Capítulo 23

1160 Palabras
Claudio se bajó en la estación de metro de Chamartin. Había tardado en llegar quince minutos exactamente. Caminó hasta la casa de su cliente, cómo él solía llamarle. Vivía en un edificio en estado ruinoso que según le había contado, era la casa familiar de sus padres donde él había pasado su infancia y al ser hijo único, la había heredado junto con otras propiedades y plazas de garaje repartidas por todo Madrid. Las rentas que obtenía de los alquileres, le permitían vivir cómodamente sin necesidad de trabajar. Toda una suerte en los tiempos que corrían. Además, se había enterado Claudio que también había heredado una cuantiosa suma de dinero que los padres tenían depositados en distintos bancos. Pero su cliente era muy tacaño y no había logrado aprovecharse de nada de toda esa herencia. Claudio ya lo había intentado todo: ser amable con él, cariñoso, atento, dispuesto, cumplir sus extrañas fantasías sexuales...pero nada había dado resultado. Tenia un gran trabajo por delante con su cliente si quería conseguir algo de todo eso. Vio a lo lejos el edificio. Miró hacia atrás, de nuevo hacía delante y también para los balcones de los edificios vecinos para asegurarse que no había nadie que pudiera reconocerle. Ya tenía memorizada la respuesta si se encontraba con algún conocido y le pillaba infraganti: que venía a visitar a un antiguo compañero de trabajo de uno de los tantos pubs en los que había trabajado en Madrid, así nadie podría sospechar de él. Era la coartada perfecta. La calle estaba vacía. Le envió un wasap a su cliente: "Estoy llegando tardo dos minutos" Puso el móvil en modo silencio, lo bloqueó y se lo metió en el bolsillo trasero de la bermuda. Miró de nuevo hacía atrás. Se detuvo frente al viejo portón del edificio. Sabía perfectamente cuál era el timbre de su cliente porque no era la primera vez que lo visitaba. Llamó con un toque suave. El portal estaba sucio, con varias colillas pisoteadas a mala leche en el suelo. La puerta era muy antigua de hierro viejo oxidado. Arriba aparecía un número 9 girado para un lado, que nadie se había molestado en enderezar. - ¿Sí? preguntó en un susurro una voz grave por el interfono. - Soy Claudio. Se oyó a continuación el sonido de apertura de la puerta. Claudio empujó la puerta y se metió en un diminuto ascensor que se cerraba con una puerta de tijera y en el que solo cabía una persona. El aspecto de la escalera era deplorable. Oyó unos gritos que venían de alguna vivienda, parecía que peleaban. El ascensor se detuvo en la planta quinta. Respiró hondo y salió del ascensor. Frente a él se encontró la puerta entreabierta, tal y como habían acordado. La empujó sigilosamente y la cerró tras de sí. La casa olía a moho. Por delante de él se abrió un largo pasillo completamente a oscuras con puertas a un lado y a otro. Claudio oyó un ladrido de perro que estaba encerrado en alguna de las habitaciones. Se desvistió arrojando la ropa al suelo y quedó completamente desnudo. No estaba nada excitado porque su cliente no le atraía sexualmente y por más que se esforzaba en tener una erección no lo conseguía. Cerró los ojos y pensó en alguien que le excitara. Debía darse prisa, no podía demorarse, su cliente esperaba impaciente. Pero no lograba tener una erección. La solución, se dijo angustiado, era pensar en alguien que le excitara, otras veces le había funcionado. Y entonces le vino a la cabeza Darío, pensó en su cuerpo musculado, se lo imaginó desnudo con la polla erecta y él chupándosela sin prisa. La polla se le puso dura como una piedra. Lo había conseguido. Anduvo por el pasillo sin hacer ruido y masturbándose para que no se le bajara la erección. Giró a la derecha y se encontró con la habitación. Le llegó el olor a Popper que tanto detestaba pero que a veces le había ido muy bien para mantener la erección. A su cliente le chiflaba, le gustaba echar gotitas por toda la habitación para que el aroma lo impregnara todo. El Popper a su cliente le ponía muy cerdo y eso hacía que Claudio tuviera que trabajar el doble. Asomó la cabeza y vio la barriga abombada de su cliente sobre la cama. La única luz que había en la habitación era de una vela encendida sobre la mesita de noche. Estaba desnudo, con los brazos estirados hacía los lados y las piernas levemente abiertas. Su cuerpo estaba completamente poblado de vello y debajo de una gran barriga que impedía que se le viera la cara, se escondía en la entrepierna un micropene que estaba prácticamente oculto, por culpa de dos huevos de un tamaño más grande de lo normal. Darío rodeó la cama. Observó que sobre los ojos se había colocado un antifaz que estaba sujeto con dos gomas elásticas en las orejas. El cliente no se movía esperando a que fuera Claudio el que hiciera todo el trabajo porque para eso había contratado sus servicios, para que hiciera realidad sus fantasías sexuales. A Claudio le repugnó la escena, le daba náuseas verse allí. Se miró la polla y por suerte aún seguía dura pero si continuaba lamentándose de lo que estaban viendo sus ojos, se le bajaría la erección y no podría responder ante su cliente, consiguiendo que se enfadara y no quisiera pagarle y eso no se lo podía permitir porque necesitaba el dinero para poder comer al día siguiente. Se subió a la cama y se puso a su lado. Comenzó a pasarle la mano suavemente por su barriga. Le pellizcó los pezones, lo hizo más fuerte pero el cliente no se inmutó. Bajó su mano hasta su micropene y comenzó a moverlo hacía arriba y hacía abajo, tenía que conseguir que eyaculara lo más rápido posible porque así terminaría antes y se marcharía pronto a casa con el dinero. Bajó su boca hasta su pene y comenzó a chuparlo con asco. Gimió falsamente aparentando que estaba loco de placer. Pero no se le empinaba. Comenzó a besar su barriga y fue chupando con la lengua hacía arriba entre los pelos. Mordisqueó un pezón y después el otro. Miró disimuladamente hacía el pene para comprobar si estaba ya erecto pero no, seguía igual de diminuto. Bajó una mano y comenzó a masturbarlo de nuevo con suaves masajes a ver si así respondía. Con la otra mano le acariciaba la cara. Lo atrajo hacía sí para lograr que con el roce de la piel se excitara. Pero nada. Comenzó a besarle la boca y con dificultad le metió la lengua hasta la garganta, que aquello sabía que lo ponía loco de placer. Pero seguía sin reaccionar. Un pensamiento atroz le vino a la mente. Claudio le tocó el cuello con dos dedos para sentir su respiración. No respiraba. El cliente estaba muerto.
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