El “otro” que vestía mi ropa

1743 Palabras
Gracias a Carolina cambió la percepción de mí mis­mo. Creía que era un ser amorfo, poco atractivo. Por esa razón me hice a la idea de estar solo. Pero sus cartas, la forma en que me nombraban, me mostraron “otro” yo que desconocía y que empecé a buscar en los espejos: ojos, orejas, nariz, frente, boca… De nuevo los ojos, las orejas, la nariz, la boca, el cuello, el conjunto del rostro desde más lejos, la boca abierta, la boca cerrada, un ojo cerrado… Me inquietaba el “otro” que yo era y que aparecía en las cartas de Carolina. El “otro” que caminaba las mismas calles. El tímido, pero no tanto, igual a mí en lo físico y un poco más listo. El “otro” que vestía mi ropa, leía mis libros, se alimentaba en casa, hablaba con mi madre; aun­que no me ayudaba. El “otro” que podía sobreponerse a las adversidades sin que yo me diera cuenta. El “otro” que utilizaba mis pensamientos, y no escuchaba. El “otro” que buscaba en los espejos. Tal vez el “otro”, el de sentido común, decidió salir a dar una vuelta en bici. Recorrió algunas calles del pueblo hasta la casa de Carolina. El “otro”, con una sonrisa, le insinúo que estaba alegre de verla. Ella estaba sentada en el corredor cortándose las uñas y juntó los labios, y lleván­dose una mano a la boca, envió un beso. Yo vi la trayecto­ria. El “otro” estiró el mentón para recibirlo. Yo vi como cruzó la calle a una velocidad asombrosa antes de impactar en la mejilla. El “otro” se estremeció porque era un beso pesado, de sentimiento. También lo sentí. Tanto el “otro” como yo casi perdemos el equilibrio. Cuando llegué a casa lo primero que hice fue subir a la habitación y descolgar el espejo. Esta vez deseaba ver al “otro”, el que actuaba de manera independiente frente a Carolina. El “otro” que lograba ese contacto con la mujer que yo imploraba en silencio. Miré los ojos, la frente, la nariz, la boca, las orejas, la lengua, el cuello, la silueta con la boca abierta, el perfil con la boca cerrada insinuando el mentón... Descubrí, en la búsqueda del “otro”, que me gustaba mirarme. Desde entonces llevaba un espejito en el morral y, cuando nadie se percataba de mis movimientos, me ob­servaba. Encontré dos lunares en las mejillas, simétricos, a la distancia de los ojos. El encanto consiste en que nadie se entere. No está bien visto que un hombre saque de su mo­rral un espejito porque pasa por afeminado. Yo no quería que pensaran tal cosa, sobre todo después de lograr cierto prestigio en el colegio. Así que, como todo un hombre que oculta sus sentimientos, escondí mi gusto por los espejos. Por ello, todo lo que reflejara mi rostro me atraía. Había algo en mí que empezaba a gustarme. Tal vez de manera silenciosa, reconocía al “otro”. En más de una ocasión me crucé en vitrinas con la mirada de otros hombres que arrugaban el ceño y continuaban caminando como si quisieran pelear. El “otro” en ellos; es decir, lo no reconocido, se ocultaba como si de una enfermedad se tratara. Por eso para mirarse a sí mismo se necesita de mucha cautela y concentración, para no herir susceptibilidades. Sobre todo si vas conversando. Hay que estar pendiente de la última oración del interlocutor para repetirla después de mirarse en un vitral. Así, el interlocutor no se enterará ni ofende­rá del placer que te produce mirar el propio reflejo o al “otro”, si es el caso. Se requiere de cierta agilidad y expe­riencia. Aunque, a veces, los más experimentados meten la pata. Recuerdo que después de reconocer mi interés por los espejos, cuando salía del colegio, en una casa contigua a la tienda donde compraba panes o chicles, había una ven­tana enorme. No me percaté en ese momento de que algu­nos vidrios con la luz invierten el reflejo. Por ejemplo, con la luz del día, el que está adentro de la habitación puede ver hacia afuera, empero el que está afuera solo puede verse a sí mismo. Yo estaba afuera y vi mi reflejo. Sigilosamente me acerqué. Pasé frente al cristal para no generar sospe­chas. Luego me devolví. Esa era la habitación de una de las hijas de la dueña de la tienda. Era una mujer mayor, muy religiosa, sin hijos y sin novio. Durante el día permanecía encerrada. Vi mi rostro azuloso y doble. Llevé la mano a la frente para identificar cuál de los dos reflejos era el mío. Vi en ambos la mano. Sonreí y seguí buscando al “otro”. In­cluso me acerqué al vidrio cuando sentí un grito precedido del chirrido de la ventana. Ante mí apareció una mujer muy adulta en toalla y me preguntó qué sí se me perdió algo. Dije que no y cuando me estaba alejando ella me agarró de una de las manos. Sus uñas se clavaron en mi antebrazo mientras decía que una dama no se vigila, menos si es de buena familia. Luego llevó mi mano a uno de sus senos fríos y arrugados. Sentí náuseas y jalando la mano logré escaparme. Con los ojos aguados crucé la portería cuando escuché la voz de Carolina. No sé por qué me detuve, y al verla se me quitaron las náuseas. Ella se acercó y me regaló una chocolatina. En silencio, con la chocolatina en el bolsillo del pantalón, la acompañé hasta su casa. Ella me miraba y sonreía. Yo intentaba decir cualquier cosa, pero no encontraba las palabras. El “otro” se movió en mí. Ella se veía contenta. El “otro” deseaba abrazarla. Yo la miraba sin poder sacarme de la cabeza la imagen de la solterona. Ella tomó una de mis manos. El “otro” sonrió. Yo sentí un escalofrío en el cuello precedido de una erección, así que me amarré el pulóver en la cintura. Ella contaba que su ma­dre le compró el vestido para la confirmación. El “otro” escuchaba. Yo intentaba ocultar mi erección y respondía con monosílabos. Ella presintió que algo sucedía porque me apretó la mano. El “otro” quiso besarla. Yo empecé a sudar frío. Ella, al llegar a un callejón oscuro, se detuvo y de un tirón desamarró el pulóver y corrió. Yo me quedé quieto porque no quería perseguirla. El “otro” la miraba con dulzura. Ella, al ver que no la seguía, se detuvo y movía el pulóver. El “otro” la llamaba. Yo, estático, sin saber qué hacer. Ella se devolvió y se acercó lentamente. El “otro” con una mano rozó los cabellos de ella. Yo seguía en un estado de estupor. Ella se alzó en las puntas de los pies como en una clase de ballet y nos dio un beso al tiempo que su mano se introducía en el bolsillo donde estaba la chocolatina. Yo la miré y sentí que me dolía menos la exis­tencia. El “otro” volvió a besarla con la determinación de que la vida era hermosa. Ella sonrió y entregó el pulóver y media chocolatina antes de marcharse. Yo la vi alejarse y sentía aún entre las piernas el roce de su mano. El “otro” respiró profundo y con una mano le envió un beso. ¡Era maravilloso! Busqué entre el morral el espejo y al ver el re­flejo reconocí que yo era el “otro”. El “otro” era lo mejor de mí y eso era lo que vio Carolina. El “otro”, gracias al amor de una mujer, era aquello que ignoré por no verme lo suficiente. Después del colegio invité a Carolina a caminar por las afueras del pueblo. Ya no me importaba si era yo o el “otro” el que estaba frente a Carolina, al final éramos la misma persona. Carolina me besó lento, con cuidado, para que sintiera un poco esa efervescencia de luz que a ella le brotaba en los labios. Cerré los ojos. Vibraba en amor. Ese amor que se recuerda porque es un descubrimiento cons­tante. Ese amor que me llevó a descubrir el cuerpo de Ca­rolina. Cierta tarde, en casa de Carolina, mis dedos índice y corazón recorrieron su rostro. Ella cerró los ojos. Los dedos des­cendieron hasta el cuello y los hombros. Carolina se acostó en la cama y entre sonrisas se introdujo en las cobijas. Ella se quitó la camisa blanca y el pantalón. Con la mano me in­vitó. Ella me desvistió con cuidado. Se sentó sobre mí. Yo respiraba con dificultad. En un arrebato la abracé y con un movimiento inesperado quedé sobre ella. Carolina sonrió y permaneció inmóvil. Observé la desnudez de ese cuerpo que aparecía ante mis ojos como un espectáculo, como la cosa más bella nunca vista. Su piel, los senos, los hombros, los labios, los ojos, el vientre… Era una niña hermosa y como si se tratara de algo muy delicado, que podría rom­perse, deslicé los dedos por el vientre, las costillas y me detuve en los senos y los pezones duros. Con la lengua sentí la textura. Besé. Carolina con un movimiento felino logró ponerse sobre mí. Cerré los ojos. Ella presionó con sus manos mi panza y con sus piernas, flexionadas, como la ficha de un rompecabezas, se ajustó. La humedad cálida y reconfortante. Hicimos el amor. Mejor dicho, el amor nos hizo a nosotros. El amor era esa sensación de estar flotan­do en una bañera de agua tibia. El amor era la respiración lenta y el corazón abriéndose paso en el pecho. Ella em­pezó a contraer sus músculos internos. Con movimientos lentos, como una danza antigua, se balanceaba. Al cabo de un rato, en un solo estremecimiento, con los ojos cerrados, éramos el impulso de los cuerpos, la entrega hasta el límite del esfuerzo físico. Al final, besé sus senos. El sudor era miel. Me sentí la abeja que liba de la flor. Para cerciorarme de que no estaba soñando busqué en el morral el espejo: ojos, orejas, nariz, frente, boca… De pronto Carolina me puso una manilla en la mano para que la recordara siempre.
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