Me sorprendió ver a Carlos y a Jairo correr tan aprisa, como si los persiguieran. Cruzaron la calle a gran velocidad. Quise salir a buscarlos y desistí. Esperé con ansiedad ver de qué huían. Nada. Así que miré el cielo al que empezaba a aparecerle una que otra estrella.
Había pasado un mes desde la pelea con Ramiro. Al llegar a casa le expliqué a mamá que me atracaron, y ella no creyó, aunque tampoco pudo averiguar cuál fue el origen de la paliza. En las noches me hacía paños y se quedaba en mi cuarto hasta que me quedaba dormido. Imaginé una visita de mi padre. Pensé en él cuando quise huir de Ramiro. Sentí que su miedo era el mío. Pero él no llegó.
En mi recuperación el tiempo pasó lento con su engranaje de tuercas y tornillos. Como un reloj de iglesia el tiempo continuó marcando, puntual, la llegada de cada hora y la pérdida de varias vivencias. En esa antigua ley del dar y el recibir lo que él te daba en un minuto era posible que te lo quitara al siguiente. Con su minutero de punta diamantina, bien afilado, trazaba leves líneas en los rostros de las personas, sobre todo en la parte inferior de los párpados. Su huella silenciosa y exacta, cada vez más profunda, buscaba las venas y así, a través de la sangre, llegar al corazón.
Entre tanto, miraba a la calle para distraerme. Me sentaba frente a la ventana a observar la tarde con su velo de nube. Observaba al viento mover las ramas de los árboles como la mano de una madre los cabellos de su hijo dormido. Fue cuando vi a Domitila, la yerbatera. Ella me asustaba porque siempre miraba a los ojos, sin parpadear, como buscando una mentira. Ella, como si percibiera mi mirada, se detenía. Yo me alejaba de la ventana. No sabía el motivo. Igual no quise averiguarlo en ese momento.
Una tarde en que reflexionaba sobre la yerbatera me visitó Fabio. Preguntó cómo seguía.
―Bien, ―repuse.
Fabio estaba asombrado por mi actitud frente a Ramiro. Sonreí. Aclaró que era inspirador. Luego manifestó que él era un error, que debería ser otro, que cuando nació el doctor no sabía si quedarse con él o con la placenta y al final tomó la decisión equivocada. Nada de lo que hacía le servía para encajar. Incluso declaró que había pensado en suicidarse. Era un pensamiento muy fuerte hasta que leyó los manifiestos de la sociedad secreta.
No supe qué responder. La situación era bochornosa. Fabio me entregó una cajita de madera y se marchó. Él las fabricaba. Se dedicaba a tallarlas en las noches cuando no podía dormir. Dentro de la caja había una chocolatina y un cuarzo. Era la primera vez que veía esa piedra. La alcé y me maravillé.
A los días volví al colegio y me esperaba una cantidad abrumadora de documentos para nivelarme. En la mesa de noche, libros que hablaban sobre la Segunda Guerra Mundial, los átomos, los lípidos, hidratos de carbono, el imperialismo, el muro de Berlín, Grecia y Sócrates, la historia de la literatura española, las obras de Cervantes y Shakespeare, entre otros. A pesar de ello, por primera vez en mi vida me sentía importante.
Al verme, los de la sociedad me saludaron. Rubén, Carlos, Fabio y hasta Jairo me invitaron a pastel de guayaba con gaseosa. Me decían que lo de la risa fue de locos. En ese momento recordaron toda la escena y reímos. Por unos minutos creyeron que me iban a moler a puños. Incluso, más de una vez intentaron intervenir para ayudarme, no obstante Jairo lo había impedido.
En el descanso hablamos solo de la pelea y nos sentimos peligrosos. Ya al final, Fabio me preguntó por la próxima misión. Lo miré y sonreí porque no sabía cuál era. Como pude volví a encauzar la conversación en la pelea para evitar la pregunta de Fabio.
Por otro lado, en casa, después de la zurra, mi madre creía que era urgente que yo hiciera la confirmación. Intenté disuadirla. Empero, ella seguía con esa idea en la cabeza. No escuchaba razones y yo tenía dos de peso. La primera: la edad promedio para esa ceremonia eran los trece o catorce años y a mis diecisiete ya me sentía grande. La segunda: no me caían bien los sacerdotes, por un altercado con uno de ellos en la catequesis de la primera comunión. Uno de los grandes acontecimientos era recibir la hostia. Para eso, era necesario confesarse y decir los pecados. A mis diez años no sabía cuáles eran los míos. Aproveché que Jairo también estaba en la fila para preguntarle. Él sonrió y me dijo que decía mentiras, desobedecía a su madre y tenía malos pensamientos. Indagué por sus malos pensamientos y me sorprendí cuando afirmó que eran las mujeres. Al llegar mi turno me arrodillé frente al sacerdote:
―Pa-padre soy desobediente con mi madre; soy a veces, no todo el tiempo, mentiroso; ayer con una piedra maté a un pa-pajarito; también le vi los senos a una tía.
En ese momento debí decirle al sacerdote que me gustaban los senos grandes: Padre no sé a ciencia cierta de dónde proviene la magia de los senos, pues no son más que dos protuberancias de carne, y cuando se ven, sin importar lo que se piense de ellas, lo único que se quiere es besarlas. Sí, Padre, después uno se da cuenta de que pierden la gracia porque saben a nada, aunque se empecine en creer que saben a todo. Tal vez la atracción está en el movimiento. Imaginarlos bajo una blusa es calcularle el tamaño, el color y el diámetro del pezón. Por algo cuando pasa una mujer con senos grandes: ¡Ay padre, qué espectáculo! Lo primero que se mira es ese lugar del cuerpo, como si los senos tuvieran vida propia. Senos-aves que vuelan en busca de maíz en los parques y plazas públicas…
El sacerdote me miró. Dijo que rezara dos Padres Nuestros y dos Aves Marías. Con una de sus manos palpó mis tetillas. Él tenía los ojos cerrados y susurraba una oración en latín. A los segundos me dijo en tono socarrón que si me interesaba ser monaguillo para acompañarlo en el arduo camino de alabar a Dios. Le di un rotundo “no”.
En la preparación para confirmarme había una jovencita llamada Carolina. Tenía ojos saltones, senos del tamaño de los duraznos; era delgada, con el cabello ondulado y castaño oscuro, la nariz chata y de estatura media. Ella empezó a mirarme porque se enteró del altercado con Ramiro. Creo que a veces un solo acto puede cambiarte la vida. Ella me escribió una notica donde decía que si la acompañaba a su casa. Bastaba decirle listo nena, yo te llevo, te tomo de la mano, te beso… pero no, no abrí la boca. Cuando salimos ella estaba afuera de la casa cural.
Al verla quise huir. Nadie me enseñó a hablarles a las mujeres. Mamá no tocaba el tema. Parecía que eran seres de otro planeta. Papá ni siquiera tuvo tiempo de nombrarlas. Estaba indefenso ante esa experiencia, ante ese ser tan extraño, tan diferente a mí. La mujer era para mí una fotografía sin revelar, de materia oscura. Era un ser extraterrestre que hablaba tanto como meneaba las caderas. Era la fémina algo inalcanzable para un joven cuyas palabras eran arena en la boca. Lo único que se me ocurrió decirle fue un absurdo. Le dije que no me gustaban las mujeres.
Me reuní con los chicos y Carlos estaba iracundo porque había discutido con su padre. Había echado a Jairo del trabajo. Argumentaba que Jairo le había sacado navaja a uno de sus trabajadores. Sin embargo, lo que más alteraba a Carlos era que su papá no lo escuchaba y gritaba a su mamá. Yo tampoco lo escuchaba. No podía sacarme a Carolina de mi cabeza y no me perdonaba la estupidez que le dije.
Carlos cambió de tema y habló de la yerbatera. Narró que después de discutir con su padre se reunió con Jairo. Caminaron hasta un bosque que recientemente había descubierto. Antes de llegar a la cueva de unos ochenta centímetros de alta por unos sesenta de ancha y 1,50 metros de profundidad, escucharon unos ruidos. Se quedaron quietos. A unos veinte metros observaron a una mujer de unos cincuenta años fumándose un tabaco. Era Domitila. Carlos conocía historias sobre esa mujer y temía recibir algún hechizo. Domitila miró en dirección a ellos.
Carlos y Jairo se quedaron estáticos. Instantes después un ave grande pasó sobre sus cabezas. Los dos chicos corrieron en busca de un lugar seguro. No obstante, sus corazones latían tan fuerte que ni cuenta se dieron de la agilidad con la que cruzaron el bosque y volvieron a sus casas.