A Claudio no le gustaba disimular cuando había que pagar la cuenta.
Pero es que en su cita con Darío no llevaba dinero encima, había salido de casa con lo puesto.
Con él había vuelto a utilizar el truco de siempre: iba al baño en el momento en que estaba el camarero preparando la cuenta para traerla a la mesa para pagar.
Eso es justo lo que hizo con Darío: se encerró en el baño y se sentó encima de la tapa del wáter para hacer tiempo con el móvil y así conseguir que le diera tiempo a Darío a pagar la cuenta.
Y encima había sido él quien había elegido la terraza más cara de Madrid para la primera cita porque se había enterado que era muy frecuentada por los famosos y tenía que conseguir la manera de ir allí. Darío se lo puso en bandeja porque vio en sus ojos que lo deseaba y tenía que aprovecharse de esa debilidad...
La velada con Darío había estado bien: era divertido, culto, ambicioso, atractivo tirando a sexy...pero también lleno de dudas acerca de lo que quería hacer con su vida porque estaba claro que si era abogado era más por cumplir el deseo de sus padres que el de él. Ni él mismo sabía cual era su auténtica vocación.
Sin embargo, a Claudio le pasaba justo al contrario: se ganaba la vida como buenamente podía en trabajos de poca monta pero que le daban lo justo para subsistir excepto en momentos en los que se quedaba sin empleo y no podía tirar de los ahorros, por una razón muy sencilla y es que no los tenía. Pero si algo tenía Claudio claro en esta vida era su verdadera vocación: ser cantante.
No tenía grandes sueños porque no se consideraba una persona ambiciosa, él se conformaba con vivir algún día modestamente de la música. Soñaba con tener un grupo musical, cantar en una orquesta, tener sus bolos, ir por las fiestas de los pueblos... pero más allá no se imaginaba nada más porque no se veía capaz de llegar a ser una estrella del panorama musical nacional y menos aún internacional. Eso ya era mucho soñar y él tenía los pies en el suelo.
Se desvistió y se puso un pantalón corto de deporte sin nada debajo.
Fue hasta la cocina y abrió el frigo.
Si estantería estaba completamente vacía.
Miró en la estantería de Alberto, su compañero de piso y también camarero cómo él y vio que tenía envuelto en papel varias clases de embutido que le había enviado su madre, con una amiga que también vivía en Madrid.
Deslió el papel y cogió un trozo de salchicha que se ocultó en la mano así cómo si en el piso hubiera alguien más que pudiera verlo y delatarlo.
Se sintió avergonzado pero el hambre podía más que la vergüenza.
Se prometió que alguna vez le devolvería a Alberto toda la comida que le había robado en su ausencia.
Lo que Claudio no sabía es que Alberto disimulaba y hacía cómo que no se daba cuenta porque sabía que su compañero estaba sin dinero y lo estaba pasando mal, muy mal y a diferencia de él, no tenía familia que le pudiera ayudar.
Con lo que a Claudio le pagaban de camarero en la discoteca Piscis solo tenía para pagar la habitación que tenía alquilada junto con Alberto en un mini apartamento.
No le daba para nada más, lo que significaba que no tenía ni siquiera para comer y menos aún para darse algún capricho de vez en cuando.
Fue hasta el salón y se sentó en el sofá.
Puso el móvil sobre la mesita.
Suplicó que el móvil parpadeara esa noche porque se sentía muy angustiado. No tenía dinero ni para coger el metro.
Intentó relajarse y comenzó a recordar la velada que había tenido con Darío.
Le venía a la cabeza las conversaciones, las risas que se habían pegado, las anécdotas que le había contado Darío del despacho, los hobbies que tenía... Darío representaba lo que el pedía en un hombre: era masculino, ambicioso, estaba bien posicionado, era abogado y presentía que con dinero porque eso él lo notaba al vuelo y su intuición nunca se equivocaba. Algo le decía que Darío tenía dinero...
Dio un bocado a la salchicha.
Fue de nuevo a la cocina a por una cerveza.
Cogió la última que le quedaba.
Regresó de nuevo al salón y el móvil comenzó a vibrar.
La pantalla parpadeó dos veces y se apagó .
- ¡Qué bien! susurró.
Dejó la cerveza sobre la mesa y cogió el móvil.
Eran dos wasaps.
No eran de Darío.
Le extrañó que no le hubiera mandado un wasap comentando impresiones sobre la cita que habían tenido los dos.
-Lo mismo no le he gustado, pensó por culpa de su baja autoestima.
Vio el nombre del contacto en la pantalla del móvil.
Hizo una mueca de asco porque era quien menos se imaginaba que podía ser.
Se reclinó sobre el sofá y leyó los dos wasaps:
"Hola Claudio ¿Estás libre esta noche?"
"Estoy en casa, me gustaría que vinieras a hacerme un poco de compañía"
Claudio observó que estaba en linea esperando a que le contestara él.
"Hola, si estoy libre esta noche ¿A qué hora quieres que vaya?"
La respuesta llegó inmediatamente:
"Lo que tardes en llegar. No lleves ropa interior ya sabes que eso me pone muy cachondo"
Claudio iba a contestar con un simple "ok" pero le pareció muy frío. Tenía que seguir el juego:
"Tú eres mi amo y yo estoy aquí para servirte y cumplir tus deseos. No llevaré nada debajo del pantalón si es lo que deseas"
Y le dio a enviar.
Al instante llegó la réplica:
"Sabía que no me decepcionarías. Te espero desnudo en mi cama. Cuando llegues, llamas abajo y dejaré la puerta entreabierta"
A Claudio no le excitó nada la escena porque no tenía ganas de sexo esa noche, lo que le apetecía realmente era ver una peli en casa tranquilamente y acostarse pronto a dormir.
Pero la necesidad premiaba:
"Esta noche te tengo que cobrar más porque no me has avisado con suficiente antelación"
Envió el wasap.
Y entonces le vino a la cabeza Darío sonriéndole.