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EL ECO DE TU AUSENCIA

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escapar mientras embarazada
drama
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Descripción

Ava Roger era la sombra eficiente y el secreto mejor guardado de Luka Bezos en las oficinas de Boston. Tras años de un romance apasionado pero marcado por la frialdad de Luka y la presencia constante de su "preferida", Lenka Lemus, Ava decide marcharse al descubrir su embarazo el mismo día que Luka permite que se vaya sin luchar.

Cuatro años después, Ava regresa de su refugio en Connecticut para la boda de su hermana, escondiendo un secreto que camina y habla: Luck, un niño que es el vivo reflejo del hombre que ella intentó olvidar. Cuando Luka la divisa en la multitud de un centro comercial, el mundo que él creía tener bajo control se desmorona. Él está dispuesto a sitiar su vida para recuperarla, pero Ava ya no es la asistente sumisa; es una madre que aprendió que el silencio es su mejor arma y que el perdón tiene un precio que Luka quizás no pueda pagar.

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CAPÍTULO 1
El Frío de los Cimientos Narrado por: Ava Roger  El silencio en el piso 40 de la Torre Bezos no era un silencio de paz; era una presión atmosférica que te aplastaba los pulmones hasta que olvidabas cómo respirar de forma natural. Durante tres años, ese había sido mi hábitat. Me había convertido en una experta en descifrar los matices de ese vacío: sabía cuándo el silencio presagiaba una tormenta financiera y cuándo, como hoy, era el eco de un corazón que se había vuelto de piedra. Me miré en el reflejo de las puertas de cristal del despacho de Luka. Mi reflejo me devolvía a una mujer que apenas reconocía. Mi cabello rubio, que mi madre siempre decía que brillaba como el sol de mediodía, estaba recogido en un moño tan tirante que me causaba una jaqueca sorda. Mis ojos verdes, antes llenos de una chispa de ambición y vida, se veían opacos, rodeados por una sombra de cansancio que ningún corrector de maquillaje podía ocultar. Llevaba un traje sastre gris, el uniforme de mi servidumbre voluntaria. Apreté el sobre blanco contra mi pecho. Dentro no solo estaba mi renuncia; estaba el final de una agonía que me había consumido centímetro a centímetro. —Pasa, Ava. Su voz atravesó la puerta antes de que yo siquiera tocara. Ese barítono profundo, vibrante, que en las noches de lluvia en su ático solía susurrar mi nombre con una urgencia que me hacía creer que yo era el centro de su universo. Pero aquí, bajo las luces LED blancas y el acero inoxidable, esa voz solo era una herramienta de mando. Entré. El despacho era una oda al minimalismo y al poder. Luka estaba de espaldas, observando el horizonte de Boston. Su figura de 1,93 m recortada contra el cielo gris de la tarde era imponente, casi irreal. Sus hombros anchos tensaban la tela de su camisa hecha a medida, y su sola presencia reclamaba el oxígeno de la habitación. —Los informes de la fusión con los inversores de Londres están sobre tu escritorio, Luka —dije, tratando de que mi voz no temblara. El esfuerzo por sonar profesional me quemaba la garganta—. También he dejado la agenda de la próxima semana organizada. Él no se movió. El vello de mi nuca se erizó. Sabía que estaba furioso, pero su furia nunca era explosiva; era un frío glacial que lo congelaba todo a su paso. —No te he llamado para hablar de Londres, Ava. Te he llamado porque Lenka me ha dicho que has estado vaciando tus cajones. El nombre de ella salió de sus labios con una naturalidad que me dio náuseas. Lenka Lemus. La mujer que siempre estaba "de paso" por su oficina, la mujer que él mantenía en la empresa a pesar de que su cargo era una formalidad innecesaria. Ella era el recordatorio constante de que, aunque yo compartía su cama y sus secretos más oscuros, ella compartía su estatus social y su pasado aceptable. —Es cierto —respondí, dando un paso adelante y dejando el sobre sobre la superficie fría de su escritorio de caoba—. Mi renuncia es efectiva a partir de este momento. Me voy de la ciudad hoy mismo. Luka finalmente se giró. Sus ojos grises, tormentosos y metálicos, se clavaron en los míos. Eran ojos que podían desmantelar a un CEO rival en segundos, y ahora mismo, estaban intentando desmantelarme a mí. Su piel blanca contrastaba con su cabello n***o azabache, dándole un aire de aristócrata despiadado. —¿A qué se debe este drama, Ava? —preguntó, caminando lentamente hacia mí. Cada paso que daba hacía que mi instinto de supervivencia me gritara que retrocediera, pero me obligué a permanecer firme—. ¿Es por lo de anoche? Si es por el regalo que le envié a Lenka por su cumpleaños, sabes perfectamente que es una formalidad corporativa. —No es por un regalo, Luka. Es por el peso —dije, y por primera vez, una lágrima traicionera se deslizó por mi mejilla—. El peso de ser tu secreto. El peso de esperar en el pasillo mientras ella entra sin llamar. El peso de amarte en la oscuridad y ser ignorada a plena luz del día. Me estoy rompiendo, y tú solo te limitas a mirar cómo caen los pedazos. Él se detuvo a escasos centímetros de mí. Podía oler su perfume, esa mezcla de sándalo y éxito que me había embriagado durante años. Su mano se levantó, rozando casi mi mejilla, pero se detuvo en el aire. El control de Luka Bezos era su mayor orgullo. —Eres la mejor asistente que he tenido —dijo, y cada palabra era como un puñal—. Y en la cama, eres… inolvidable. No seas estúpida. Te subiré el sueldo. Te daré el bono que quieras. Pero no me vengas con ultimátum emocionales. Sabías cuáles eran las reglas desde el principio. —Las reglas han cambiado porque yo he cambiado —le espeté, recuperando mi fuerza—. Ya no quiero el dinero, ni el ático, ni las migajas de tu tiempo. Me voy, Luka. Y esta vez, no voy a mirar atrás. Esperaba que me detuviera. Una parte de mi corazón, esa parte estúpida y masoquista que todavía lo idolatraba, gritaba porque me tomara de los hombros, me besara con esa pasión posesiva suya y me suplicara que me quedara. Pero el silencio volvió a reinar. —Si cruzas esa puerta, Ava —dijo con una voz que era puro hielo—, no habrá vuelta atrás. No te buscaré. No te llamaré. Te convertirás en una desconocida para mí. —Ya soy una desconocida para ti, Luka. Solo que te acabas de dar cuenta. Salí del despacho con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía el pecho. Crucé la oficina principal sintiendo las miradas de los demás empleados. Lenka estaba apoyada en el marco de la puerta de su oficina, con una sonrisa de suficiencia grabada en su rostro perfecto de 28 años. No le di el gusto de mirarla. Bajé por el ascensor privado, sintiendo cómo el estómago se me revolvía. Al llegar al garaje, me subí a mi coche, un vehículo sencillo que contrastaba con los deportivos de lujo de Luka. Tenía mis maletas en el asiento trasero. Mi liquidación estaba en mi cuenta. No tenía un plan real, solo sabía que debía alejarme de Boston, de la sombra de los Bezos y del hombre que me había vaciado el alma. Mientras conducía hacia la salida de la ciudad, una náusea repentina y violenta me obligó a detenerme en la cuneta. Me bajé del coche, respirando el aire frío de la tarde, intentando no desmayarme. Me llevé una mano al vientre, atribuyéndolo al estrés, a la angustia de la despedida. Pero en el fondo de mi mente, una sospecha comenzó a crecer, una que me heló la sangre más que las palabras de Luka. Miré por el espejo retrovisor el skyline de Boston desvaneciéndose en la niebla. Luka Bezos creía que me había dejado ir sin perder nada. No sabía que se estaba quedando con un imperio de cristal, mientras yo me llevaba lo único real que alguna vez habíamos creado juntos. Puse el coche en marcha. Connecticut estaba a unas horas de distancia. Mi nueva vida comenzaba ahora, y el secreto que empezaba a latir dentro de mí sería mi único compañero en la soledad que me esperaba. Estaba sola, estaba asustada, pero por primera vez en años, era dueña de mis propios pasos. Que Dios me perdonara, porque Luka Bezos nunca lo haría. Y yo, después de hoy, tampoco planeaba pedirle perdón.

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