Manifiesto 2: los hombres-accesorio

542 Palabras
Hago parte de una sociedad conformada por persona­jes poco talentosos, comunes y corrientes que pululan en la vida y desaparecen sin méritos ni homenajes. Hombres que nacieron para trabajar en la industria como peones porque no encabezan el adagio popular de los hombres pujantes. Hombres que son como los demás, con los mis­mos pensamientos, los mismos sentimientos, las mismas costumbres, la misma ropa, las mismas ideas, el mismo pa­trón y la misma experiencia terrible de soledad. Soledad que oprime el pecho y te hace creer que igualdad es algo parecido a identidad, antes que unidad. Por ello, hago parte de la sociedad de las abstracciones, de los hombres de las mismas diversiones, de los que leen los mismos periódicos, de los que eliminan las diferencias; es decir, a sí mismos. Soy de los que se acostumbran a mirar la tierra. Hago parte de estos hombres porque nací invisible. Esa invisibi­lidad se debe a que no hago parte de los proyectos exitosos de mi generación. Pues no seré, como la mayaría de mis contemporáneos, un empresario, un político, un deportis­ta, un chico extrovertido con sed de poder. Soy parte de aquellos seres que nacieron para trabajar por los sueños de otros. Pues no todos somos líderes ni seremos un ejemplo a seguir. Y por no ser el centro de atención nos hacemos introspectivos y aceptamos cabizbajos nuestra condición de átomos humanos, los idénticos, los que hacen funcionar la masa, los que obedecen, los que creen (ingenuamente) que siguen sus propios deseos. Así como una producción en masa requiere la estandarización de los productos, así la sociedad a la que pertenezco estandariza al hombre. Usualmente, los hombres invisibles vestimos bien, ha­blamos poco y concedemos más de lo conveniente para que nadie se fije en nosotros. Nuestro método de defensa es vivir sin voz ni voto para evitar toda responsabilidad. De ahí que seamos los hombres-accesorio, hombres-extra que llenan un agujero que bien podría llenar un tronco en una plaza pública. Nos caracterizamos porque tenemos los ojos nublados. Si se nos observa bien, bajo el primer brillo de las pupilas hay una oscuridad, una niebla, un vacío que hace inexpre­sivos los ojos. Es el vacío de ser incapaces de ver lo que deseamos. Entonces no nos queda más remedio que andar con las manos en los bolsillos, encorvados, triturando uno que otro rencor en los labios. A veces, nos sentamos en los parques, en las bibliotecas, en las calles o en los cafés como estatuas que quieren despertar de un letargo que en el fon­do nos gusta, pero que también nos disgusta. Creemos que estamos enfermos y evitamos que esa en­fermedad sea descubierta. Por tal motivo, nos esforzamos por hacer bien las cosas, a la medida, sin excesos, sin escán­dalos. Intentamos con ahínco parecer cuerdos para sentir­nos aceptados ante los otros, como si en esa aprobación de nuestros actos encontráramos la razón de nuestra vida. Vivimos como ceros a la izquierda y en nuestros cuar­tos, en soledad, nos sentimos desdichados y lloramos implorándole a Dios que nos haga más atractivos. En la oscu­ridad intentamos borrar de nuestro corazón la frustración de vivir una vida prestada que nos ha sido impuesta. Llo­ramos mientras afuera el amor y la felicidad pasan en una procesión dolorosa y excluyente.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR