CAPÍTULO 5

1121 Palabras
El Cristal de la Memoria Narrado por: Ava Roger  Regresar a Boston fue como caminar voluntariamente hacia una herida abierta que yo misma había intentado coser con hilos de silencio y distancia. El aire de la ciudad, saturado de humedad y de ese ruido incesante que emana de la ambición, se sentía pesado en mis pulmones. Mientras conducía por las avenidas que una vez transité con la urgencia de quien busca la aprobación de un dios de ojos grises, mis nudillos se volvían blancos sobre el volante. Boston no era solo una ubicación geográfica; era el cementerio de mis ilusiones. —Mamá, ¿por qué los edificios son tan altos? —la voz de Luck, desde su silla de seguridad, rompió el hechizo de mi angustia. Lo miré por el retrovisor y, por un segundo, el corazón me dio un vuelco. Ahí estaba él, con su pequeña frente arrugada por la curiosidad, una réplica exacta de la concentración que Luka mostraba antes de cerrar un trato multimillonario. Sentí un escalofrío. Estaba trayendo al heredero del imperio Bezos al corazón de su reino, pero me obligué a calmarme. Habían pasado cuatro años. En el mundo de Luka, cuatro años eran una eternidad; seguramente ya habría borrado mi nombre de su memoria, reemplazándolo con nuevas conquistas o consolidando su vida con Lenka Lemus. —Porque aquí la gente quiere tocar el cielo, cariño —respondí, forzando una sonrisa—. Pero nosotros solo venimos a ver a la tía casarse. Mañana, después de la fiesta, volveremos a nuestra casa en el campo, donde el cielo se ve completo. Luck asintió, satisfecho, y volvió a su libro de dinosaurios. Él no sabía de imperios, ni de traiciones. Para él, Boston era solo una ciudad nueva. Para mí, era un campo de minas emocional que yo estaba convencida de saber esquivar. La llegada a casa de mis padres fue un bálsamo. Mi madre me abrazó con una fuerza que me hizo sentir, por un momento, que volvía a ser la niña que no conocía el dolor. Mi padre cargó a Luck con un orgullo que le iluminaba el rostro, llevándolo al jardín para mostrarle las flores. —Estás hermosa, Ava —susurró mi madre mientras subíamos mis maletas a mi antigua habitación—. El tiempo en Connecticut te ha sentado bien. Tienes una luz... una fuerza que antes no tenías. Me miré en el espejo de cuerpo entero que presidía mi cuarto de adolescente. Era cierto. A mis 30 años, mi piel blanca se veía impecable, radiante tras el embarazo que Luck había bendecido con salud. Mi cuerpo, recuperado y firme, ya no era el de la asistente que se escondía tras trajes anchos para no llamar la atención. Mido 1,65 m, pero ahora caminaba con una rectitud que no necesitaba de tacones de diseñador. La maternidad me había dado una armadura de acero invisible. —He aprendido a valerme por mí misma, mamá —dije, ajustando mi cabello rubio, que ahora caía en ondas libres sobre mis hombros—. Pero estar aquí... me hace sentir vulnerable. ¿Estás segura de que él no ha vuelto a preguntar? —Luka Bezos dejó de buscarte hace años, hija. Al principio fue insistente, casi aterrador, pero después de un tiempo simplemente desapareció. Los Bezos no están acostumbrados a que les digan que no, y supongo que su orgullo fue más grande que su curiosidad. No te preocupes, eres un fantasma para él. Ese "ya no te busca" dolió de una manera estúpida y contradictoria. Una parte de mí se sentía aliviada, pero otra, esa parte masoquista que aún recordaba el calor de su piel se sintió desechada una vez más. Yo era para él un archivo cerrado, un error de juventud que ya no merecía su tiempo. Mejor así, me recordé. Es exactamente lo que querías. Esa tarde, me sentí lo suficientemente valiente como para ir al centro comercial. Necesitaba un par de cosas para el traje de Luck. Caminaba con él de la mano, disfrutando del anonimato que da una multitud. Luck caminaba con esa seguridad innata suya, su cabello n***o azabache brillando bajo las luces LED del mall. Me sentía segura, protegida por la masa de gente. —Mira, mamá, ¡una fuente gigante! —Luck corrió unos pasos hacia adelante. Me detuve a observarlo, riendo por su entusiasmo. Por un momento, bajé la guardia. Me sentí una mujer común en una ciudad común. No noté la mirada que se clavó en mi nuca desde el piso superior. No sentí la electricidad que solía avisarme de su presencia. Estaba demasiado ocupada siendo feliz, convencida de que mi vida en Connecticut era un escudo impenetrable. Compramos lo necesario y regresamos a casa de mis padres al atardecer. Cenamos en paz, entre risas y anécdotas del pequeño Luck, que se había ganado el corazón de sus abuelos en cuestión de horas. Al caer la noche, subí a acostar a mi hijo. Me quedé un rato mirándolo dormir, maravillada por cómo la genética podía ser tan caprichosa. Tenía la misma forma de la mandíbula de Luka, la misma nariz recta. Pero él era mío. Solo mío. Me acerqué a la ventana para cerrar las cortinas. La calle estaba tranquila, bañada por la luz amarillenta de las farolas. Vi un par de coches estacionados, vecinos de toda la vida. Un gato cruzó la acera silenciosamente. No había nada inusual, nada que sugiriera que el pasado estaba acechando en las sombras. Suspiré, sintiendo que el peso en mi pecho se aligeraba. —Tenías razón, mamá —susurré para mis adentros—. Soy un fantasma. Y los fantasmas no tienen por qué tener miedo. Cerré las cortinas con un movimiento fluido y me metí en la cama, dejándome vencer por un sueño profundo y reparador. Me sentía victoriosa. Había vuelto a Boston y el mundo no se había acabado. Luka Bezos estaba en su torre, a kilómetros de distancia, probablemente en brazos de Lenka o de alguna otra mujer que encajara en su mundo de porcelana. No sabía que, en ese mismo instante, a solo unos metros de mi ventana, dentro de un coche que mis ojos no supieron identificar como una amenaza, un par de ojos grises no se habían apartado de mi silueta tras la cortina. No sabía que mi "libertad" era una ilusión y que el asedio ya había comenzado, no con muros, sino con una observación silenciosa y letal. Me dormí pensando que mañana sería solo una boda más. No sabía que el destino ya había cerrado todas las salidas y que, para Luka Bezos, yo no era un fantasma, sino el único objetivo que le devolvía el sentido a su cacería.
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