tragó saliva. —No es así. Yo solo... no sé qué hacer. No quiero perderte. —Ya me perdiste. Se hizo un silencio pesado. Un abismo. —Héctor, tú nunca pensaste que yo iba a levantarme —dijo ella finalmente—. Siempre creíste que estarías un paso adelante. Que, aunque te fueras con otra, yo me quedaría esperándote. Callada. Sumisa. —Es que tú no eras así —confesó él, como si fuera una verdad. —No. No lo era. Pero ya no soy esa mujer. Y tú no sabes cuánto me alegro de haberla perdido. Volvió a caminar. Esta vez, sin detenerse. Sin volver la vista atrás. Él no la siguió. A unas cuadras, en u

