Empecé a salir en la noche para evitar que la gente me mirara. Además, cada vez era más difícil comunicarme con las mujeres. No me apetecía iniciar o sostener una conversación. No encontraba los ingredientes necesarios para el diálogo fluido. Ningún lugar era cómodo para sentirme tranquilo y espontáneo. No me consideraba un buen anfitrión para incentivar la imaginación y menos sabía qué decir o hacer la pregunta adecuada para que el interlocutor se sintiera importante.
En la noche eran pocos los transeúntes. A esa hora nadie me sonreía con cizaña ni fingía un gesto amable. Caminaba a campo abierto hasta un árbol de mangos. El árbol era viejo y sus ramas gruesas me permitían acostarme a mirar las estrellas. Allí estaba tranquilo, espontáneo, cómodo y con ganas de hablar. Lo otro que me gustaba era que podía fumar.
Me quedaba horas observando el cielo despejado, las estrellas fugaces y las luces móviles de los cocuyos. Me gustaba respirar profundo e identificar el olor a chicle de algunas plantas, el olor a boñiga y a pantano que expele la noche cuando se aproxima la madrugada. También disfrutaba con escuchar los grillos intermitentes y constantes, el ladrido de los perros que habitaban toda la montaña, el ulular de los búhos y el maullido de algún gato.
Durante noches, recostado en una rama, en el silencio de la montaña, después de saber que Jairo también se sentía invisible, imaginé que formaba una especie de sociedad secreta de chicos incompletos dispuestos a ajustar cuentas con su realidad. Empecé a escribir en un cuaderno los discursos con los que reclutaría mi ejército.
Una mañana, en clase de biología, Jairo estaba afligido porque trabajaba. Había perdido el entusiasmo y el brillo en sus ojos. Quise animarlo y se me ocurrió entregarle el cuaderno con los manifiestos. Jairo lo guardó en su bolso. En el descanso se sentó a leerlo en una banca, lejos de todos, algo inusual en él. Al salir del colegio no me esperaba como en otras ocasiones y caminé solo hasta mi casa.
Al día siguiente Jairo sugirió que nos escapáramos. Le hablé del árbol de mangos, mi refugio. Durante el camino estuve en silencio e intimidado. Pensé en decirle que eran ideas sueltas para un proyecto de novela, y al ver su interés me contuve. Ese día, sin pensarlo, se instauró una de las reglas que después regirían a la sociedad: caminar en silencio y si alguien quería irse podía hacerlo sin despedidas. Durante el trayecto él pateaba una que otra roca. Yo miraba las nubes y pedía al cielo que me diera las palabras que debía utilizar para exponer de manera convincente los fundamentos de la sociedad.
Cuando llegamos al árbol nos subimos a una de las ramas. Le ofrecí un cigarrillo y empecé a hablar. Le dije que imaginaba una sociedad secreta de chicos parecidos a mí. Chicos que sientan necesidad de compañía y no se atrevan a buscarla. Chicos que toda la vida han sido un cero a la izquierda. Chicos que son tan comunes que no son tomados en cuenta. Por eso en clase nadie los ve, hablan poco. Chicos que lloran solos, en sus cuartos, sin que nadie pueda hacer nada por ellos.
Jairo empezó a caminar rumbo a su casa. Lo alcancé e intenté preguntarle lo que pensaba. Él continuó caminando. Lamenté haberle expuesto mi idea. Cuando quise disculparme me enteré de que estaba solo.
A los días Jairo me contó que estuvo hablado con otros tres muchachos y me esperaban a las diez de la noche en el árbol de mangos. Me dijo que era primordial un discurso. Solo pude sonreír, asentir con la cabeza, apretar las manos y desear que la tierra se abriera en dos y me tragara.
Llegué a las diez en punto. He sido desde joven un hombre puntual. Saludé a Jairo y a sus acompañantes con un leve movimiento de cabeza.
Rubén era el mayor de cuatro hermanos. Su padre lo abandonó cuando tenía ocho años. Desde los doce trabajaba, en las tardes, de operario en una máquina, en la primera empresa que se instaló en las afueras del pueblo. Su labor era mover una palanca para que la máquina empezara a hilar en carretes. Luego acomodaba los carretes en cajas. Su tío era supervisor.
Carlos era hijo de uno de los hombres más importantes del pueblo que amasó su fortuna por medio de la estafa. Él compraba la verdura a los campesinos y la vendía a centros mayoristas obteniendo el 120% de ganancia. Con ese dinero compró varias casas que rentaba y abrió una tienda de fertilizantes. Carlos, aunque vivía con su padre, lo veía dos veces al mes. Eran, en la intimidad del hogar, unos desconocidos.
Fabio tenía veinte años y había repetido décimo dos veces. Su padre, un médico importante, vivía con otra mujer y no lo reconocía como hijo. Su madre convivía con otro hombre con el que tenía una niña. Con el nacimiento de su hermana, Fabio pasó a un segundo plano. Incluso, la nana que lo cuidaba empezó a ignorarlo. Fabio era como el saco de golpes del curso. En él todos se entrenaban para ver quién era el más ingenioso en el arte de la ofensa. Todo el tiempo se lo gozaban por sus “gafas de culo de botella”, sus ojos desviados y dientes torcidos.
Vi a los chicos y me entusiasmé porque eran los indicados. A pesar de mi timidez, empecé un discurso. Acto seguido, con determinación, me saqué la camisa que tenía dentro del pantalón y afirmé que era el tiempo de no seguir cargando con el fracaso de nuestros mayores. Hablé de que era necesario pensar por nosotros mismos… en fin, fue un discurso fluido, a pesar de mi gaguera.
Contra mi pronóstico, aplaudieron. Luego, Jairo tomó la palabra y dijo que ahora todos formábamos parte de la sociedad secreta. Luego, con voz firme y fuerte aseguró que teníamos ciertas misiones que cumplir, la primera era darle un escarmiento a Ramiro. Acepté con alegría.
Salíamos a las vacaciones de Semana Santa. Semana en que los sacerdotes predican, el comercio se incrementa, la gente se acicala, la soledad se disfraza... Por esa época se revive la historia de Cristo, la vida y muerte del mago del amor. Sin embargo, las personas viven con mucha entrega la muerte de Cristo y luego, con desgano, mueren a la resurrección del que a tan corta edad venció a la muerte.
Me encontraría con Ramiro a las afueras del pueblo, en el sector “Los tanques”, lugar destinado a todas las peleas. Días atrás Ramiro y sus compinches me persiguieron. Él había formado una pandilla. Desde lejos, en un acto de valentía, le dije que lo esperaba el Viernes Santo a las siete de la noche en “Los tanques”. Él escupió el suelo y respondió que allá nos veríamos.
Los de la sociedad llegamos más temprano. Jairo nos indicó que nos sentáramos en unas mangas cercanas porque teníamos tiempo. Él extrajo del bolsillo de su chaqueta una hoja de cuaderno arrugada en forma de bola. La desarrugó con cautela y vimos una bolsita de plástico con pedazos de una planta y varios papelitos rectangulares color mantequilla. Abrió la bolsita y con los dedos índice y pulgar de la mano derecha llevó a la mano izquierda parte de la planta. Luego empezó a frotar con los dedos sobre la palma de la mano y cuando encontraba algunas pepitas o tronquitos los tiraba al suelo. Al final, la planta desmenuzada la echó en uno de los papelitos rectangulares. Lo enrolló y acto seguido pasó la lengua por los extremos del papel y el resultado fue un cigarrillo con protuberancias en el centro.
Jairo llevó el cigarrillo a la boca y lo encendió. Después de Jairo cada uno fumó y retuvo el humo lo que más pudo en sus pulmones. Con la segunda bocanada sentí el humo quemarme la garganta. Después del ardor llegó una tos seca, incontrolable. Lo mismo les sucedió a Rubén y Fabio. Carlos, como era el más fuerte, siguió fumando. Ese, al menos para mí, era mi primer acercamiento a la marihuana. Después de la tos sentí un mareo y un embobamiento. Todo era más lento y se movía de forma extraña. Al instante Fabio se puso a llorar y Rubén a reír.
Había llegado la hora de la cita. Los muchachos se escondieron y me quedé parado, al lado de las ruinas de un tanque desde donde escuchaba a Rubén susurrarle cosas a Fabio. Un viento fresco movía las hojas de los árboles. Un viento reconfortante. Luego miré uno de los muros en ruinas y vi una hormiga. La hormiga se detuvo al subir una minúscula hoja porque una corriente de aire le impedía continuar. La hormiga dejó caer la hoja y se llevó las patas delanteras hasta las antenas. Al pasar cerca de un agujero una araña con movimientos rápidos la atrapó y la introdujo en el hueco...
Escuché la voz de Ramiro que hablaba con uno de sus compinches, un chico de mediana estatura, magro, que era experto en pleitos. Al verme, Ramiro le entregó a su acompañante un bastón y sin pensarlo corrió hacia mí. Sentí una patada en el estómago y rodé un metro. Estuve varios minutos con las manos apretando la panza. Antes de que Ramiro me propinara otro golpe, Carlos se abalanzó sobre él. Ambos rodaron. Rubén también salió de su escondite y ayudó a neutralizar la furia del verdugo. Jairo y Fabio corrieron tras el otro chico. Jairo lo sentó cerca y le advirtió que si hacía algo sospechoso le partiría la cara en dos. Como pude me incorporé.
Me temblaban las piernas y lo que más anhelaba era que todo se acabara. Confieso que estaba aterrado ante la situación y no sabía cómo demostrarle a los de la sociedad la osadía para el paso siguiente. Veía en los ojos de Ramiro la furia y sabía que si Carlos y Rubén lo soltaban me partiría a golpes. Tal vez eso era lo que quería, una paliza monumental que me borrara de la faz del planeta. Como no tenía escapatoria les dije que lo soltaran y ellos dudaron, pero les volví a ordenar que lo dejaran libre:
―¡Te romperé el rostro, mariquita! ―expresó Ramiro mientras corría. Pensé en tirarme al suelo y arrodillarme para pedirle perdón. Antes de reaccionar sentí luces en la cabeza y rodé de nuevo. Me levanté y corrí. Él me persiguió y volví al suelo.
―¡Eres un cobarde y un mariquita! Esta noche voy a ir a tu casa y le voy a hacer rico a tu mami. Lo que ella necesita es un hombre de verdad.
Recordé todas las ofensas que me había hecho y ninguna me afectó tanto. Sentí que si no actuaba ante tal insulto nunca lo haría. Además, llega un momento en que uno reacciona y lo único que lo puede detener es la muerte porque ya ni el cuerpo siente dolor o es tan agudo que ni te importa. En mi caso, todo yo era un fuerte ardor en la boca del estómago.
Escupí sangre. Me incorporé de nuevo. Miré a Ramiro y empecé a reír. Ni yo mismo entendía el motivo. Él volvió a golpearme y la risa era incontenible. Otro puñetazo. Luego me dijo que estaba loco. El estómago ardía como nunca y corrí hacía él. Le di un cabezazo en el pecho y él rodó. Antes de que se incorporara me lancé sobre él y lo miré a los ojos. Sentía tanta fuerza en las manos que inmovilicé a Ramiro. Me quedé mirándolo. Volví a percibir el viento. Era el viento del norte que traía la nueva de que el miedo no estaba. Respiré profundo. Poco a poco la expresión de ira en los ojos de Ramiro se fue matizando a la de súplica. Él intentaba zafarse y no lo lograba. Al verse atrapado empezó a gritar que lo soltara. Luego, en medio del llanto y con el rostro manchado con algunas gotas de mi sangre, rogó, en un tono suave, que lo dejara ir. En sus ojos vi el miedo, el mismo que cargué durante tantos años. Su llanto fue conmovedor. Escuché el viento como un rumor eléctrico, como si la luz fuera aire y acariciara mi rostro.