La casa se había vaciado hacía poco, pero el aire seguía impregnado de un silencio pesado, casi irrespirable. Esmeralda subió las escaleras despacio, aún con los tacones puestos, sin mirar atrás. Atrás quedaban los manteles de lino, las copas de cristal, los rostros altivos y las palabras envenenadas. Detrás de ella, en el comedor, Maritza seguía dando órdenes a una empleada para que se asegurara de que todo quedara impecable. Como si limpiar la casa fuera suficiente para borrar lo que se había dicho. Esmeralda cerró la puerta de su habitación y se quitó los pendientes con un gesto lento, como quien se despoja de una armadura. Miró su reflejo en el espejo: la mujer que la devolvía la mirada ya no era la misma de hacía un año. Ni siquiera la misma de hacía un mes. Había vivido demasiadas

