La ceremonia había acabado, todos los amigos que nos habían acompañado se habían retirado, incluso el oficiante que había sido mi suegro, como máxima autoridad religiosa del lugar. Estábamos los dos solos en nuestra habitación cuando ella mirándome muy seria dijo: –Tengo que confesarte algo. –¿Ahora? –la pregunté sorprendido–. Si vamos a tener toda la vida para estar juntos. –Es muy importante –contestó rápidamente. –Dime, pues ¿de qué se trata? –Recuerdas hace ya tiempo, una conversación que tuvimos en la biblioteca, fue por tus primeros días de llegar aquí. –No cariño, he pasado tantísimas horas en aquel lugar, y hemos hablado tantas veces, que ahora no recuerdo a cuál de todas te refieres. –Fui a visitarte a ver cómo estabas, y me dijiste que aquellos libros te hacían bien, que l

