Capítulo 3: Autoridad
Megan Nowak
El ambiente en la sala de curaciones era estéril, dominado por el olor penetrante del alcohol y un silencio que pesaba en el aire. Mientras una enfermera repasaba el vendaje de mi brazo con movimientos metódicos, mis pensamientos oscilaban entre la frustración por el operativo fallido y la extraña sensación de haber dejado algo inconcluso en la calle.
—Señorita Nowak, no olvide que usted llegó escoltada por un oficial; eso me da toda la información que necesito saber —comentó la enfermera sin levantar la vista.
No respondí. Me sentía fuera de lugar, como si mi ropa manchada de polvo y sangre no encajara en aquel entorno higiénico. No había notado el ardor en mi muslo hasta que la enfermera aplicó un antiséptico, obligándome a soltar un quejido. El chequeo se extendía más de lo necesario, convirtiéndose en un protocolo que me irritaba. Cuando finalmente me quedé sola para abrocharme la camisa, la puerta se abrió con una firmeza que hizo que mis latidos se aceleraran.
Darek. Sin el pasamontañas, su rostro era aún más imponente. Tenía facciones afiladas y una mandíbula marcada que transmitía una autoridad natural, casi peligrosa.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, acercándose con pasos cortos y controlados, ocupando todo el espacio a mi alrededor.
—Bien. ¿Es necesario este circo? ¿O es que estoy bajo arresto? —pregunté, enarcando una ceja en un intento por recuperar el control.
Él no se dio por aludido. Ignoró mi sarcasmo y, con una determinación que me dejó sin aliento, se acercó a mí, tomando mi brazo y mi hombro para inspeccionarme con una mirada clínica y hambrienta a la vez.
—A ver, ¿tienes más heridas?
—No, no me… —Mi voz se quebró cuando, sin pedir permiso, sus dedos se deslizaron hacia el dobladillo de mi falda. Con un gesto rápido, subió la tela por la abertura lateral, dejando expuesto el muslo donde el rasguño aún supuraba—. ¿Es que tú no aceptas un «no» por respuesta? —le cuestioné, sintiendo un calor sofocante subir por mi cuello al notar la firmeza de su mano sobre mi piel desnuda.
—No —respondió, cortante. Sus dedos, callosos y firmes, trazaron una línea suave sobre mi piel, un contacto involuntario que recorrió mi espalda como una descarga eléctrica, arrancándome un jadeo que no pude contener.
Tragué saliva, intentando desesperadamente poner distancia mental entre nosotros, pero sus ojos verdes, intensos y analíticos, estaban fijos en los míos, como si estuviera diseccionando cada miedo y cada deseo que cruzaba mi mente.
—¿Y bien? Ya me revisaste. ¿Puedo irme o me tendrás aquí contra mi voluntad? —dije, tratando de ocultar la irregularidad de mi respiración.
—Te llevaré de vuelta —sentenció, apartándose. El vacío que dejó en mi pierna se sintió extrañamente frío, casi como una pérdida.
—No, ya hiciste mucho. Gracias —respondí, levantándome de golpe. Tomé mi bolso y salí de la habitación, caminando a paso rápido por el pasillo. Al llegar a la salida, el aire de la tarde me golpeó el rostro, pero no pude avanzar más. Varios oficiales apostados en la entrada se cuadraron al ver a Darek tras de mí.
Él no dijo una palabra. Simplemente sacó un control y las luces de un Ferrari n***o, estacionado a pocos metros, parpadearon. Me tomó de las caderas —un agarre firme y dominante—, apartándome suavemente hacia un lado para abrir la puerta del coche, acorralándome contra la carrocería en el proceso.
—Sube. Te dije que te llevaría.
—No tienes por qué tomarte tantas molestias por un simple rasguño —le dije, casi sin aliento, intentando apartar el brazo que tenía apoyado junto a mi cadera. Su perfume, una mezcla de madera y algo metálico, me invadía.
—Sube —repitió, con una orden que no admitía réplica.
Me rendí ante la imposibilidad de discutir. Entré al coche y él lo hizo después, en silencio. La conducción era precisa, técnica, y el Ferrari se deslizaba por la ciudad con una elegancia que contrastaba con mi turbulencia interna. Lo miré de reojo; su perfil, concentrado en el camino, desprendía una seguridad abrumadora. La sensación de sus dedos en mi piel parecía persistir allí, como una marca invisible.
De pronto, el coche se detuvo frente a mi casa. El corazón se me saltó un latido.
—¿Cómo demonios sabes dónde vivo? —pregunté, perpleja.
—De nada —respondió con una arrogancia que me obligó a apretar los puños. Se reclinó en su asiento, cruzando los brazos, y me miró con una intensidad que rozaba la provocación.
—¿De nada? No te agradeceré que me causaras problemas en el trabajo. Eres un imbécil arrogante —espeté, tirando de la manilla para bajar, pero la puerta estaba bloqueada. La frustración me hervía en la sangre.
Darek se inclinó hacia mí. El espacio entre nosotros se redujo a milímetros; podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Su mano volvió a rozar mi muslo, un gesto que me obligó a quedarme inmóvil. El aire en el habitáculo se volvió denso. Su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos, un juego peligroso donde yo era la presa. Escuché el *clic* del seguro, un sonido metálico que liberó la tensión acumulada, y él abrió la puerta por fuera, alejándose con una sonrisa que era mitad burla, mitad promesa.
—Yo que tú, tendría más cuidado con cómo le hablas a la autoridad, Megan. La próxima vez no seré tan razonable.
—¿Próxima vez? Vete al infierno, como sea que te llames.
—Entonces nos veremos en el infierno —respondió, y arrancó el coche con tal ímpetu que pasó sobre un charco, salpicando agua sobre mis piernas.
Entré a casa furiosa, con la piel ardiendo y el corazón desbocado. Marc no estaba. Lo llamé varias veces, pero el tono de voz vacío del buzón solo alimentó mi soledad. Después de una ducha tibia, mi mente se convirtió en una trampa; cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de Darek tocando mi muslo se transformaba, perdiendo el dolor y ganando una intensidad que me asustaba. ¿Qué estoy haciendo? Marc es mi prometido, mi futuro. No puedo dejar que este extraño se cuele en mis pensamientos.
Al bajar a la sala, encontré a Marc sentado en el sofá, con la mirada perdida en su ordenador.
—Marc, estaba preocupada. Te llamé y no respondías.
—Lo siento, me quedé sin batería. ¿Estás bien? —preguntó, con una calma que me resultó ajena, casi fría.
—Entiendo. Parece que nada de lo que me pasa te importa —le dije, sintiendo cómo una pared invisible se alzaba entre nosotros.
—No digas eso, cariño. Solo tengo que terminar esto. Estás bien, estás en casa. No hagas un drama, por favor.
Me dio un beso rápido, un gesto desprovisto de pasión, y se encerró en su despacho. Me serví un plato de cereal, sintiéndome más sola que nunca. Más tarde, al subir a la habitación, lo vi salir de la ducha. Sus músculos tensos y su presencia física fueron un recordatorio de por qué estaba con él, pero cuando su mano rozó mi muslo, retrocedí con un quejido.
—No quiero lastimarte. Descansa.
Se levantó y me dejó sola otra vez. La frustración se convirtió en una almohada lanzada contra la puerta. Me quedé dormida entre sueños confusos, donde la voz de Darek me susurraba advertencias y promesas. «Hazme tuya…», susurraba mi voz en el sueño, pero era el rostro de él el que encontraba al abrir los ojos. Me desperté sobresaltada, con el cuerpo temblando y una culpa que no podía explicar.
A las 4:00 a.m., bajé por un vaso de agua. La tormenta afuera era violenta, y cada relámpago iluminaba la cocina con destellos fantasmalmente blancos. Pasé el resto de la madrugada en vela, analizando mi vida, mi compromiso y ese encuentro eléctrico que no lograba apagar.
Cuando el sol comenzó a filtrarse por las ventanas, Marc apareció en la ducha, intentando compensar la distancia de la noche anterior.
—Anoche no quise despertarte. Perdóname, quiero hacerte mía.
—Entonces no lo pienses tanto —le respondí, tratando de ignorar que mis pensamientos estaban a kilómetros de ahí.
La intimidad fue mecánica. Él era eficiente, pero yo estaba en otro lugar. Cuando terminó, me besó el hombro con rapidez.
—¿Te viniste ya? Debo irme —preguntó.
—Sí —mentí. El vacío en mi interior era más grande que antes.
Más tarde, en la oficina, mi mejor amiga, Tania, me acorraló en mi despacho en cuanto vio mi expresión.
—Amiga, si te contara, no lo creerías —le dije, dejando caer el bolso.
Le confesé todo: el choque, la actitud dominante de Darek, el hospital y la extraña fijación que me consumía.
—Un oficial del equipo de inteligencia me atropelló —exageré un poco—, me llevó al hospital contra mi voluntad y es el hombre más arrogante que he conocido. No conoce la palabra «no». Y lo peor es que sabe dónde vivo, Tania. Me tiene vigilada.
Tania me escuchó con la mandíbula desencajada, sus ojos brillando de curiosidad.
—Megan, ¿te gustó el tipo? Solo mírate. Estás temblando.
—¡No! ¿Qué tonterías dices?
—Descríbelo. Quiero saber quién dominó a mi amiga.
—Tiene ojos verdes, una mirada que te paraliza, labios carnosos y una sonrisa que es pura burla. Es alto, moreno, con un cuerpo que parece tallado en piedra. Es autoritario, dominante… un bombón esculpido por los dioses. Es como si me estuviera cazando.
—¡Oh, por Dios! Estás completamente perdida por él. Es el destino, Megan. El amargado de tu prometido no tiene ni una pizca de ese fuego.
—Lo dices porque no te llevas bien con él.
—Lo digo porque veo cómo te afecta. Dime la verdad: ¿habrías dejado que un extraño te tocara y te llevara a casa si no hubiera despertado algo visceral en ti?
Me quedé en silencio, mirando por la ventana. Tania tenía razón, pero admitirlo significaba romper la estructura perfecta que había construido para mi vida.