Capitulo 3. Autoridad.

1639 Palabras
Capítulo 3: Autoridad POV Megan Nowak —Señorita Nowak, no olvide que usted vino con un oficial; eso me da toda la información que necesito saber. Me mantengo en silencio mientras revisa mis heridas. No había notado el raspón en mi muslo, pero me están sometiendo a una serie de exámenes que me parecen exagerados para un simple chequeo de rutina por unas raspaduras. Me vendan el brazo y me indican que espere en la camilla al doctor, quien ha ido a buscar los resultados. Mientras me acomodo la camisa y abrocho los botones, veo entrar a un hombre muy guapo. Lo identifico de inmediato: sin el pasamontañas se ve diferente, pero esa mirada jamás la olvidaría. —¿Cómo te sientes? —pregunta, acercándose a mí con determinación. —Bien. ¿Ya puedo irme o es que estoy bajo arresto? —pregunto, enarcando una ceja. —A ver, ¿tienes más heridas? —Se acerca, tomándome del brazo y el hombro. —No, no me… —Mi respiración se corta cuando, sin previo aviso, sube mi falda por la abertura lateral para revisar la herida de mi muslo, que aún sangra—. ¿Es que tú no aceptas un «no» como respuesta? —le cuestiono al notar la firmeza con la que sujeta mi pierna. —No —responde sin más. Desliza sus dedos por mi piel en una caricia involuntaria que me arranca un suave jadeo. —¿Y bien? Ya me revisaste. ¿Puedo irme o me tendrás aquí contra mi voluntad? —digo, tragando saliva al notar que su mirada está fija en la mía, analizándome, como si intentara leer mis pensamientos. —Te llevaré de vuelta. —Se aleja, dejando un vacío en mi pierna que vuelve mi respiración irregular. —No, ya hiciste mucho por mí, gracias. —Me levanto de golpe, tomo mi bolso y salgo de la habitación. Camino por el pasillo hasta la salida, donde varios oficiales me observan mientras intento buscar un taxi. Noto que los oficiales se forman en posición de respeto y me vuelvo para verlo detrás de mí. Saca un control remoto y activa un Ferrari n***o estacionado enfrente. Sin decir palabra, me toma de las caderas para moverme hacia un lado y abre la puerta del coche, acorralándome contra el vehículo. —Sube. Te dije que te llevaría. —No tienes por qué tomarte tantas molestias por un simple rasguño —le digo, casi sin aliento, mientras intento apartar el brazo que tiene apoyado junto a mi cadera. —Sube —ordena nuevamente, dejándome sin salida. Subo al coche y él lo hace después. Arranca de inmediato sin mencionar palabra alguna. Conduce con seguridad y yo no puedo evitar mirarlo de reojo. ¿Cuál es su problema? ¿Acaso me va a secuestrar? La sensación de su tacto persiste en mi muslo. Él sigue concentrado en el camino, desprendiendo una confianza abrumadora. Estoy tan sumergida en mis pensamientos que no noto que estamos a solo unas casas de la mansión. ¿Cómo demonios sabe dónde vivo? Lo miro, pero él me ignora mientras estaciona frente al portón. —¿Cómo sabes dónde vivo? —pregunto, perpleja. —De nada —responde con arrogancia, acomodándose en su asiento. Apoya el brazo en la puerta y me mira fijamente. —¿De nada? No te agradeceré que me echen del trabajo por tu culpa. Eres un imbécil arrogante. —Tiro de la manilla para bajar, pero la puerta está bloqueada. Su presencia me saca de quicio. Él se inclina hacia mí y vuelve a poner su mano sobre mi muslo, haciendo que me detenga por el susto. Su perfume me invade como una toxina que calma mi enojo de forma extraña. Está tan cerca que siento que podría besarme; su mirada me hipnotiza. Escucho el clic del seguro y él mismo abre la puerta, alejándose con una sonrisa burlona. —Yo que tú, tendría más cuidado con cómo le hablas a la autoridad. La próxima vez no seré tan razonable. —¿Próxima vez? Vete al infierno, como sea que te llames. —Entonces nos veremos en el infierno, Megan. —Arranca a toda velocidad, mojando mi ropa al pasar sobre un gran charco de agua. ¡Por supuesto que sabe mi nombre! Si conoce mi dirección, no me sorprende que lo sepa todo. Entro a la casa furiosa. Marc aún no ha llegado. Le marco, pero su celular está apagado. ¿Cómo puede desaparecer así cuando su prometida ha tenido un accidente? Me doy una ducha y, al cerrar los ojos, la imagen de ese hombre regresa. Fantaseo con sus caricias en mi muslo, transformando el ardor de la herida en una sensación punzante de placer. Abro los ojos asustada. ¿Qué estoy haciendo? Estoy comprometida con Marc; no puedo pensar en otro. Bajo a cenar y encuentro a Marc en el sofá. —Marc, estaba preocupada. Estuve en la clínica, te llamé y no respondiste. —Lo siento, Megan, me quedé sin batería. ¿Estás bien? —Su tranquilidad me enfurece. —Entiendo. No te importa nada. —No digas eso, cariño. Solo debo terminar esto para una junta mañana. Estás bien y ya estás en casa, gracias a Dios. No hagas un drama de esto, ¿sí? Me da un beso rápido en la mejilla y se encierra en su despacho. Otra noche sola. Me preparo un cereal y subo a la habitación. Al poco tiempo, él sale de la ducha. Ver sus músculos hace que mi enojo se disipe un poco; beso su espalda y él se voltea para acariciar mi rostro. —Lo siento, he tenido mucho trabajo. No quise ser desconsiderado —dice, desatando mi bata. —No importa, estoy bien ahora —respondo mientras él me besa la frente. —Me tranquiliza, cariño. Pero debo volver al despacho a terminar un pendiente, espérame. —¿No puede esperar? —le digo con tono seductor mientras le quito la toalla. Él sonríe, dándome a entender que sí puede. Me lleva a la cama, pero al rozar mi muslo, retrocedo con un quejido de dolor. —Lo siento, ¿te lastimé? —Es solo un rasguño, no pasa nada —le aseguro, aunque el dolor persiste. —No, no quiero lastimarte. Descansa. —Se levanta y sale de la habitación. ¿Qué demonios le pasa? ¿Su trabajo es más importante que yo? Lanzo una almohada contra la puerta, furiosa, e intento dormir. —Déjame ver —me toma de la mano y me atrae hacia él. Mi corazón late con frenesí. Me carga y me acorrala contra la pared. —¡Ahhh! —Mis gemidos escapan sin control. Acaricia mi herida con suavidad, convirtiendo el dolor en un fuego líquido que me humedece por completo. —Hazme tuya… —susurro, pasando mi mano por su rostro, pero me quedo en shock al verlo. —Nos veremos en el infierno, Megan. —¡No, no, no! —Abro los ojos sobresaltada. Mi cuerpo tiembla de placer y descubro que ha sido una pesadilla. Marc duerme a mi lado mientras yo sueño con otro hombre. Bajo a la cocina por un vaso de agua a las 4:00 a.m. Afuera diluvia y un trueno me hace gritar. Trato de calmarme, pero no puedo borrar su mirada intensa de mi cabeza. Paso el resto de la madrugada despierta, aterrada por los relámpagos y por la culpa de pensar en alguien que no es mi prometido. Al amanecer, me ducho y Marc entra conmigo, intentando compensar lo de anoche. —Anoche no quise despertarte. Perdóname, tengo mucho en la cabeza, pero ahora quiero hacerte mía. —Entonces no lo pienses tanto —le respondo. Me presiona contra la pared y me penetra. Jadeo con cada embestida, buscando desesperadamente el clímax, pero él termina antes de que yo pueda llegar. —Te quiero —dice, besando mi hombro—. ¿Te viniste ya? Debo irme. —Sí —miento. No quiero hacerlo sentir mal, aunque me siento insatisfecha. Marc siempre ha sido así; a veces su trabajo lo consume tanto que nuestra vida s****l queda en segundo plano. Me visto con unos jeans ajustados, una blusa corta y tacones. Al llegar a la oficina, mi mejor amiga, Tania, corre hacia mí. —¿Qué te pasó ayer que no llegaste a la junta? —pregunta con preocupación. —Amiga, si te contara, no lo creerías —le digo, entrando a mi despacho. Tania trae café y donas de coco. Nos sentamos y le confieso todo: el choque, el oficial, la clínica y la extraña fijación que tengo con él. —Un oficial del equipo de inteligencia chocó conmigo, me envió a la clínica contra mi voluntad y es el hombre más arrogante que he conocido. No conoce la palabra «no». Y lo peor es que sabe todo de mí, hasta dónde vivo, y yo ni siquiera sé su nombre —suelto con frustración. Tania me mira con la mandíbula desencajada. —Megan, ¿te gustó el tipo? Solo mírate. —¡No! ¿Qué tonterías dices? —Descríbelo, quiero saber quién dominó a mi amiga. —Tiene ojos verdes oscuros, una mirada que te paraliza, labios carnosos y una sonrisa sarcástica. Es alto, moreno, con un cuerpo esculpido y un lunar sexy en la mandíbula. Es autoritario, dominante... un bombón esculpido por los dioses. Me atrajo, es como si intentara dominarme. —¡Oh, por Dios! Estás babeando por él. Es el destino, amiga. El amargado de tu prometido no tiene nada de eso. —Lo dices porque no se llevan bien. —Lo digo porque noto cómo te afecta. ¿Me vas a decir que habrías dejado que un extraño te tocara y te llevara a casa si no hubiera despertado algo en ti?
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